Hay que acabar con Irán

Barack Obama, justificando a posteriori su premio Nobel de la Paz, va a incluir de nuevo en el concierto de las naciones recomendables a dos antiguos parias, Cuba e Irán. ¿Deberíamos alegrarnos de ello? En ambos casos, el fin del embargo económico y diplomático exigirá que las democracias occidentales sacrifiquen sus grandes principios, sobre todo el apego por los derechos humanos y, en lo que respecta a Irán, aún más, por los derechos de las mujeres. Pero está demostrado que en política exterior el idealismo tiene límites y «a fuerza de querer mantener las manos limpias, se acaba por no tener manos» (la frase se atribuye al poeta Charles Péguy, que murió en 1914 en el frente alemán).

En Cuba hay que resaltar que el embargo apenas ha hecho mella en el régimen castrista, cuya víctima ha sido el pueblo, mientras que los apparatchiks comunistas nunca lo han sufrido. Reconciliarse con Cuba solo puede mejorar la vida de los cubanos; por otro lado, el régimen se ha vuelto demasiado débil para exportar su revolución.

¿Deberíamos liberarnos de los escrúpulos y ensuciarnos las manos tratando con Irán? Después de muchas dudas, responderemos también afirmativamente, teniendo en cuenta la situación de Oriente Próximo en su conjunto. En esta región ya solo existen tres estados auténticos, relativamente estables y predecibles: Turquía, Israel e Irán. Hubo un tiempo, antes de la revolución de Jomeini, en el que estos tres estados se aliaron para contener a las tribus suníes, árabes y turbulentas, que hoy se desgarran entre sí con una falta de humanidad que recuerda la que había en Europa durante la Guerra de los Treinta Años. Esta violencia se explica, en su mayor parte, por las fronteras artificiales impuestas por franceses y británicos después de la caída del Imperio Otomano: un error histórico fatal, cuyo autor decisivo fue Georges Clemenceau. Turquía, Irán e Israel son auténticos estados nacionales que incluyen algunas minorías kurdas, palestinas o azeríes, pero que no son masacradas por sus gobiernos como en el caso de Siria, Irak y Yemen. Estos tres estados juntos podrían formar de nuevo un «cordón sanitario» en torno a las tribus guerreras y poner fin a las matanzas: los europeos y los estadounidenses nunca lo conseguirán porque sus opiniones públicas no lo permitirían.

Un cambio de estrategia de este calibre supone que Irán se ha convertido en un país racional: es la apuesta de Obama, apoyado ahora por François Hollande. Una apuesta basada en el innegable agotamiento de la revolución de Jomeini. El Gobierno actual ha renunciado a exportar sus fantasías teocráticas y el pueblo iraní ya no cree en ellas. La única y verdadera ambición de Irán es recuperar lo que queda de su tradicional influencia en el mundo chií. Si admitimos que Irán ha entrado en razón y que se conocen los límites de su ambición, el que tenga o no acceso a la bomba atómica se convierte en una cuestión secundaria. Irán, evidentemente, puede construir una bomba; decenas de países podrían hacerlo: los planos están disponibles en la web y la tecnología se remonta a hace más de medio siglo. Si Irán dispusiera de la bomba, como disponen ya Israel, Pakistán e India, el Gobierno de Teherán no la utilizaría, porque la función paradójica del arma nuclear es no ser utilizada: es un elemento de disuasión con una función conservadora, como demostró Raymond Aron hace ya cuarenta años, sin que los hechos lo hayan desmentido. El Gobierno israelí finge estar asustado, pero si Israel fuera destruido por una bomba atómica Irán lo sería inmediatamente por otra bomba israelí o estadounidense. En realidad, los iraníes son indiferentes a la suerte de los palestinos que están fuera de su área de influencia, mientras que Israel desearía reanudar con Irán las relaciones comerciales y militares de antaño.

Finalmente, hay que imaginar en esta región un protectorado de facto, turco, persa e israelí, al que se uniría Egipto, desde luego, y probablemente Arabia Saudí, si quiere sobrevivir como estado. Imaginar, como Clemenceau en 1920, que Irak, Siria, Jordania se perpetuarán como estados nacionales es hoy una ilusión imposible de reconstruir.

Con el mismo espíritu, y según el mismo modelo, el de la Realpolitik, deberán ser Obama y los europeos quienes reintegren a Rusia en el mismo concierto de naciones. Rusia se ha convertido en un estado débil que apenas puede agredir a sus vecinos inmediatos con recursos limitados y solicita, como Irán, que se reconozca su papel de potencia regional, no mundial. Recordemos que la frontera entre Rusia y Ucrania (igual que la línea Sykes Picot en 1916 entre Siria e Irak) fue trazada a lápiz por Stalin de forma arbitraria: una simple goma diplomática podría mover el trazo del lápiz sin que nadie perdiera ni la vida ni su alma, ni sus grandes principios. Lo mismo en Oriente Próximo que en Ucrania, estos grandes principios no obligan a respetar las fronteras que cortan a la gente en dos. ¿Por qué, en un mundo donde todo cambia, iban a ser las fronteras lo único intocable? ¿Por qué obstinarse cuando la obstinación condujo a masacres? ¿Para mantener las manos blancas? Pero ahora, debido a esta misma obstinación, son de color rojo sangre.

Guy Sorman

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