Hijos de Sión: escuchad a Wagner

La gran mentira del siglo XX, desde finales de la II Guerra Mundial a nuestros días, ha sido vincular la figura excelsa de Wagner (cuyo bicentenario se celebra este año) a la demoníaca de Hitler. La falacia sigue y seguirá hasta que el Estado de Israel no ponga fin a un veto incomprensible, a una discriminación histérica. Lo han intentado figuras de tanto fuste como el pianista y director de orquesta Daniel Barenboim, director de la Scala de Milán, de origen judío y criado en Israel, las asociaciones wagnerianas repartidas por las capitales europeas, etc. En Israel, erre que erre, Wagner sigue proscrito.

Se puede escuchar a Wagner en los teléfonos móviles pero no en las salas de conciertos, no hay ninguna prohibición de venta de música wagneriana en las tiendas de discos, no está prohibido legalmente… pero no está permitido, está mal visto. Es persona non grata. En el imaginario judío se ha instalado al autor de Tristán e Isolda en el frontispicio de sus personajes malditos y es hora de preguntarse el porqué de esa animadversión.

La respuesta que dan es que Wagner fue antisemita. La dan gente docta y menos docta. O esta otra: a Hitler lo embelesaba Y ahí acaba el razonamiento. En efecto, Wagner fustigó la judaización en la música en unos tiempos (primera mitad del XIX) en que en toda Europa el judío tenía una imagen tan impopular, dos siglos antes, a sensu contrario de que los hijos de Israel contaran con un lobby influyente en EEUU.

En los tiempos de Wagner, los vientos no podían ser más contrarios a todo lo que oliera a semitismo, pero en ese tramo del siglo XIX se produce un cambio, preludio de otros de más calado. Los derechos humanos se convierten en derechos públicos subjetivos, garantizados por los órganos jurisdiccionales del Estado. Este paso adelante bebe en las fuentes de Rousseau y los enciclopedistas, y de Francia pasa a otros países. La frase de Rousseau: «El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado», parecía dirigida a la población judía de la diáspora.

Wagner tuvo en común con Hitler una antipatía manifiesta por el pueblo hebreo. No hay quien lo niegue pero no fue la suya una fobia superior a la que sintieron Kant, Hegel, Schopenhauer o Goethe. La diferencia estaba en que mientras en Wagner no pasaba de ser una aversión, Hitler llevó la aversión hasta el exterminio.

Hitler fue astuto, como los hijos de las tinieblas. Fagocitó a Wagner, lo hizo suyo, se lo apropió con sutiles procedimientos. La música wagneriana le hipnotizaba. Escuchaba la ópera Rienzi y aspiraba a imitar al personaje central, un líder carismático de la Italia de la Edad Media que en su irresistible ascensión se enfrentó a la nobleza italiana para devolverle el poder al pueblo. Hitler quiso hacer lo mismo. Lo confesó el propio Führer en lo alto de un monte en una confidencia a un amigo. Veía en Rienzi la elección de su propio destino. Quería recibir del pueblo alemán la misión de llevarlo a hacia la libertad. Tan identificado se sentía con el líder italiano que el manuscrito original de la obra lo tuvo en sus manos en el búnker, hasta la muerte. Allí se quemó cuando la toma de Berlín por los Aliados.

Hitler escuchaba las óperas wagnerianas con fervor, sin darse cuenta o sin importarle que para los miembros de su guardia pretoriana aquellas audiciones suponían una tortura.

Distinguió a Bayreuth, donde se levanta el teatro que concibió y diseñó el compositor excelso, con privilegios tales como eximirles del pago de impuestos, evitar que sus aviones sobrevolaran la ciudad y, sobre todo, acercarse a sus descendientes. Todo lo que tocaba Hitler, al revés que el rey Midas, lo convertía en herrumbre.

No hay, sin embargo, en ninguna de las 14 óperas de Wagner más exaltación que a la nación alemana, como Verdi (cuyo bicentenario también se celebra en 2013) exalta a la nación italiana.

Dos personajes fueron los ojitos derecho e izquierdo del gran dictador: Wagner, su ojo derecho; Pío XII, el izquierdo. La misma intensidad que tuvo para adorar al músico la empleó para denostar al papa Pacelli que, siendo Secretario de Estado, en la presentación en Roma de la encíclica Mit brennender Sorge de Pío XI contra el nazismo, comparó a Hitler con el diablo y anunció proféticamente que los nazis lanzarían una guerra de exterminio. Pacelli fue nuncio en Múnich y Berlín. Sabía de qué hablaba. Los judíos de hoy (como agradecimiento a las iniciativas del Papa que salvó a 800.000 judíos de la persecución nazi), le lincharon en una turbia acusación de antisemitismo. Este año, tímidamente, han mitigado la acusación contra Pío XII en una fotografía que figura en un panel del Museo del Holocausto. el Yad Vashem, de Jerusalén, pero no se apean de, al menos, considerar la obra de Pío XII como objeto de gran discusión.

Franco, aliado de Hitler (más lo fue su cuñadísimo) salvó a muchos judíos de la persecución nazi. Es una prueba de que también en un régimen totalitario pueden darse situaciones ejemplares. El general, que en sus discursos cogía carrerilla para culpar de los ataques que recibía a una conspiración judeo-masónica, dio orden a todos los cónsules de Europa central y oriental para que facilitaran pasaportes españoles a todos los judíos de apellidos con identidad histórica española. Al que fuera embajador de Israel en España, el socialista Slomo Ben Ami, no le dolieron prendas al afirmar muchos años después del infierno nazi: «España salvó a más judíos que todas las democracias juntas».

En varias ocasiones -por motivos profesionales- he viajado a Tierra Santa o, si lo prefieren, al Estado de Israel (la última vez coincidió con el asedio de soldados israelíes a Belén en el que buscaban a terroristas palestinos). Es un país único, para bien y para mal, donde se producen reacciones tan viscerales como la de vincular a Wagner con Hitler. Los judíos supieron hacer del desierto un vergel, tienen cualidades especiales de abnegación y de contumacia, los gasearon en hornos crematorios, viven en un país democrático, son víctimas y victimarios. Su principal aliado, ahora menos, es Estados Unidos y al mismo tiempo tiene a gran parte de la opinión pública en su contra en el conflicto irresoluble con los palestinos.

Este año, el Año Wagner, surgirán iniciativas para que se levante el veto al genial músico alemán en la tierra de la antigua Palestina. No esperen que se opere en Israel una metamorfosis capaz de cambiar su mentalidad estrecha y radical. «Fue un antisemita», repetirán como un ritornello metabolizado.

José Joaquín Iriarte es periodista y escritor.

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