Hegemonía invisible

Por Suso de Toro, escritor (EL PAÍS, 05/06/07):

Con ser la opinión pública en España mayoritariamente de izquierda y centro-izquierda, la derecha es hegemónica. La mayor parte de las ideas que extienden los medios de comunicación, también las establecidas entre buena parte de la población, y la visión dominante sobre la vida pública es patrimonio de la derecha. Se podría decir que la mayoría de los ciudadanos españoles vota instintivamente a la izquierda, aunque está confundida ante la cosa pública.

Ese conjunto de ideas dominantes tiene matriz nacionalista. No es raro que los dirigentes de la derecha invoquen una y otra vez a la «nación española» pues la definición esencialista de España es patrimonio suyo, aunque sea aceptada y compartida por personas de izquierdas. Crear ansiedad con eso es una táctica lógica de su nacionalismo, un nacionalismo que es causa y, a posteriori, efecto de los otros nacionalismos con los que dialoga.

La supremacía del nacionalismo español y su hegemonía se demuestran de modo claro en que los otros nacionalismos se definen a sí mismos como tales, mientras que el nacionalismo español se tiene por «lo natural», «lo de siempre», «la España de siempre». De ese modo, identifica su idea de España con la España misma, en una falsa pero aparente tautología. Su España niega, como siempre, a una parte sustancial de los ciudadanos, pero eso no es importante para quien busca no el gobierno democrático sino la dominación. La ideología nacionalista es fuerte porque, además de tener el poder de lo irracional, se hace invisible. Es transparente, pero su dominio es duro. Y la verdadera dueña del nacionalismo español es la derecha, nadie se engañe.

La preponderancia de esa ideología nacionalista es posible porque la izquierda no ha sido capaz de reunir en un argumento cabal lo que España realmente es y lo que puede o debe ser. Así pues, la idea dominante de España, casi la única, es la que nos vino dada, la de la derecha nacionalista, la de «la gente normal».

Van transcurriendo las décadas y persiste la dialéctica nacionalista interna, con el dramatismo que añade el reactivo de los crímenes y coacciones del terrorismo vasco, así que es lógico que algunas partes de la sociedad se angustien ante lo que sienten como una amenaza a su propia identidad. Esa ansiedad nacional que fluye por la ciudadanía está siendo utilizada por la derecha española como un instrumento desestabilizador.

Por otra parte, la izquierda no ha sabido o podido explicar que la única España posible es la que refleje quiénes somos. Y que somos los que estamos. Que una sociedad democrática, un país hoy, no es un mineral creado por Yahvé o un mandato histórico de los visigodos, sino un devenir común, siempre discutible y conflictivo, y, sobre todo, un pacto de convivencia. La España democrática, la única que garantiza su existencia sin recurrir a guerras civiles, es la del diálogo y el pacto, la que se construye por agregación de ciudadanos y comunidades.

España es contemplada hoy desde Europa y desde el mundo en general con interés por la economía, por las reformas sociales y el reconocimiento de nuevos derechos ciudadanos o por ambas cosas a la vez, y sin embargo dentro es totalmente dominante la visión de la derecha. Según esa visión, todo son problemas, si España antes «iba bien» ahora va fatal. El culpable es el presidente del Gobierno, quien bien puede ser insultado. Circulan con naturalidad las monedas falsas que los estrategas de la derecha han puesto en circulación: el Partido Socialista no ganó por propios méritos las elecciones, a pesar de lo que decían las encuestas aquellos días, sino gracias a los terroristas; los terroristas del 11-M son vascos o islámicos, nunca se sabrá totalmente; los autores intelectuales andan por aquí, entre nosotros, y mejor no señalar pero ya se sabe; este Gobierno, haciendo lo que otros han hecho antes, traiciona ahora a las víctimas; las víctimas significativas son las de ETA y todas ellas, con independencia de qué partido fuesen en vida, son los nuevos «caídos»; España se rompe en Cataluña… bueno, en el País Vasco… bueno, en concreto en Navarra… bueno, se rompe en general.

Y aquí estamos, después de las elecciones municipales, discutiendo la agenda que nos imponen: ¿es legítimo que los candidatos socialistas pacten alcaldías? (Y, hablemos claro, ¿no debiera el sistema político español ser un bipartidismo absoluto e ilegalizados, por tanto, los demás partidos?) ¿No debiera acaso gobernar la lista más votada, o sea la suya? (Bueno, hace unos años hubo quien para gobernar pactó con nacionalistas vascos y catalanes. ¡Pero aquello era otra cosa!)

Discutimos todo eso como si hubiese que discutirlo. Si atendemos al conjunto de los medios de comunicación, vemos que la derecha no sólo es hegemónica ideológicamente, sino que también es dueña de la agenda de la actualidad. Lo raro es que la gente, a pesar de todo, le haya dado más el gobierno y la mayoría del poder local a la izquierda. No sé por qué no obedecen de una vez a los medios y a la mayoría de los opinadores. Hay gente retorcida.

Pero también nos obligan a dar vueltas, como burro con orejeras en la noria, alrededor del resultado madrileño. Y ahí la verdad es que no se comprende que haya votado tanta gente a la izquierda. Tiene mérito con el chaparrón que les cae, con el ahogo mediático de los predicadores y con la incapacidad de socialistas e Izquierda Unida para hacer su crisis renovadora de fondo. Llevan así lustros y aun décadas.

Pero no creo que el Gobierno de Madrid o cualquier otro se consiga y se mantenga con meras ocurrencias y a golpe de dinero para obras públicas si no se gana también la batalla de las ideas. Esta derecha combate encarnizadamente más en el ámbito de la ideología y sus fantasmas que en el de la política. Desde la izquierda o desde una posición simplemente democrática es necesario ofrecer una idea de España y de la sociedad alternativa y defenderla con coherencia. Lo que ha llevado adelante este Gobierno es, en conjunto, lo más razonable en este país que es complejo y diverso. La realidad existe y lo más razonable es lo más razonable. Falta que la izquierda ofrezca con convicción unas ideas propias de España y de la sociedad. Y que no son las mismas que las de la derecha.