Hinchas, militancia y violencia en el fútbol

Hoy arranca un Mundial de fútbol marcado desde hace meses por las dudas en torno a la capacidad de Sudáfrica para organizar el evento. La falta de seguridad en este país se percibe como la principal amenaza para el correcto desarrollo del torneo, y los temores no han hecho sino crecer tras los recientes asaltos a periodistas y jugadores. La preocupación por la peligrosidad de las calles se traslada desde esta misma tarde a los estadios, donde el maridaje entre fútbol y violencia observa lamentablemente un largo historial.

Un policía me dijo una vez que si vinieran los marcianos y vieran que los organizadores llevan a los hinchas en autobuses al campo, que allí los tienen separados por vallas vigiladas por la policía y que, al terminar el partido, sólo sueltan a unos cuando los otros ya han desaparecido del campo de visión, para que no se crucen los unos con los otros, se preguntarían: «¿Qué clase de fieras son estas?».

Los hinchas, no los aficionados, de algunos equipos y selecciones son de los pocos y auténticos militantes que quedan en nuestros días, equiparables a algunos grupos urbanos y a los nacionalistas radicales que se ponen el mundo por montera. Su estrategia es acoplarse a las energías que ascienden desde abajo para transformarlas en consignas políticas. Quien no sepa lo que significa resistencia no comprende el espíritu de hincha. «La lucha continúa cuando todo se ha perdido», gritan.

Pese a que frecuentemente conviertan las derrotas en victorias y en programas de supervivencia, tienen que buscar chivos expiatorios que suelen ser de dos clases: externos e internos. Los primeros están personificados en equipos o selecciones de otras ciudades o países y sus aficionados y en los árbitros. Los segundos, en personas del propio equipo al que presuntamente apoyan: el entrenador es el primer enemigo potencial si las victorias no llegan, luego algún futbolista del que se esperaba un mayor rendimiento, luego los dirigentes. Todos los enemigos que se alojan en el interior del equipo pueden ser sometidos a ejercicios de reeducación, castigos, expulsiones, banquillo. El entusiasmo incluye reduccionismos a todas luces visibles e injustos.

La reflexión, condición para mantener la sangre fría en momentos de tensión, no se da a la entrada ni a la salida de un partido de fútbol. Impera la impaciencia y la inmediatezes la hora de los actores ambiciosos y fuertemente indignados que pasan a la ofensiva tan prontos se comprenda que no hay nada que perder por ningún lado. Los teóricos de la revolución decían: intellectus quaerens iram. Los violentos futboleros practican lo contrario: ira quaerens intellectum. La indignación, la destrucción precede a todo pensamiento.

A estos destructores les encanta estar en movimiento. Sin itinerario y sin dirección, hacen lo que se les ocurre y lo que se les viene en ganas. Para ellos la noticia es la novedad. Lo nuevo por ser nuevo, olvidándose de lo que dice el Eclesiastés: «Nada nuevo bajo el sol». Entre la salida y la meta media un desierto, un vacío, un páramo, un enorme abismo al que se arrojan seguramente de manera inconsciente, pensando que lo hacen por voluntad propia.

Los hinchas conciben su vida como centro de resonancia de la ira y el descontento de todos los aficionados. No pueden concebir una militancia que se precie sin una cierta capacidad de actuar de manera contundente y ejemplarizante para exterminar todo lo que se opone al honor del equipo. La ira es una pasión, un sentimiento, detestable solamente cuando se descontrola y es víctima de la incontinencia. La mayoría de los militantes futboleros son gente normal que controla su ira.

Los griegos inventaron el teatro y el estadio, los romanos le añadieron las sangrientas luchas de competición en la arena, y los hinchas añadieron las batallas campales fuera de los estadios. Como escribió el filósofo Peter Sloterdikj, «destrozar cabinas telefónicas o quemar coches cuando, con ello, no se persigue un objetivo que integre el acto vandálico en una perspectiva histórica [es, a todas luces, un acto gratuito]. La rabia de los destructores de cabinas y de los incendiarios se consume en su propia expresión y el hecho de que se regenere a menudo con las rudas reacciones de la policía y de la Justicia no le quita nada de su ceguera. Se limita al intento de dar golpes en la niebla».

