Hay un reloj que no suena

Así, el señor, muy de mañana y con gran sigilo, se levantaba y se echaba encima una pesada capa negra. Era tanto su acostumbrado silencio y la consiguiente destreza para escapar de la alcoba, atravesar la capilla sin mirar hacia el cuadro traído de Orvieto y llegar al pie de la escalera, que ni el mismo can «Bocanegra», de suyo tan alerta, se desperezaba con los movimientos del amo, antes seguía echado al pie de la cama, con la cabeza vendada y un persistente apelmazamiento de la arena negra de la costra cerca de la herida y en las patas.

Pero esta particular madrugada (el señor le ha pedido a Guzmán que no deje de recordarle qué día es éste; un muchacho ha sido quemado ayer junto a la caballeriza del palacio en construcción; las obras del propio palacio se retrasan más de lo debido, mientras las carrozas fúnebres luchan contra el tiempo y el espacio para acudir a la cita; Jerónimo ha sido penado por aguzar excesivamente las herramientas; Martín ha visto pasar a la señora con el azor sobre la mano; un joven yace, bocabajo y con los brazos abiertos en cruz, sobre la playa negra), el señor, antes de abandonar la alcoba, se detuvo un instante con la capa entre las manos, mirando al perro; se preguntó el porqué de esas modorras matutinas de «Bocanegra». No dio privilegio ni respuesta a su interrogación. Prefirió saberse el dueño original de una madrugada tan filosa en su frescura de meseta extrema, tan compensatoria de los fuegos del día anterior, tan ajena aún a los presagios de la agobiante jornada que, en pocas horas, la seguiría. Salió de la alcoba, cruzó la capilla, llegó al pie de la escalera.

¿Qué eran las interrogantes acerca de los hábitos anormales de un perro junto a las que proponía este acercamiento tembloroso a la interminada escalera de piedra? Podía contar, desde abajo, los treinta y tres anchos escalones construidos que comunicaban la cripta con la tierra allanada del antiguo vergel de los pastores. Escalones anchos, bien cincelados, desbastados. ¿Cómo se llamaría el obrero que los pulió? ¿Qué cara tendría? ¿Cuáles serían sus sueños? ¿Adónde conducían los escalones? Se llevó la mano a la frente: afuera, a la meseta, el mundo circulante, proliferante, sudoroso; al encuentro con el trabajador que los construyó. Lo sabía de sobra. ¿Por qué volvía a dudar? ¿Por qué se levantaba antes del alba para ver con sus propios ojos en qué estado se encontraba la construcción de esa escalera concebida con el solo propósito de dar cabida a la procesión de féretros señoriales y a los cortejos que debían acompañarlos a la morada final? ¿Por qué no se cumplían sus órdenes: constrúyase a toda furia? ¿Por qué, él mismo, no se atrevía a subir por esos escalones, prefiriendo verlos desde abajo antes de iniciar sus largas prácticas cotidianas de oración, reflexión y penitencia?

¿Por qué no se atrevía a dar el primer paso? Un sentimiento perdido, un fuego de la sangre, olvidado durante el insensible paso de aquella juventud a esta madurez, volvía a nacer entre sus muslos y en su pecho, a circular por sus piernas, a brillar en la tensión luminosa de un semblante renovado. Levantó el pie para disponerse a subir al primer peldaño. Hizo un rápido cálculo; no eran todavía las cuatro de la mañana. Miró primero su propia zapatilla negra suspendida en el aire. Luego paseó la mirada hasta el término de la escalera en lo alto. Una noche tan negra como su calzado le devolvió la mirada. Se atrevió; dio el primer paso; colocó el pie derecho sobre el primer escalón y en seguida esa noche fresca se convirtió en un alba de dedos color de rosa; dio el segundo paso, plantó el pie izquierdo sobre el primer peldaño; la aurora se disipó en una caliente mañana de luces derretidas. Entonces la carne del señor, tan exaltada ya por el deseo de alcanzar el siguiente escalón, se horripiló sin poder, durante algunos momentos, distinguir entre el temblor del placer y el escalofrío del miedo.

