Hillary Clinton y el feminismo

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 14/06/08):

La frustrada candidatura de Hillary Clinton a la presidencia de Estados Unidos ha reactivado la polémica entre feministas y sobre el feminismo. En muchos países, incluida España, la posibilidad de que una mujer hubiese podido llegar al cargo más poderoso del mundo ha marcado un hito en el camino de la igualdad de género. Por eso es comprensible la decepción por su derrota, por escaso margen, en las primarias demócratas, aún aceptando el interés de la candidatura de Obama. Pero sería simplista considerar a Clinton como candidata feminista y atribuir el resultado al machismo imperante en la sociedad. Los hechos no avalan dicha interpretación.

Analizando el voto en el conjunto de las primarias, el factor decisivo no fue el sexo, sino la edad. Obama gana en el conjunto de votantes de menos de 45 años. Iguala a Clinton entre las mujeres de menos de 40 años. Y gana a Clinton ampliamente entre las mujeres de menos de 30. Mientras que Clinton supera a Obama en una proporción de 4 a 1 entre las mujeres de más de 60. El otro factor decisivo es la educación. Obama supera a Clinton entre las mujeres universitarias con menos de 40 años. Es decir, la principal base de Clinton son las mujeres de su edad, con una vida por detrás en donde vieron sus posibilidades frustradas, en donde sufrieron el machismo cotidiano y ya con poco margen para rehacer su andadura. La rabia acumulada se hizo movimiento en torno a Clinton.

Mientras que para las jóvenes, en Estados Unidos o en España, aún conscientes del sexismo circundante, saben que muchas barreras se han roto y que otras son superables. Aunque el patriarcado sigue vivito y coleando la conciencia de las mujeres ha cambiado fundamentalmente en las tres últimas décadas. Y este cambio mental es irreversible, porque si las mujeres se piensan libres y iguales no tolerarán la dominación. Ni en la sociedad ni en su pareja. La candidatura de Clinton ha contribuido a simbolizar el cambio para las nuevas generaciones. Entre ellas, como dice su padre, las niñas de Obama para quienes ahora es normal que una mujer pueda ser presidente. Pero si Clinton perdió no fue por ser mujer (de hecho, ganó a otros cuatro candidatos hombres), sino porque Obama supo crear un movimiento de cambio y esperanza en torno suyo, porque se opuso a la guerra de Iraq cuando Clinton votaba con Bush, porque hizo una campaña limpia, porque conectó con los jóvenes y movilizó su voto y porque, a diferencia de Hillary, no está en manos de los lobbies de Washington. Hay veces en que un hombre hace las cosas mejor que una mujer.

Este es el tema central del debate entre feministas clásicas como Gloria Steinem y feministas de la nueva generación como Camille Paglia. ¿Es feminismo el que las mujeres conquisten el poder tal y como es o que los valores que encarnan las mujeres redefinan los contenidos del poder? No es un debate abstracto, sino esencial en la campaña de Clinton, que fundó su carrera política en su marido, aguantó sus insultantes y continuas infidelidades y la humillación de la mentira pública por algún motivo más fuerte que el afecto conyugal, utilizó la red de contactos y consultores de Bill, así como su red financiera y su popularidad.

Y contó con su activa participación en campaña, aunque realidad Bill hizo desastre. O sea, más que de un candidatura de mujer fue un intento de construir una dinastía política a partir de la presidencia.

Pero lo realmente revelador fue su campaña. Clinton decidió que para ganar tenía que ser más dura que cualquier hombre y presentarse como comandante en jefe dispuesta a liderar el mundo. Por eso votó por la guerra de Iraq, por eso difuminó cualquier tema feminista, se rodeó de militares y financieros y se armó con el arsenal de consultores de política sucia curtidos en los escándalos de la presidencia Clinton. El poder acumulado la hizo caer en la arrogancia. Era obvio que aplastaría rápidamente a los demás candidatos y en particular a Obama ( “un cuento de hadas”, según dijo Bill). Sólo cuando vio que las cosas iban mal, cambió de estrategia y movilizó a las mujeres, apoyándose en el feminismo tradicional y en un mensaje directo a las mujeres, al tiempo que se erigía en defensora de la clase trabajadora “blanca” (según su propia expresión). Demasiado tarde. El mensaje de cambio de Obama había calado profundamente y, sobre todo, había seducido a los medios. Cierto es que hubo sexismo en torno a Clinton, como hubo racismo en torno a Obama.

Pero lo que debaten las feministas no es eso, sino el significado del personaje Clinton, su oportunismo político, sus triquiñuelas electorales perpetuadoras de la política sucia en la que se formó, su convicción de que para ganar a los hombres hay que ser como ellos pero más fuerte. Por eso, a diferencia de Obama que abordó de cara el tema del racismo con un discurso memorable que le sacó del pozo de los vídeos de su pastor, Clinton nunca hizo un discurso sobre las relaciones de género. Sólo se quejó del sexismo, pero no explicó cómo superarlo.

Y se escandalizó de que numerosas organizaciones feministas, incluyendo la principal asociación del derecho al aborto, apoyaran a Obama. El nuevo feminismo, el que trata de transformar a las mujeres y a los hombres mediante la transformación de sus relaciones, se distanció del feminismo tradicional, aquel que busca hacer hueco para las mujeres en un mundo de hombres. En teoría no hay contradicción entre los dos proyectos, porque sólo si hay suficientes mujeres ministras de Defensa tal vez podamos repensar la guerra. Pero en la práctica el que las Thatcher, Merkel, Kirchner o Clinton lleguen al poder puede ser una forma de perpetuar la cultura masculina integrando a mujeres que para poder mandar aceptan transformarse en luchadoras de lucha libre (vídeo de la campaña de Clinton).