La violencia de los hinchas es una expresión espontánea que se acaba en sí misma y que nada tiene que ver con la violencia terrorista y organizada, a no ser que haya grupos organizados detrás, pero es un juego siniestro que destruye otras maneras de entender la vida de los aficionados y de otros seres humanos, que no disponen de la misma libertad que los destructores porque las reglas del juego no se lo permiten.

La justificación inmediata de su actuación violenta es la necesidad de blandir por todo lo alto y tan contundentemente como sea posible el nombre del equipo de sus amores. La visibilidad y el impacto son sus únicos dogmas y ejes de actuación para que el enemigo sepa quiénes son, con quién se enfrenta y se juega los cuartos. La visibilidad no es exclusiva de los hinchas sino que es como una peste que avanza por todos los rincones del mundo y penetra el ámbito del dinero, de la ciencia, del arte y todo lo que se le pone por delante. Sin visibilidad no hay impacto y sin impacto no hay existencia. Todo individuo que quiera ser alguien ha de tener consejero de imagen.

La violencia reflejada y, muchas veces, magnificada en los medios, es la prueba de su existencia. Su imagen especular les causa una profunda, aunque momentánea, satisfacción. Copiando a Bauman, se puede decir de ellos que «se trata de una tendencia autosostenida y autoreferenciada». Se dicen a sí mismos en monólogos que sólo se dan en su pensamiento: «Somos la vanguardia de la vanguardia».

Los violentos ejercen su ira a mayor gloria y honra de sus ídolos -cuyas camisetas visten- y para compensar los hechos y las fechorías del enemigo, que el hincha interioriza con la lectura de panfletos repartidos gratuitamente y con eslóganes que recitan como auténticas oraciones, una y mil veces repetidos, antes de entrar al campo y en el campo. El ritual exige, en principio fuera del campo, quemar, aplastar, pisotear y arrastrar por el polvo las banderas y los símbolos del enemigo.

La farsa aparece en el intento de proyectar sobre el momento actual, antes, durante o después del partido las circunstancias de situaciones diferentes para deducir de ellas disculpas para ejercer la violencia contra todo lo que está al alcance de la mano. La destrucción, que ellos consideran creativa, es el modo de proceder de la vida líquida.

A veces, los hinchas revisten y disfrazan sus actuaciones de ajuste de cuentas entre nacionalismos de diferentes países o dentro del mismo (entre centralistas e independentistas: Barça versus Real Madrid). También la pueden revestir de revancha entre territorios y barrios de la misma ciudad, caso de los derbis.

La memoria del hincha es un archivo de todas las afrentas que ha sufrido su equipo. Parece que el poeta Heine estaba pensando en ellos cuando escribió: «Radicalmente por un mismo patrón cortados / tienen las cabezas como tabla rasa». No obstante, el hincha puede ser una personalidad contenedor; es decir, hoy es un hincha destructor y mañana, un voluntario entregado a nobles causas.

Quizá si no tuvieran ocasiones como las que les proporcionan los partidos de fútbol, buscarían otro modo de dar rienda suelta a su ira. La victoria o la derrota es una excusa para mostrar y dejar correr los radicalismos modernos de la ira colectiva. Ellos van al encuentro de liberaciones de energías de venganza, resentimientos y deseos de exterminio porque desdeñan las pequeñas fugas. «Las cosas hay que hacerlas a lo grande», me dijo uno de ellos.

Las fuerzas del orden deben prevenir y mantener el caos dentro de unos límites pero no deben cortar de raíz estos desmanes prohibiendo las concentraciones. Sería peor. Son fuerzas iconoclastas e irrespetuosas con todas las formas de cultura y de convivencia, fruto momentáneo de la euforia, del entusiasmo o de la decepción. Para el hincha, el otro y su mundo no merecen respeto sino que es sólo un estorbo que hay que eliminar y borrar de la faz de la tierra. La ira de los hinchas es un afecto destinado a mostrar y a impresionar desde el nivel de la expresividad animal.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor.

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