Heterogénea memoria histórica

Son infinitas las memorias históricas que originó la guerra civil española (1936-1939). Desde 1930 -el 13 de julio nací en Campos del Río (Murcia)- se habían originado múltiples quebrantamientos en la convivencia. Tenía seis años cuando se inició la sublevación. Coincide con mi uso de razón y las primeras imágenes que recuerdo de mi vida. Vivía al final de la madrileña calle de Príncipe de Vergara, confluencia con Francisco Silvela y López de Hoyos. Después el campo, y un cuartel de Guardias de Asalto del que sacaron medio centenar de caballos y motos con sidecar. En lo que hoy son las calles Edison y Pedro de Valdivia pasaba un canalillo, en cuya ladera aparecieron cadáveres de religiosos. Al grito de «¡vamos a ver qué fiambres nos han dejado hoy», las vecindonas de las aledañas calles de Nielfa, Recaredo, Antonio Pérez… formaban comitivas para ver las víctimas yacentes.

Un día del otoño de 1936 se personaron en mi casa unos milicianos, fusil al hombro. Mi padre, del Servicio Contra Incendios del Ayuntamiento, no estaba. Explicaron a mi madre que mi hermano y yo, alumnos del colegio-piloto Nicolás Salmerón (Mantuano, 51), nos habíamos inscrito para ir a Rusia y venían a decir qué ropa preparar.

Mi madre dijo que volvieran para hablar con mi padre. Él manifestó:

-Es imposible que un niño con seis años, que apenas sabe leer y escribir y otro, con tres años, que comienza el colegio, se hayan inscrito para ir a Rusia. Será que alguien, atribuyéndose unas facultades que no tenía, lo ha hecho por ellos. ¡Estos niños no van a ir a Rusia!

-Son la reserva del futuro de España y no podemos permitir que los fascistas, con sus «pavas» y bombardeos sobre Madrid, los maten cualquier día, contestaron.

-Pues estos niños no van a Rusia, respondió rotundo mi padre. La patria potestad sobre ellos la tengo yo y no quiero que vayan a Rusia.

-No es patriota al no querer poner a salvo a sus hijos, replicaron.

-Yo pongo a prueba mi patriotismo todos los días mientras apago los incendios que originan esas «pavas», con riesgo de ser alcanzado. No consiento que pretendan darme lecciones de patriotismo quienes no han defendido a España como lo hice yo, con riesgo de mi vida, viendo caer a mi lado camaradas en Marruecos (1924-25), donde fuimos cinco reclutas de mi pueblo, y solo volvimos tres, replicó mi padre.

-Vendremos por sus hijos cualquier día, añadieron secamente los milicianos.

Mi padre, tratando de abreviar, sentenció:

-Vengan cuando quieran. Pero vengan muchos más, porque de cuantos vengan todos no se van a ir, si no es pasando por encima de mi cadáver.

Mi padre lo pensó mejor y no sé cómo se las arregló; una noche, con un hatillo de ropa cada uno, mi hermano y yo fuimos durmiendo en el pasillo de un autobús, repleto de refugiados, camino de Murcia. Mi tío Patricio, guardia de asalto, nos recogió y llevó a Campos del Río. Alojó a mi hermano con el abuelo materno y a mí con el paterno. A este pueblo, -zona republicana- llegué sabiendo algo leer y escribir, pasé los tres años de guerra sin escolarizar, sufrí avatares y volví a Madrid con diez años y analfabeto total.

Los milicianos no volvieron por mi casa en Madrid. En marzo de 1937, con seis años, en Campos del Río, una tarde jugando bajé a la huerta y me metieron en la cárcel:

«Fue por unos albaricoques, verdes, verdes, que cogimos para comer su pepita en leche y sabor divino».

A la Ley de la Memoria Histórica ignoro si puedo acogerme múltiplemente por ser hijo de combatiente en Marruecos; sufrir varias consecuencias de la guerra in-civil, tales como los asedios aéreos, la separación de mis padres y mi hermano, al tener que huir de Madrid refugiado a Murcia durante tres años, sin escolarizar; padecer cárcel, con seis años. Desde los seis años a los nueve, a diario, mañana y tarde, sin descansar sábados ni domingos, fui obligado a ir a la huerta a dar de comer a una oveja y dos corderos y traer a cuestas un capazo de hierba en cada viaje, para conejos y gallinas en zona republicana. ¿Tengo derecho a alguna consideración por ser víctima colateral múltiple? Queridos políticos de toda índole, sumidos en permanentes rectificaciones: seriedad. Dedíquense a mirar al futuro, para mejorar España dentro de una convivencia -de una vez por todas- que supere todo lo pasado desde hace más de ochenta años.

Antonio Garrido Buendía es periodista.

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