Hillary Clinton o la fatalidad del centro

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 17/11/07):

Cuando se aproximan las elecciones primarias, anticipadas en su calendario, Hillary Clinton aventaja claramente a sus contrincantes del Partido Demócrata, hasta el punto de que el último debate televisado se transfor- mó en una batalla de los otros siete aspirantes contra el llamado front-runner, el que corre en cabeza de las encuestas, y también el que recauda más dinero, una mujer valerosa, preparada y curtida junto al poder.
El debate fratricida estaba dedicado a la política exterior. Los ataques más virulentos contra Clinton procedieron del senador Barack Obama, el segundo en la clasificación, y del tercero en discordia, el exsenador John Edwards, que le reprocharon agresiva y conjuntamente no solo que votara en su día a favor de la guerra de Irak, sino que ahora siga los belicosos pasos del presidente Bush en lo que concierne a Irán al votar a favor de la resolución del Congreso que solicitó la inclusión de los Guardianes de la Revolución en la lista de grupos terroristas.
Clinton replicó: “No creo que los republicanos tengan la impresión de que voto y pienso como ellos”, una frase con la que no solo escapó del acoso, sino que sacó ventaja a un Obama desconcertado. Cuando este quedó desbordado por el exsenador Edwards como la más genuina y radical alternativa, la senadora remató la jugada: “Estoy en contra de la carrera hacia la guerra, pero no soy favorable a no hacer nada y propugno una diplomacia vigorosa apoyada en las sanciones”. Mientras los otros se enzarzaban en la disputa, ella avanzaba sin vacilar.
Cuando solo un milagro podría salvar a los republicanos en las elecciones de noviembre del 2008, según todos los sondeos, la senadora Clinton, muy consciente de los obstáculos que aún tiene que superar, se negó a formar un frente común con los otros candidatos, como le aconsejaban los sectores mediáticos más progresistas, para hacer descarrilar la diplomacia de Bush y forzar una retirada apresurada de las tropas de Irak o, al menos, para hacer evolucionar una situación que parece bloqueada.
Hillary Clinton sabe, como su marido en 1992, que las elecciones se ganan en el centro, y se presenta, en buena lógica, como la candidata de las clases medias, no de los sectores progresistas y minoritarios de Nueva York, Chicago o San Francisco que deforman en Europa la imagen política del norteamericano medio, patriota y moderado. Prefiere atajar el escándalo de una sanidad deficiente y recuperar su plan de protección social universal, fallido de 1994, cuando era primera dama, pero revisado para que los ciudadanos puedan elegir su seguro médico.

MIENTRAS Edwards exhibe su programa de lucha contra la pobreza y Obama insiste en la diplomacia, con el riesgo de tapar su mensaje de justicia social, Clinton corteja a los habitantes de la mítica Suburbia, las zonas residenciales próximas a las grandes urbes donde vive una clase media injustamente castigada por la alianza de Bush con los plutócratas y el complejo militar-industrial. En octubre recorrió Iowa en un autobús bautizado “el expreso de la clase media”, mientras proclamaba la fatalidad del centro: “Nací en una familia de clase media, en medio de EEUU Chicago, a mediados del pasado siglo”.
Todo está cuidado en su campaña, hasta el menor detalle. Para desarmar a los que la vilipendian como fría y calculadora, la senadora aparece invariablemente con un conjunto de pantalón y chaqueta sobrio y asexuado. Y su eslogan preferido –Yo soy vuestra mujer– encubre sus presuntas vinculaciones con los grupos de presión. Si hay que contentar a los sindicatos o hacer frente al proteccionismo populista de sus rivales demócratas, propone que el tratado de libre comercio con Canadá y México (NAFTA), así como los demás acuerdos comerciales en vigor, sean revisados cada cinco años.
La herencia de su marido se vislumbra en un progresismo disciplinado, una ambición medida, una ideología adaptable a las circunstancias, incluso las más adversas. Obama y Edwards la acusaron al unísono de “cambiar una y otra vez de posiciones según sople el viento”, pero ella está persuadida de que la responsabilidad, más que los principios, la devolverá a la Casa Blanca. Aunque promete restaurar el prestigio de Estados Unidos, dilapidado por George Bush, huye del sectarismo, no es antimilitarista y no está lejos del realismo de los republicanos moderados, según fue codificado por los exsecretarios de Estado Henry Kissinger y James Baker.

“LA ERA DE LA diplomacia del cowboy ha terminado”, asegura, mas sin arriesgar en las propuestas. Edwards la identifica con algunos neocons, lo que resulta poco convincente cuando el problema no radica en salir de Irak, sino en cómo hacerlo sin que se derrumbe la influencia norteamericana en la región. Hasta está dispuesta, para congraciarse con el lobi judío, a trasladar la embajada norteamericana en Israel de Tel Aviv a Jerusalén.
Su talón de Aquiles es la fuerte hostilidad que suscita en los sectores ultramontanos (la llamada mayoría cristiana), que acosaron a su marido en sus últimos dos años en la Casa Blanca, y en los hombres que recelan ante la idea de una mujer en la presidencia. El índice global de rechazo supera el 50 %. Pero tiene a su favor la convicción creciente de que la oleada conservadora que se inició en 1968 se aproxima a su fin, dado el carácter estructuralmente cíclico de la vida política en EEUU.