¿Hay tiranías progresistas?

Yo entré en Corea del Norte en septiembre de 1992. No se puede decir que la visité porque no es país para turistas, aunque entonces apareciera por allí algún alemán nostálgico de la República Democrática (RDA). El más importante hotel proyectado nunca, el Ryukyung, de 105 plantas, lo iniciaron en 1987 y sigue en obras; aseguran que en abril del 2012 inaugurarán las 25 de abajo. Hacía años que había caído el muro de Berlín y admito que mi perplejidad ante la idea de ver en vivo y en directo una monarquía comunista, algo inédito en la historia de la humanidad, me incitó a la aventura. La curiosidad nos pierde.

Entonces regía los destinos del país el Querido Líder, Kim Jong Il, porque el Gran Líder, Kim Il Sung, su padre, estaba dando las últimas boqueadas. Moriría un par de años más tarde. Es posible que me equivoque en los apelativos retóricos del liderazgo, porque quizá al hijo se le llamaba Amado Líder o algo por el estilo, cosa muy importante, dado que jamás se pronunciaba su nombre. Había que entender que cuando los traductores –la jefa traducía al francés y un siervo de la gleba, recién salido de nuestro medievo, hablaba un castellano ortopédico, pero decente– se referían al Gran Líder o al Amado Líder cabía entender que se trataba de Padre e Hijo, con mayúsculas.

En mis limitaciones para predecir los procesos históricos me parecía imposible que aquello pudiera seguir. Y hete aquí, que ahora acaba de morir el Amado Líder y le ha sustituido un nieto del Gran Líder, del que los servicios de información occidentales saben mucho pero que nosotros apenas si conocemos su nombre, media docena de fotos y un currículo que haría palidecer de ansiedad a cualquier candidato a oposiciones. De nombre Kim Jong Un y que ni siquiera es el mayor de sus hermanos, sino el pequeño.

Mi experiencia coreana resultó inaudita. No había visto una cosa igual en mi vida. Aunque mi conocimiento personal de los regímenes comunistas era limitada –Praga en los sesenta, Rumanía en los setenta, y alguna entrada y salida al Berlín oriental–, lo de Corea del Norte superaba cualquier medida. Era un país sometido a una tiranía absoluta, sin resquicios. Los expertos aseguran que se trata de la experiencia estaliniana multiplicada por ciertos rasgos de la tradición oriental. Puede ser. Pero lo más llamativo era el aislamiento. Vivían en otra galaxia y lo más escandaloso es que pensaban que las otras galaxias donde habitábamos los demás eran peores que la suya.

Nunca olvidaré el circo. En Pyongyang, la capital, tenían un gran espectáculo circense montado como si se tratara de un coliseo con millares de asientos, parcelados, donde eran constatables las diferencias entre el común y los diversos estratos del funcionariado del poder. Parecido a nuestro Liceu, pero a lo bestia. Los ejercicios gimnásticos y sobre el trapecio constituían un prodigio de talento y audacia. Soy un amante del circo y puedo asegurar que asistí a uno de esos espectáculos únicos, pensados por profesionales con tradición e inteligencia. Pero lo que me dejó noqueado fueron los payasos. Tenía mi oreja pegada a la del traductor, pero no hubiera sido necesario. El teatro circo se desternillaba de risa, literalmente se volcaban en aplausos ante un par de tipos, vestidos de vagabundos de la peor especie, que representaban la vida insufrible de sus vecinos de Corea del Sur. Toda el hambre, las necesidades, el miedo, que ellos sentirían apenas salieran de aquel recinto, constituía un motivo de chanza al convertirse en la vida de los otros.

¿Cómo es posible que se lo creyeran? ¿Qué otra opción tenían? Aislados de cualquier información sobre el mundo real, no sólo del que había más allá de sus fronteras sino del propio, se habían convertido en personajes de Orwell. Bastaba visitar el Museo de Bellas Artes, o como se llamara el museo nacional dedicado a la pintura, para constatar una tradición cultural de una riqueza comparable a Japón o China. Habían sido precursores en mundos artísticos que luego se trasladaron a otros lugares de Asia. Pero apenas uno salía de aquellas salas fascinantes de pintura antigua, chocabas con interminables salones dedicados al Gran Líder, donde el arte se limitaba a la retórica, la grandilocuencia y la vulgaridad.

