Hay esperanza

«Al final todo estará bien. Si aún no está bien, es que todavía no es el final». Habrá quien atisbe en tales aseveraciones un iluso pensamiento de deseo, un mantra de aquellos que repetíamos en la pandemia para aventar el miedo o un eslogan propio de las tazas de Mr. Wonderful. Mas comprendido en su raíz, en toda la radicalidad que albergan las realidades últimas, el dicho está lejos de ser banal. La cuestión tiene que ver más bien con el asunto mayor de la esperanza, que, en el decir de Péguy, es la más difícil de las virtudes teologales porque sostiene a sus dos hermanas mayores: la fe y la caridad.

Aparecen en este horizonte, al menos tres consideraciones en las que conviene detenernos para desbrozar la esperanza como Dios manda.

La primera, que es la clave de la bóveda, es que la esperanza es, en efecto, virtud teologal porque nos va la vida en ella: la vida eterna. Como afirma Fabrice Hadjadj, la clave de la esperanza es lo eterno. Nos dice Tomás de Aquino que quien espera tiene más años por delante que por detrás, pero no deberíamos tomar la idea solo ni principalmente en su dimensión estrictamente estadística. ¿No es acaso una cierta obviedad decirle a un muchacho de 18 años que tiene toda la vida por delante? Es verdad que, como buen mortal, el chico podría morirse en cualquier momento, pero, como sostenía Abraracurcix, el jefe de la irreductible aldea gala de Asterix, solo hay que temer a que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, y eso no parece que vaya a suceder mañana. Queriéndole decir todo a ese joven, en realidad no le habremos dicho apenas nada. Sin embargo, el acto verdaderamente creativo, propio de quien cree, ama, espera y confía, sería decirle que tiene toda la vida por delante a quien acaba de cumplir 99 años. Así, al viejo, diciéndole aparentemente poco, le habremos dicho casi todo.

La segunda consideración tiene que ver con malentender la mencionada virtud, al modo de la conocida resignación que repite eso de que la esperanza es lo último que se pierde. En un tiempo como el nuestro, tan nutrido de relatos distópicos que presentan sociedades futuras indeseables, y que por eso a la vez acaban por avalar el presente (¡virgencita, virgencita, que me quede como estoy!), la desesperanza emerge como comprensible y poderosa tentación. Queda el consuelo poético de afirmar que hay luz que rompe con la aurora el reino de la noche, que versa Marzal. Que hay jinetes de luz en la hora oscura, de Mesanza. O que, incluso en los tiempos más tenebrosos, tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, como escribe Hannah Arendt. Eso es poesía, nos espetarán despectivamente. ¿Cómo es posible que, después de que la mayoría del pueblo soltara a Barrabás, siga diciendo Dostoyevski que la belleza salvará el mundo? A menudo ni los cristianos lo creemos, tal vez porque nos hemos hecho cruces a medida, demasiado bellas. ¿Qué nos ha traído Jesús –escribe Benedicto XVI–, si no ha llegado la paz, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué nos ha traído, podríamos decir, si anda una nueva guerra mundial librándose a plazos, si solo en España se suicidan 11 personas al día, si no dejan de enredar los príncipes de la mentira, si no nos gobiernan precisamente los mejores, y si lo peor es que hasta en el corazón de los mejores anida la corrupción? Jesús de Nazaret nos ha traído a Dios, lo que sucede es que eso a nosotros nos parece poco.

Por último, la tercera disquisición tiene que ver con entender la esperanza de forma providencialista, que no providencial. Del 'ora et labora' benedictino se nos ha caído, como por arte de magia, la expresa llamada a laborar en la viña del Señor. Desligamos de esta manera, equivocadamente, la esperanza de la justicia y, por lo tanto, también de la política, en cuanto que es 'polis' en la que vivimos y que queremos habitar. Una cosa es pretender instalar un paraíso pagano en la tierra (ya sabemos que, por desgracia, quienes lo han intentado han acabado por instalar entre nosotros un auténtico infierno) y otra creer que mi Reino no es de este mundo. Eso lo dijo el Mesías, el Señor. No parece muy humano emularle y endiosarnos de esa manera. Podemos en cambio decir que «nuestro mundo sí es para el Reino». La esperanza cristiana no es «aún no, pero en el futuro sí», sino «ya sí y en el futuro, más». Nos diría Laín Entralgo que no se trata solo de aguardar, sino también de confiar; de no reducir la esperanza a espera, como si todo el porvenir, lo que por venir está, acabara en el colocón del 'juernes'. Lo que hacemos y lo que tengamos que hacer, aquello en lo que habremos de comprometernos, es ya para este mundo, precisamente porque es para el Reino. La tarea requiere volverse hacia el cielo sin huir de la tierra. Quien se afana a la tierra sin mirar al cielo, a menudo promete regeneración sin resurrección, o sea una filfa, una paparrucha, un bulo.

Merecería la pena trabajar, discernir la propia vocación, esbozarla, incluso aunque tuviéramos la certeza de que no íbamos a poder llevarla a cabo. Claro que no podremos restaurar todo lo que se ha quebrado, ni siquiera nos bastará una vida a cada uno para identificar y vencer a todos los dragones que en el interior nos bailan. Se trata de hacer justicia, pero no de que tenga que hacerse toda aquí y ahora, que tengamos que ser nosotros –ay, vanidad de vanidades– los que tengamos que encarnarla toda, como si eso fuera posible. Visitemos al enfermo, demos de comer al hambriento, venzamos el mal concreto con el bien posible, pero releamos Mateo 25 y dejemos algo para el Juicio Final. Vivamos, al fin, en la constante y firme tensión hacia un ideal, nada utópico en la media en que no nos mantiene en un estéril optimismo, enemigo de la esperanza como escribe Jorge Freire; un ideal que no nos abaja y nos hunde, sino que nos yergue y eleva. Vivamos en permanente tensión hacia el horizonte de la esperanza cierta, propio de quien se reconoce herido y al mismo tiempo tiene anhelos infinitos que le permiten vislumbrar que cada acto de amor que realiza es un acto eterno.

La reputación u otros tipos de gloria menor son, al fin y al cabo, lo de menos, porque –en memorable expresión de George Eliot– que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido, se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita.

Isidro Catela es profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria y miembro de NEOS España.

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