Hijos y herederos de Yalta

Esta semana se han cumplido 70 años de un acontecimiento que condicionó nuestras vidas. Hasta tal punto que aún hoy podemos decir que las consecuencias de aquellos días de reunión aún perduran en nosotros de una manera tan evidente que cabe afirmar, sin exagerar, que seguimos siendo hijos y herederos de Yalta.

Yalta, en la península de Crimea, lugar de veraneo aristocrático ruso durante siglos, se convirtió en febrero de 1945 en el centro del mundo. Las tres potencias que ya se veían vencedoras tras la mayor catástrofe histórica del siglo XX se reunían para decidir la suerte del mundo. Un Stalin ejerciendo de anfitrión en el momento en que su ejército se acercaba a Berlín tras haber soportado el mayor peso de la guerra, lo que generaba una autosatisfacción que no sólo pretendía borrar un pasado criminal e incompetente, sino que transformaba todos sus errores en añagazas de su astucia. Roosevelt, muy capitidisminuido por la enfermedad –apenas duraría dos meses–, representando al país que más partido había sacado de la guerra y al que ni siquiera el enemigo había hollado su tierra; por lo tanto, el vencedor absoluto, militar y económicamente. A su lado Churchill, ese mito de pies de barro, arruinado pero rumboso, pretendiendo ser otro grande ahora que sólo era un socio en decadencia; en cinco meses sería barrido, literalmente, en la derrota más brutal por inesperada; sus ciudadanos consideraron que ya habían tenido suficiente Churchill como para mandarle a casa y que se dedicara a escribir, que no se le daba mal, y a pintar paisajes convencionales. Nunca dejó de estar ahí.

En Yalta, hace ahora 70 años, se repartió el mundo. Cabe decir que las generaciones que nacimos en el ciclo 1945-1960 somos hijos de Yalta, y los que vinieron luego no se pudieron librar de su condición de herederos. Porque el planeta se dividió en dos bloques, celosos hasta el crimen, de su área de influencia. Cuando democráticamente un pequeño país, Guatemala, eligió a un demócrata, Jacobo Árbenz, para hacer frente a un país expoliado por los norteamericanos y se decidió a iniciar una renegociación con el imperio de United Fruit Company, llegaron los marines y se hartaron de reprimir hasta volver al orden dictatorial que garantizara el statu quo, el que se marcó en Yalta, por más que allá se tratara sobre todo de Europa y no del patio trasero de Estados Unidos. Aquello de Jacobo Árbenz y Guatemala fue en 1954, una nadería para los medios de comunicación de entonces. Los soviéticos hicieron lo mismo en la Hungría de 1956 y ahí fue Troya. Ya sé, ya sé, que los países no son comparables. Guatemala y Hungría, pero en fin, qué quieren que les diga. Hubo una guerra civil en Grecia que duró hasta 1948 pero de la que nosotros apenas supimos nada porque estaba en nuestra área de silencios.

Me apena que tanto talento, suelto o aparcado en las columnas de los diarios, no dedique tiempo a ilustrar sobre algo más que las singularidades de nuestra parroquia. Yalta, como hijos o como herederos, marcó nuestro destino. Y no por lo que significó la revolución cubana del 59, ni la Checoslovaquia del 68, el Chile del 73 y las zozobras portuguesas de la revolución de los claveles en el 74. Vietnam, su larguísima guerra y su victoria son incomprensibles sin analizar Yalta y la compensación de los desequilibrios, ese arte mefistofélico en el que Kissinger fue maestro y el olvidado Súslov un implacable competidor. Hemos estado gobernados durante décadas por analfabetos funcionales –bastaría citar a Brézhnev y a Reagan– bien pertrechados de expertos conocedores de sus intereses.