No conozco Corea del Sur, pero puedo asegurar que Corea del Norte es de una belleza tal que ni siquiera la iniquidad de una tiranía puede achicar. Esa propensión totalitaria por los grandes monumentos, los grandes hoteles, los grandes palacios, no lograba apagar la fuerza de una naturaleza excepcional en su hermosa exuberancia. Las residencias palaciegas, que al parecer esperan a millares de turistas que nunca llegarán, respiran violencia y terror; como si hubieran sido pensadas para que Stanley Kubrick rodara El resplandor. Algo impensable porque estaban fuera del cine, de la realidad y hasta de la más mínima contemporaneidad. Recuerdo que el traductor, para demostrar su alto nivel de cultura occidental, me preguntó sonriente: “¿Qué tal sigue Picasso?”. Cuando le respondí que había muerto hacía muchos años, no pareció creerme, como si se tratara de un intento por socavar sus convicciones. Al fin y al cabo, ellos conocían el nombre de Picasso ligado sólo a una paloma, la de la paz, que dibujó para ellos. Nada más.

Pero el régimen de Corea del Norte tiene algo que lo hace invulnerable. Su ejército y su arsenal nuclear. Si tienes armas de destrucción masiva eres alguien; si no las tienes, estás expuesto a una intervención. Ocurrió en la vieja Yugoslavia y en Iraq; invadieron porque no las había. La amenaza es el elemento disuasorio más trascendental. Una tiranía absoluta se convierte en interlocutor privilegiado porque tiene un arma que te puede hacer un daño incalculable.

Hemos perdido la pasión periodística, o así lo entiendo yo cuando contemplo, no sin estupor, el derribo de Gadafi en Libia, y al tiempo que nadie se haya tomado la molestia de entrevistar a todos aquellos profesores españoles que se convirtieron en exégetas del Libro verde, auténtica biblia teórica de la revolución gadafista. Si la memoria no me engaña, hubo hasta un congreso en Trípoli, con notable asistencia autóctona. ¿Calladitos? Ni siquiera hay quien les pregunte. Estamos con encefalograma plano. Lo más novedoso de nuestros medios de comunicación son los anuncios publicitarios.

Algo similar ocurre con Corea del Norte. Recuerdo que antes de ir a Pyongyang me entrevisté con algún profesor catalán que había sido apasionado seguidor del pensamiento Zuche, el invento teórico, supuestamente marxista-leninista, de Kim Il Sung, el Gran Líder. ¿No hay nadie que les busque ahora para que nos iluminen sobre la inmarcesible monarquía coreana del Norte? Saben bastante más que nosotros, lo vivieron de primera mano, y ahí están esperándonos, no sé si con las mejores ganas pero al menos con la sabiduría que da la veteranía en el conocimiento.

Nos hemos reído tantas veces de la socialdemocracia sueca, por ejemplo, que deberíamos hacer una reflexión sobre lo que nosotros considerábamos una dictadura progresista, que aseguraba y consolidaba los pasos hacia la igualdad, frente a aquello que juzgábamos aguachirle. Lo fundamental era tomar el poder. Si el poder era tiránico o no, importaba poco, lo trascendental consistía en sus realizaciones. Y nos encontramos ahora con que la única experiencia comunista es esa monarquía coreana, tan surrealista como una película de ciencia ficción con protagonistas políticos.

La constatación de que una tiranía no puede ser progresista es una lección que nos llegó demasiado tarde; cuando el siglo XX terminaba y nosotros habíamos perdido el norte, la ilusión y hasta la capacidad de decir aquellas cosas que aprendimos en la frustración de una lógica derrota. Las tiranías que nacen progresistas acaban sirviendo a los que mandan, nada más. Y entonces se transforman en ese monstruo que ninguno quiere reconocer como criatura de su imaginación.

Por Gregorio Morán.

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