«Hijo, apaga la luz»

Desde el momento en que se despide tras el desayuno de Sonsoles y sus hijas y cruza andando a su oficina para repasar la agenda con alguien como Gertrudis que es mucho más que una secretaria, Zapatero podría dedicar la mañana a despachar los asuntos políticos con la vicepresidenta De la Vega, el almuerzo a estudiar la marcha de la economía con la vicepresidenta Salgado, la primera hora de la tarde a repasar el estado de la Defensa Nacional con la ministra Chacón, la hora de la merienda a dar algunos retoques a la estrategia sobre la ley del aborto con las ministras Aído y Jiménez y aún le quedaría un rato para echar un vistazo al escenario mediático con la Secretaria de Estado Nieves Goicoetxea, antes de cenar con Leire Pajín para resolver asuntos internos del PSOE.

Zapatero no sólo se jacta, con motivo, de ser el gobernante que ha incorporado a más mujeres en posiciones clave de su administración, sino que el mero hecho de relacionarse asiduamente con ellas incrementa su karma y contribuye de forma notable a su armonía.

«Son mucho más capaces de trabajar en equipo y siempre he visto menos vanidad y menos celos entre las mujeres que entre los hombres», aseguraba hace dos semanas en el dominical de La Vanguardia. «Vivo rodeado de mujeres y sé que tienen la capacidad de conocer a las personas más rápidamente que nosotros, es una condición de inteligencia emocional adelantada… son más empáticas (sic), por eso siempre me fío de sus opiniones…»

«¿Qué hombre es éste, siempre rodeado de mujeres?», se preguntaba a finales de 1792 un sutil pero ácido comentario sobre Robespierre, publicado sin firma en La Chronique de Paris. Se refería a la cohorte de admiradoras de la elocuencia y el radicalismo del líder jacobino que pululaban por las tribunas de la Convención y del propio club de la calle Saint Honoré cada vez que El Incorruptible tomaba la palabra.

El texto, destinado a denunciar el culto a la personalidad de quien también era descrito como «un cura que pretende ser Dios», fue atribuido indistintamente al diputado y pastor protestante Rabaut Saint-Étienne y al gran Condorcet, pues ambos compartían la rúbrica parlamentaria en ese diario de adscripción girondina. Los dos acabaron mal -el uno guillotinado, el otro ingiriendo veneno para eludir la cuchilla nacional- y en los dos casos se habló de la venganza de un Robespierre humillado a la vez en su egolatría y en su vena ferozmente misógina.

Sin llegar a tal nivel de contradicción, Zapatero es un monógamo afectivo -«Lo que más me emociona es la mirada cómplice de Sonsoles», dice en esa entrevista-, pero un polígamo social. Recordemos las imágenes publicadas por Vogue de su visita al decorado en el que las ministras hacían su célebre posado: era el dueño del harén comprobando que todo estaba en orden o, si se quiere una metáfora menos cruda, la estrella del rock visitando a las chicas de su club de fans.

El donjuanismo de Zapatero es sólo intelectual, pero eso hace incluso más potente su capacidad de seducción política. En los primeros años de la Transición las mujeres más interesantes de Madrid querían tener una historia con Adolfo Suárez y no excluían nada. Luego en los mítines de las chaquetas de pana se oyó aquello de ¡Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo! Lo de ahora es distinto: Zapatero apela a los resortes del eterno femenino, buscando esa respuesta «empática», exhibiendo una y otra vez sus méritos de libertador de las mujeres desigualadas y oprimidas, alardeando de leyes manifiestamente injustas que permiten que un marido pase 11 meses en la cárcel por falsas denuncias de malos tratos.

Zapatero es un exhibicionista de su propio feminismo. Es por lo que más le gustaría ser recordado. Incluso con los varones con los que mejor se lleva establece vínculos que excluyen todo refugio en el machismo: jamás un chiste verde, jamás una broma obscena, jamás una observación sobre quién se acuesta con quién. A veces parece como si estuviera demasiado concentrado en su cacería de complicidades genéricas como para distraerse en emociones más concretas. Me recuerda aquello que decía Dominguín de que los toreros se enfrentan a la muerte vestidos con medias de seda rosa porque saben que los tendidos están repletos de mujeres. O de periodistas, añadiría yo en el caso de Zapatero. Y no digamos nada si son a la vez mujeres y periodistas.

La entrevista de La Vanguardia está firmada por Ima Sanchís y desemboca en el mejor autorretrato del personaje hasta ahora publicado. Creo tener ya cierta autoridad para hablar de lo que suponen esos mano a mano con Zapatero e incluso se me reconocerá haberle sacado algunos buenos pases en asuntos de no poca trascendencia política. Pero para faena redonda la que le ha hecho esta brillante colega, llevándole con el pico de la muleta, estimulándole a entrar al trapo confiadamente. El presidente se ha dejado arrastrar al raro terreno en el que brota, cómoda, la confidencia personal y el resultado es un documento de enorme interés sobre el ser humano que nos gobierna.

Es imposible saber qué queda de aquel «niño más bien gordito, apasionado por Tintin» -así describe su infancia- en este gobernante calculador que se conserva flaco como un silbo y trata de que lo comparen con Obama. Y tampoco ahondaremos aquí en la repercusión que declararse nada menos que «en paz con el más allá» pueda tener en las muchas guerras que nuestro presidente se empeña en librar en el más acá. Quede la teología para otro día. Mucho más apremiante me parece, en cambio, comentar el recuerdo especial que guarda de su abuela paterna -otra mujer clave en su vida-, combinado con la definición que por dos veces hace de sí mismo como una persona «prudente».

