¿Hay una tercera España?

En su conferencia «Vieja y nueva política», pronunciada el 23 de marzo de 1914 en el Teatro de la Comedia de Madrid, Ortega y Gasset dijo: «En nuestra Nación presenciamos dos Españas que viven juntas y que son perfectamente extrañas: una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia». Hoy, cien años después, se puede afirmar, sabiendo ya lo que sucedió, que aquella España vital no llegó a entrar, al menos plenamente, en nuestra historia. La cuestión que hay que plantearse es si siguen existiendo hoy esas dos Españas de las que hablaba Ortega.

La descripción que hacía entonces de la España oficial se ajusta como anillo al dedo a la que podríamos calificar como la España oficial de nuestros días. «Lo que sí afirmo –señalaba el filósofo– es que todos esos organismos de nuestra sociedad –que van del Parlamento al periódico y de la escuela rural a la Universidad–, todo eso que, aunándolo en un nombre llamaremos España oficial, es el inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan los elefantes». Si a lo que antecede se añade que ese inmenso esqueleto tiene algún hueso roído por la corrupción, tenemos un retrato bastante preciso de lo que podría ser la España oficial de hoy.

¿Existe también en nuestros días una España vital? Para responder a esta pregunta, conviene recordar que para Ortega la España vital estaba conformada por las nuevas generaciones, que eran «extrañas totalmente a los principios, a los usos, a las ideas y hasta al vocabulario de los que hoy rigen los organismos oficiales de la vida española».

Pues bien, una rápida ojeada sobre el panorama político español de nuestros días permite sostener que también hoy existe una España de dichas características, conformada por nuevas generaciones que no se identifican con las ideas de la España oficial. Pienso, por ejemplo, en Ciudadanos en el centro-derecha, y en Podemos en la izquierda radical. Y menciono a ambas porque son formaciones políticas nuevas, integradas en una buena parte por gente joven, y propugnan desmarcarse de lo que representan los partidos tradicionales.

Llegados a este punto, las preguntas que surgen son: ¿continúan siendo extrañas hoy estas dos Españas?, ¿hay que abrirle la puerta a la nueva España vital?, ¿el remedio de hoy para vivificar nuestra vida política sigue siendo el mismo que hace cien años? ¿No existe en nuestros días una tercera España que debería ser la encargada de acometer los retos actuales que plantea la situación presente de España?

Para responder a estas cuestiones conviene recordar, aunque sea brevemente, el momento por el que está pasando España. Porque la situación de hoy apenas se parece a la de 1914, y debe ser la de nuestros días y no la de entonces la que determine la política que reclaman los nuevos tiempos.

Hace unos días, en el diario «El País», los catedráticos de Economía y fundadores del Círculo Cívico de Opinión, José María Serrano Sanz y José Luis García Delgado, han descrito con rigor tanto los tres principales desequilibrios, aún no corregidos, de nuestra Economía como sus tres deficiencias estructurales más importantes. A su juicio, los desequilibrios son un capital inmenso para el que hay pocos compradores, un endeudamiento excesivo con quienes desde el exterior financiaron aquellas inversiones, y una parte significativa del sistema financiero muy afectada por su protagonismo en tales operaciones; y las deficiencias, una estructura sectorial con escaso peso de la industria, un tamaño medio de las empresas excesivamente reducido y un mercado de trabajo con agudas carencias.

¿Qué exigencias políticas plantea este panorama económico? Estos mismos autores afirman que la solución de tales problemas requiere estabilidad y determinación. Y añaden: «De ahí la importancia que debe atribuirse a la irrupción de elementos de perturbación institucional, que son especialmente dañinos para una economía muy endeudada con el exterior».

Pues bien, si la España vital de hoy está integrada por algún partido político que perturba la necesaria estabilidad institucional (y creo que Podemos lo hace), no puede considerarse como parte de la solución a nuestra convaleciente situación económica.

¿Qué hacer entonces ante la «desvanecida» España oficial y la parcialmente inservible España vital de hoy? En mi humilde opinión, tenemos que convencer al pueblo español para que siga manteniendo con sus votos la España estable; esto es, una tercera España en la que la estabilidad política permita seguir adoptando en los próximos cuatro años las medidas necesarias para corregir definitivamente aquellos desequilibrios y subsanar las indicadas deficiencias estructurales.

José Manuel Otero Lastres, catedrático de Derecho Mercantil.

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