¿Hay que suprimir las autonomías?

A pesar del concepto que circula en las facultades de Derecho de que España es un «Estado compuesto», radicalmente falso, fruto de la escasa formación filosófica y lingüística de nuestros juristas en las últimas décadas, España es una única nación que se remonta a muchos siglos atrás. Si la comparamos con el resto de naciones, es casi imposible encontrar otra con mayor unidad lingüística, política, territorial, institucional y (para sorpresa de muchos) menos violenta, con menos rupturas de la convivencia, y menos individualista.

El federalismo consiste en reunir en movimiento centrípeto varias unidades diferentes para una labor común. El autonomismo es repartir competencias que proceden de un todo único, como si fuera una fuerza centrífuga. Proponer un estado federal para España es el mayor peligro que nos acecha: supone negar y trocear la soberanía, y eso es negar la nación española. Ni es una «mera cuestión terminológica» ni España es, como dicen, «de hecho casi un estado federal»; del mismo modo que una familia no es un piso compartido. Si se alega la situación con la Unión Europea, hay que apuntar que en ese caso se trata de compartir la soberanía, no de que no exista ni de que se troce. ¿Por qué ha de ser federal o autonómica la fórmula? ¿Por qué no España a secas, como diría algún partido nuevo: «una, grande, libre»? Porque sería negar la realidad española -la peor falta de patriotismo-, y caer en el error de las llamadas «izquierdas»: el idealismo, pensar la realidad a priori, en abstracto. Pero la realidad es concreta, aquí y ahora. De modo que yo no conozco a ningún «español» a secas, sino andaluces, gallegos, vascos, catalanes…, sin olvidar a los españoles del Perú, Bolivia, México… Son «sociedades insertivas», como explicó Ortega, que articulan la realidad, la hacen «real», concreta. Tampoco conozco a ninguna «persona»: se es hombre o mujer, y con una edad determinada. De igual forma, no hay ningún «europeo» en abstracto: se es muy europeo siendo muy español, francés, alemán, inglés…, en distintas versiones de Europa. En un tic característico del puritanismo, que recorta de la realidad lo que le incomoda o asusta, el franquismo negó esa realidad regional.

Lo que se pretendió durante la Transición española fue «la devolución de España a los españoles», su realidad íntegra, incluyendo la regional. Cuestión distinta es que los nacionalistas se hayan apropiado torticeramente de la fórmula de las autonomías con la connivencia e inacción de los distintos gobiernos, que han callado ante incontables incumplimientos e infidelidades autonómicas. Dichas infidelidad e indolencia no se solucionan obviando la realidad, ni aprovechando para romper ni negar la soberanía única de la nación española. Se resuelven con la ley. El diseño autonómico no lo hicieron los nacionalistas; sí consiguieron viciarlo en parte, y lo han infectado progresivamente.

Se sostiene que, gracias a internet y la administración digital, deja de tener sentido la otra razón de ser de las autonomías: acercar el gobierno al ciudadano. Pero no fueron tan pobres las razones que motivaron el título VIII de la Constitución, sino el reconocer la realidad regional que articula la nación española. Internet no solo acerca y facilita, sino que también abruma con millones de asuntos, lo que hace más necesario que nunca un parlamento regional en el que se seleccionen (elegir adecuadamente es lo más necesario bajo esta supuesta «revolución digital») los asuntos propios de cada región. En una aparente paradoja internet nos ha hecho más localistas -casi nacionalistas- que nunca.

Las autonomías y sus organismos políticos permiten algo esencial: que ciertas partes del país funcionen y sean motor y reserva cuando el Gobierno de la nación sea incompetente o fanático, o esté preso o inestable. Las autonomías son salvaguarda de prosperidad pero también contrapoder: cuando la separación de poderes, o la prensa están más en peligro que nunca. Además las autonomías compiten entre ellas, en sano ejercicio de autoestima e imaginación, tirando del país hacia arriba. Y algo esencial, que conecta con las sociedades insertivas que son las regiones: permiten dentro de España diversas versiones de lo español, diversos estilos y temples de la vida: no es lo mismo vivir a la andaluza que a la gallega o a la catalana. Para los que necesitamos un complemento más allá de lo regional, está Madrid.

El problema no se resuelve cambiando el modelo sino cumpliendo la ley, que es la mejor versión del diálogo a la que ha llegado la humanidad.

Antonio Castillo Algarra, Escritor, profesor y productor de teatro.

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