Resulta que la magdalena proustiana que con más deleite deshace Zapatero en su boca muestra a la viuda del capitán Lozano en el cuarto al que él acudía a diario a ponerle inyecciones de insulina contra la diabetes. La describe como un gran personaje, «todo un carácter», que vivió hasta los 101 años después de pasar los últimos 30 sentada. Y añade: «Cuando era ya muy mayor… aunque fuera de día y la luz estuviera apagada, siempre me decía: ‘Hijo, apaga la luz’».

Zapatero vincula esa expresión tanto a la «obsesión del ahorro» como a una más genérica «filosofía temerosa de la vida». Pues bien, en ambos sentidos -en realidad bastante complementarios- es una suerte que estas palabras aún resuenen en sus oídos ya que sólo siguiendo tal consejo podrá enmendar algunos de los grandes desaguisados que está causando y neutralizar el filtro de indulgencia con que se mira ante el espejo.

Todos hemos conocido a personas de esa generación con la misma mezcla de prevención frente al riesgo y apego al valor de las pequeñas cosas. No cabe duda de que la sucesión de traumas que compusieron la terrible experiencia española de la época -¿qué puedes hacer si fusilan a tu marido solamente por sus ideas, nada extremistas por cierto?- exacerbó esa especie de repliegue en el ámbito doméstico de tantas y tantas familias. Pero a la vez es ley de vida que con los años todos nos vamos haciendo conservadores en un sentido que va más allá de lo ideológico y que supone apreciar con realismo el valor de lo que nos rodea y poner coto por tanto al ímpetu de nuestras fantasías.

Todos diríamos que es a esa actitud de moderación y elemental sensatez, a ese posibilismo vital alejado de las estridencias, a esa elemental disposición a como mínimo promediar las utopías con el sentido común a lo que debe referirse un político que se describe a sí mismo una y otra vez como «prudente». ¿Pero dónde está la prudencia de un presidente que entabla negociaciones políticas con una banda terrorista e incluso las mantiene tras un brutal atentado, que más que consiente estimula un texto como el del Estatuto catalán que en todo caso destruye el consenso constitucional, que afronta la crisis económica como una oportunidad de confrontación ideológica con la derecha, que defiende que las chicas de 16 años puedan abortar sin tan siquiera decírselo a sus padres o que en un país con tanta dependencia energética exterior pretende empezar a cerrar centrales nucleares en contra del criterio del propio órgano regulador? ¿No son todos estos demoledores ejemplos la prueba de que Zapatero está comportándose una y otra vez como el más imprudente de los gobernantes?

Zapatero induce a confundir el fondo con la forma, la sustancia con el talante, el caramelo con el envoltorio, y termina creyéndose su propio embuste. Habitualmente su conducta es amable, incluso cordial. Su tono vital, equilibrado y sereno. Su trato hacia los demás, como dice Raúl del Pozo, «gentil y encantador». Nadie admite como él la crítica, nadie se esmera como él en argumentar hasta las posiciones más difíciles, nadie despliega tanta paciencia ante quien le contradice. Pero al final no «apaga la luz» ni así que se desate un bombardeo en un día de tormenta en plena crisis de abastecimiento de combustible.

En la entrevista de La Vanguardia el presidente lleva el agua a su último molino y relaciona la frase de marras con el ahorro en el consumo eléctrico y las energías renovables. Bueno, el conservacionismo no es sino una modalidad del conservadurismo, aunque sus respectivos adalides no lo sepan. Pero el propio Zapatero admite que cuando una abuela te suelta a todas horas «hijo, apaga la luz» se refiere a muchas otras cosas más. Quiere decir: ayuda a toda la familia a ahorrar, no te gastes el dinero de la paga a las primeras de cambio, echa una mano en lo que puedas, no te metas en demasiados líos a la vez, respeta la opinión de los que tienen más experiencia que tú, no te creas el más listo de la clase, no quieras ir demasiado deprisa en todo y ten cuidado con lo que haces. Otro gallo nos cantaría si encomendáramos la redacción y aplicación del Código de Buen Gobierno de todo organismo público o privado a un comité de abuelas.

Zapatero lleva ya cinco años encauzando todas sus decisiones de fondo a través de la máxima de Danton: «Primero la audacia, después la audacia y a continuación la audacia». Su problema es que ya se ha pasado unas cuantas veces de frenada y la huella de sus llantas quemadas contra el asfalto está a la vista de todos. Ahora la cosa es mucho más grave porque la pista en la que sigue empeñado en practicar su cursillo de conducción temeraria desemboca en un barranco y una mayoría de la sociedad ha empezado a darse cuenta -el resultado del pasado domingo lo constata- de que tiene como chófer a un iluminado.

El consejo «hijo, apaga la luz» sólo puede significar aquí y ahora que debe bajarse del burro o por lo menos hacer una pausa en el camino de la confrontación, que debe dejar de gastar y gastar con cargo al déficit y apretarle mucho más el cinturón al sector público, que debe buscar los grandes acuerdos con la oposición y que eso implica una política laboral mucho más realista, estímulos fiscales a empresas y familias y pararles los pies a la Generalitat y los otros voraces gobiernos autonómicos.

¿Cómo se pueden perder ocho puntos de margen ante el PP en sólo 15 meses y ni siquiera decir algo parecido a «he comprendido el mensaje»? De momento, suspenso en autocrítica. Pero aun si se llega a la conclusión de que con este hombre tozudo como una mula no hay nada que hacer por las buenas, el aviso seguirá teniendo sentido al menos en clave de amenaza: hijo, apaga la luz o te la apagarán antes de lo que tú te crees los españoles.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.