Hijos de la guerra

El 75º aniversario del estallido de la guerra civil resulta sombrío para los ciudadanos que nacimos en aquel fatídico 1936. Y es que esta efemérides nos lleva inevitablemente al universo de la memoria, a los recuerdos de una época de duras estrecheces. De la guerra en concreto yo guardo una sola imagen: en el comedor de mi primer hogar en Barcelona -la calle de la Princesa, rebautizada como Pablo Iglesias durante la República- las luces están apagadas, mi padre ilumina la estancia con una linterna y yo, en la falda de mi madre, asustado, escucho a lo lejos unos disparos. Es un flash muy breve pero imborrable. La memoria de la interminable posguerra es ya mucho más nítida y copiosa. Una memoria poblada de voces, de imágenes y sonidos. Y también de sabores.

Recuerdo los comentarios de mis familiares acerca del exilio de aquellos parientes cercanos que lucharon en el bando republicano, en contraste con el progreso social y económico de los que combatieron con los rebeldes. La división en el seno de miles de familias españolas fue uno de los capítulos más sórdidos de la contienda. Al margen de enfrentamientos ideológicos, el estallido de la guerra propició ocasiones de oro, mediante denuncias, para zanjar cuentas personales y saciar deseos de venganza. O para resolver cuestiones patrimoniales. Todos sabemos que los niveles de maldad a que puede llegar el ser humano siempre han sido infinitos. Pero también lo son los de bondad. Incontables familias de nuestro país albergan episodios de este género. También la de quien escribe estas líneas: un pariente, miembro de la CNT, salvó la vida de otro, falangista, que iba a ser ejecutado. «Ha sido gracias a la Pilarica, que ha escuchado mis oraciones y ha salvado a mi hijo», proclamaba la madre del camisa azul, muy franquista ella. «¿A la Pilarica?», replicaba mi abuela, creyente pero republicana. «¡Querrá decir que gracias a su primo el anarquista!»

Durante mi infancia, «antes de la guerra» era una expresión muy frecuente en el seno familiar. La frase plasmaba la nostalgia de los años en que no había estrecheces, de cuando se podía acceder con total normalidad a productos alimenticios básicos: pan, azúcar, arroz, aceite, judías… Para comprarlos, en los tiempos de la posguerra, hasta 1953, había que proveerse de las célebres cartillas de racionamiento. Las había de 1ª, 2ª y 3ª categoría. La distribución dependía de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes (Comisaría de Abastos, decía el pueblo). El resto de productos se exhibían en los colmados de la ciudad como tesoros inaccesibles para la inmensa mayoría de los ciudadanos

Recuerdo la discreción, la prudencia, cuando no el miedo, de los que habían sido defensores de la legitimidad republicana, o sea, los rojos. Al contrario de lo que sucedía con los franquistas, y salvo con los más íntimos, los rojos no hablaban nunca de política. (Bueno, Franco tampoco, como es sabido: «Haga como yo, no se meta en política», le espetaría una vez a uno de sus ministros).

Recuerdo los carteles con la imagen del dictador que inundaban la ciudad: Salve, Caudillo de España. Franco, Franco, Franco. Franco, centinela de Occidente. Gloriosos Caídos por Dios y por España; ¡Presentes!

En las escuelas, monopolizadas por la iglesia católica, cómplice del Glorioso Alzamiento Nacional que no dudó en denominar Cruzada, las paupérrimas aulas (pupitres con su tintero incorporado donde mojar las plumillas) estaban presididas por las fotos de Franco y de José Antonio, a ambos lados del crucifijo. Recuerdo el escudo del águila, el distintivo máximo del franquismo. Se trataba de una adaptación del Águila de San Juan que figuraba en el escudo de armas de los Reyes Católicos. Bajo el lema de Una, grande y libre, el aguilucho franquista exhibía el yugo y las flechas de la Falange. Recuerdo, claro, los noticiarios propagandísticos que desde 1943 se exhibían obligatoriamente en todos los cines: el NO-DO. Muchos espectadores llegaban diez minutos más tarde para esquivar «la película de Franco», como definían algunos al famoso noticiario. No me olvido de otro cartel: Si eres español, habla en español, cordial mensaje creado en 1937 por los democráticos cerebros de los falangistas y que perduró durante unos años.

Recuerdo la música de La Generala -una fusión del himno real, el Oriamendi de los carlistas y el Cara al Sol– que precedía a los Diarios hablados de RNE (el parte, decían en casa, recordando los partes oficiales de guerra del cuartel del Generalísimo que se iniciaban con aquella ingeniosa mescolanza). Y las cornetas del basurero cuando llegaba a la altura de las casas en su carro de caballos. Y los avisos del empleado municipal de los pueblos, precedidos también de un trompetazo: por orden del señor alcalde se hace saber… Y recuerdo los amargos sabores de los largos años del racionamiento: pan negro («Franco, danos pan blanco»), el aceite de ricino, el agua de Carabaña… Periodista.

Xavier Foz, periodista.

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