Hipatia, lecciones de un asesinato

El año 2015 transcurrió sin que se publicara casi nada – sobre Hipatia de Alejandría, a pesar de cumplirse _ los 1.600 años de su asesinato a manos de una pandilla de cristianos exaltados. Será porque se habló mucho de su vida y de su muerte cuando salió Ágora, la película de Amenábar, y porque se piensa que todo ha sido dicho en las reflexiones y los libros que acompañaron el filme. Pero no es así. Algunos personajes históricos tienen la propiedad de interpelarnos sobre los retos de hoy, por como vivieron y por como murieron. Hipatia es uno de ellos.

Sabemos, con bastante precisión, cuándo murió, cómo ocurrió y quién la mató. Lo sabemos por tres relatos coincidentes en lo esencial, a pesar de ser los de un pagano y dos cristianos. Fue en Alejandría, donde ella oteaba el universo y enseñaba filosofía, en marzo del 415. Murió desollada con cantos de cerámica y su cuerpo fue quemado en una de las iglesias levantadas sobre un antiguo templo pagano. (Una versión sostiene que sus miembros, descuartizados, fueron esparcidos por la ciudad para atemorizar a los que todavía sostenían las viejas creencias y enfervorizar a los extremistas de la nueva religión). ¿Quién la mató? No es justo decir que fueran «cristianos», sin más. Tampoco lo es atribuir su muerte a una turba espontánea, como algunos han pretendido.

Los asesinos eran una manada de parabolani, energúmenos de baja condición social y aún más baja catadura moral que la Iglesia utilizaba para tareas poco agradecidas y para repartir estopa contra quienes habían hecho la fama de Alejandría como ciudad irredenta. Eran cristianos, por supuesto, pero no basta con que lo fueran para explicar el homicidio. Lo relevante no era en qué dios creían, sino cómo utilizaron la nueva fe para legitimar su tropelía. Así fue y así sigue siendo hoy en día. Lean algunas biografías de yihadistas que han viajado a Siria para matar infieles y entenderán la referencia. Con las distancias que quieran.

¿Por qué la asesinaron? La respuesta habitual suele ser porque era una filósofa pagana cuyas enseñanzas obstaculizaban la hegemonía del cristianismo. Un crimen religioso. Cometido por quienes consideraban que para entender el mundo basta con las escrituras y que cualquier otra fuente de saber pone en cuestión la verdad revelada. Es la tesis de Ágora, donde la muerte de Hipatia es fruto del conflicto entre el pensamiento laico y los dogmas religiosos, que entonces eran los del cristianismo y hoy son los de las tres religiones monoteístas. ¿Estamos seguros de que fue así? ¿La mataron por ser una filósofa neoplatónica? Es cierto que su condición de matemática, astrónoma y filósofa constituía una afrenta para los paladines de la nueva religión totalizadora que se extendía por el Mediterráneo, pero atribuir el crimen a sus clases sobre Platón y Plotino empobrece las circunstancias de su muerte y soslaya la complejidad de sus ideas. La religión de sus asesinos no lo explica todo. Como no explica los crímenes que se cometen hoy en nombre del islam. Hipatia no murió solo porque fuera una venerada representante de la escuela alejandrina. Es cierto que la Iglesia estaba empeñada en erradicar los símbolos y las ideas del mundo helenístico, pero su muerte no fue ni el primero ni el último acto de este empeño purificador. De hecho, la filosofía neoplatónica siguió enseñándose en Alejandría durante todo el siglo V.

¿Por qué, entonces, este ensañamiento contra una mujer que no concebía la filosofía en oposición a la religión sino, al contrario, como una proceso de elevación espiritual, y que tenía entre sus alumnos a cristianos y judíos alejandrinos? ¿Por qué ella, si era la menos pagana de todos los paganos? En la Alejandría del 415 se podía ser filósofo neoplatónico y sobrevivir. Lo que no podía ser es que fuera todo esto siendo una mujer. Esto es lo que Cirilo, el Patriarca, no podía tolerar. No podía soportar que fuera la persona con más prestigio en la ciudad. Una mujer que enseñaba filosofía a los hombres, respetada por las élites, con una influencia que llegaba a Cirene, Constantinopla y Damasco. Una mujer independiente del poder y de su padre, del que no compartía todas las ideas. ¡Qué envidia para un hombre como Cirilo, controvertido, enfrentado a los cristianos que no comulgaban con su interpretación de las escrituras, odiado por los paganos, temido por los judíos!

Nadie ha podido concluir que el Patriarca diera la orden. Pero no hace falta. Cuando la acusó de brujería, la condenó a la hoguera, porque Alejandría ya no era lo que fue. La otrora ciudad cosmopolita había caído en el abismo del sectarismo. Y esta es otra enseñanza. La de cómo la más abierta de las sociedades puede ser presa de la irracionalidad cuando se pretende, desde el poder, que la discrepancia es herejía y que solo existe una verdad.

Andreu Claret, periodista

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