¿Hay que reconocer a Palestina?

Los esfuerzos de los dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para lograr el reconocimiento internacional de un Estado propio han obtenido ya la respuesta favorable de varios países latinoamericanos. Los miembros de la Unión Europea (UE) se lo piensan y aseguran que lo harán «en el momento oportuno». Esta situación invita a plantearse algunas preguntas. ¿Cuál es el valor real de este reconocimiento? ¿Supone algún cambio en la práctica? ¿Servirá para favorecer la resolución del conflicto?

En el mundo hay estados que nadie reconoce pero llevan ahí décadas, existiendo de facto. Es el caso de la autodenominada República Turca del Norte de Chipre, reconocida solo por Turquía pero vivita y coleando desde la invasión turca de 1974. Hay otros estados proclamados que tienen cierto reconocimiento internacional pero solo existen sobre el papel, como la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), a la que reconocen oficialmente 81 países. Pese a ello, la situación de los saharauis sigue siendo deplorable.

El Consejo Nacional Palestino, órgano legislativo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), entonces en el exilio, proclamó el Estado palestino en 1988. Más de 100 países lo reconocieron, pero entre ellos no estaban ni EEUU ni ninguno de la Europa occidental. La Asamblea General de la ONU «tomó nota», invitó al presidente de la OLP, Yasir Arafat, y el «observador permanente de la OLP» pasó a ser «observador permanente de Palestina».

El reconocimiento formal de un Estado inexistente, no consolidado, o con el territorio en el que aspira a construirse bajo ocupación de otro Estado supone la máxima expresión de apoyo político y diplomático, pero no necesariamente se traduce en un cambio de la situación in situ. Y es el apoyo político y diplomático lo que cuenta, con o sin reconocimiento formal. En este sentido, los palestinos han andado un gran trecho.

aunque ahora pueda parecer extraño, los que tenemos cierta edad y conservamos la memoria sabemos que en el concierto internacional la idea de un Estado palestino no fue moneda de uso corriente hasta hace apenas dos décadas. Después de que los árabes rechazaran en 1947 la decisión de la ONU sobre la partición de Palestina en un Estado judío y un Estado árabe, y tras la guerra de 1948, buena parte del mundo empezó a contemplar el problema palestino simplemente como un problema de refugiados, que se hizo más acuciante tras la ocupación de Cisjordania y Gaza por parte de Israel en la guerra de 1967. Los árabes no se molestaron en crear un Estado palestino entre 1948 y 1967, cuando Jordania controlaba Cisjordania y Egipto controlaba Gaza. No se hablaba de derechos nacionales palestinos.

La Comunidad Europea (predecesora de la UE), dio un paso adelante en 1980 con la Declaración de Venecia en la que por primera vez reconoció que «hace falta encontrar una solución justa al problema palestino, que no es solo de refugiados», preconizó «el reconocimiento de los derechos legítimos del pueblo palestino» y abogó por que este pudiera «en el marco de un acuerdo global de paz» ejercer «plenamente su derecho a la autodeterminación». Estuvo muy cerca pero tampoco se pronunció con claridad en favor de crear un Estado palestino.

En la conferencia de Madrid (octubre de 1991), cuando por primera vez Israel y sus enemigos árabes se sentaron en la misma mesa, los palestinos no tuvieron delegación propia. Sus representantes estaban integrados en la delegación de Jordania y solo fueron aceptados los dirigentes «del interior».

El VERDADERO salto se produjo con los ahora tan injustamente denostados Acuerdos de Oslo (1993), que supusieron el reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP, el regreso del exilio de Arafat y toda la cúpula dirigente palestina y la instauración de la ANP. Abrieron además la puerta a una negociación sobre el estatus final en la que todo el mundo sabía que la «solución de los dos estados» era la única posible. El resto es historia, y una historia bien desgraciada.

Lo relatado da cuenta del camino recorrido, para no perder la perspectiva. La necesidad de crear un Estado palestino viable, con fronteras reconocidas, y que conviva junto a Israel, suscita desde hace unos cuantos años un consenso internacional prácticamente unánime y esto de por sí es ya un triunfo palestino. Lo importante, con o sin reconocimiento formal, es cómo se traduce este apoyo político y diplomático para hacerlo realidad.

Una reflexión final. Cuando llegue «el momento oportuno» en que una mayoría de países de la UE opten por reconocer al Estado palestino (la ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez, ha afirmado que cree que ocurrirá este mismo 2011), será interesante ver qué hace España. Porque, a falta de un acuerdo de paz, el Gobierno de Madrid tendrá que explicar muy bien por qué puede reconocer a Palestina pero no a Kosovo, a riesgo de caer en la incoherencia más absoluta.Periodista.

Montserrat Radigales, periodista.

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