Pero el hecho de que respondamos a la herencia de Yalta no significa que ese esquema se haya mantenido incólume. Todo lo contrario, se ha ido cayendo a pedazos, pero los pedazos en la historia son largos y trascendentes. ¿Acaso toda aquella batalla escenográfica con fuego real que fue la aceptación, por el sindicato de las prisas, del ingreso de España en la OTAN –obra del Gobierno no electo en las urnas de Leopoldo Calvo Sotelo–, y los traspiés del PSOE sobre el referéndum –“de entrada, no”, “ahora, sí”– no responden al esquema de Yalta? Nadie se sale del área donde le han designado vivir sin un costo tan alto que arriesgara su vida. ¿Alguien se imagina hoy lo que hubiera significado un no al ingreso en la OTAN en el referéndum de 1986? No digo que fuera bueno o malo; sólo introduzco un elemento de debate y reflexión. Es más que probable que la frágil democracia de la transición –ese modelo de cartón piedra para mediocres felices– hubiera sufrido tal golpe que todo se habría puesto en cuestión. Y una de las consecuencias de Yalta era evitar poner algo en cuestión si entraban en juego los grandes y sus áreas de influencia.

Ahora quizá estemos viviendo los últimos rescoldos de la gran hoguera de pueblos y sociedades que supuso Yalta. El desmoronamiento de la Unión Soviética, que alguien creyó cerraba aquella reunión de hace 70 años entre los tres grandes, no significó el final. Al contrario, se continuó en el esquema de Yalta pero sin una de las partes. Incluso asumiendo que esa parte podía suplirla y desdeñarla el gran vencedor de todas las batallas, por más que se encontrara en horas bajas para su capacidad de hegemonía.

El final de la URSS consintió el ejercicio de la libertad en pueblos oprimidos y la impunidad absoluta para explotarlos, a ellos y a los que se pusieran delante, sin el más mínimo recato. Tiene razón Obama en esa frase tan elaborada que parece expresamente indicada para salir en primera página de los diarios de nuestra área: “Rusia no puede cambiar las fronteras de Europa a punta de pistola”. Cierto, pero le faltó añadir: “Nosotros sí”. Lo hicieron en la desmembración de Yugoslavia y la última guerra balcánica. En la apuesta por Kosovo, esa invención norteamericana que exhibe en su capital, Prístina, la avenida más alucinante de cuantas desvergüenzas se puedan hacer en la geopolítica. Se llama Gran Avenida del Presidente Clinton.

Si Yalta hubiera terminado no existiría la OTAN en la idéntica configuración que tuvo desde su nacimiento. Nació en 1949 frente a la amenaza soviética y la posterior creación del Pacto de Varsovia, pero resulta que el tal Pacto feneció y ahora se demuestra la imposibilidad de hacer frente a una realidad diferente. Que unos publicistas diseñados por Armani, con Bernard-Henri Lévy a la cabeza, promuevan el terrorismo de Estado en Libia y que como consecuencia de su frivolidad hayan destrozado el país, aún más que la tiranía de Gadafi, siguiendo la estela que ya hicieron otros con Afganistán, con Iraq, con Siria, resulta una irresponsable herencia de la supremacía de Yalta. Ellos, tan temerosos en facilitar la caída del dictador Franco, no fuera a crear inestabilidad en sus posesiones, ahora, en su condición de únicos supervivientes y fedatarios de Yalta, han decidido que el mundo es más seguro si se lleva la guerra lo más lejos que puedan.

Si hiciéramos un relato real de la actual guerra en Ucrania, de su comienzo y de su desarrollo, llegaríamos a la conclusión de que la impunidad del poder es absoluta si controla los medios de comunicación y las redes informativas. Una pelea geopolítica en manos de líderes mafiosos, que no pintan nada que no les dejen pintar quienes, con razón, se sienten agredidos y quienes esperan sacar tajada de esta nueva amenaza de la OTAN, organización llena de gente amable siempre que no les manden matar, porque nacieron para eso. ¿Quién dijo conciencia cuando se trata de defender nuestra civilización, dirá el más desvergonzado de sus alcahuetes? Nos están engañando, y el mentiroso, que está en el secreto, sonríe.

No hay imperio, por grande y civilizado que haya sido, que no acabe en el fango antes de entrar en los pomposos museos de historia; su costo en sangre no aparecerá en las salas. Ucrania es la aventura europea más inquietante del nuevo siglo. Gane quien gane, perderemos nosotros.

Gregorio Morán

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