«Bocanegra» corrió desde la recámara por la capilla hacia la escalera; el señor apenas tuvo tiempo de pensar que su momento de atenta duda cerca del can dormido había, de alguna manera removido el fondo bruto del sueño. Y ahora el perro corría, feroz, con el hocico abierto, afilado y babeante, como si al fin hubiese llegado la hora de defender al amo; corría hacia el amo y el amo, trémulo, se dijo: «No me reconoce».

Pero «Bocanegra» se detuvo al pie de la escalera, sin atreverse a subir al primer peldaño donde el señor era una figura granulada por la violenta luz que caía de lo alto; columna solar de la luz, columna polvorienta del señor. Primero el alano ladró con una furia que el señor no pudo separar de su propia fascinada inocencia, pues, ¿qué sabían el can o su dueño acerca de lo que les estaba sucediendo? En nada pensó el señor, puede distinguirse mi temblorosa ignorancia de la ignorante furia del perro. Ladró, se acercó al primer escalón, huyó de él como si la piedra ardiese; peor (miró bien el amo): para el perro la escalera no existía, porque el can no podía ver en ella al señor y, sin embargo, olía su presencia, pero esa presencia no era la del momento que el perro vivía, sino la de la hora que el señor había encontrado por accidente; el fuego se apagó en sus entrañas, no pudo creer más en el retorno de su exaltación juvenil, maldijo la noción de la madurez y la identificó con la corrupción; maldijo la ciega voluntad de acción que un día le había alejado y ahora separado para siempre de la única eternidad posible; la de la juventud. La manzana ha sido cortada del árbol. Su único destino es pudrirse.

Entonces, el señor, parado sobre el primer escaño, cometió el error de alargar la mano para tomar a «Bocanegra» de la carlanca de púas, con el blasón heráldico inscrito en el hierro. El perro gruñó, agitó la cabeza, intentó clavar primero las púas y enseguida los colmillos en la mano que trataba de arrastrarlo hacia el primer peldaño. La sensación inicial de reconocimiento ausente fue seguida, en el ánimo del señor, por una certeza de animosidad; el belicoso perro no solo desconocía a su amo; lo veía, además, como a un enemigo, como a un intruso. Se negaba a compartir el lugar y el instante invadidos por el señor al subir la escalera. El señor abarcó con la mirada la perspectiva de la cripta desde el primer peldaño: la capilla era un grabado en lámina de cobre, desde la escalera hasta el altar del fondo, el luminoso cuadro italiano y la custodia de jaspes. En seguida, una cólera sin mesura se apoderó de él; el día de su victoria juró levantar una fortaleza de la fe que ningún soldado ebrio y ningún perro hambriento pudiese jamás profanar; aquí estaba, en la entrada misma del espacio escogido para su vida y su muerte, el lugar por él y para él construido, defendiéndose contra un perro que a su vez se defendía de ser arrastrado sobre la escalera; el señor miró hacia las lejanas luces del altar y le arrancó al perro, de un tirón doloroso, la venda de la cabeza; «Bocanegra» aulló lastimeramente, el jirón de tela le levantó la costra arenosa de la herida.

Gimoteante, vencido, «Bocanegra» regresó, con la cabeza gacha y la venda arrastrada entre las trémulas patas, a la recámara señorial. El señor dudó entre ascender un escalón más o descender al piso de granito de la capilla. Movió la pierna derecha para subir al segundo escalón; pero esta vez, otra vez aquella gozosa ligereza se había convertido en una aplomada gravedad. Tuvo miedo; dio medio vuelta y posó la planta del pie debajo del primer escalón, en el piso. Miró a lo alto; el sol se borró del firmamento, el alba reconquistó su anuncio. Movió la pierna izquierda y bajó completamente del primer peldaño; volvió a mirar hacia arriba, hacia el boquete de cielo al término de la escalera: la aurora había cedido el lugar a la noche que la precedió.

Carlos Fuentes, escritor.

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