Hiperfeminidad perra

Desde luego, el espíritu de los tiempos se está emborrascando como para abrazar de nuevo el punk de hace 40 años, por la precariedad laboral, el asqueamiento político y el escalofrío ético de cada telediario. Tal vez por eso, porque aquellas aguas trajeron estos lodos, o por simple capricho del azar, coinciden en las librerías las memorias de dos iconos del movimiento 'underground', Patti Smith y Chrissie Hynde, la jefa de los Pretenders. Dos mujeres metidas en un fregado muy de machos.

Ninguna de las dos entra a fondo en la supuesta contradicción de ser rockera y mujer a un tiempo, pero sus escritos permiten intuir cómo debió de funcionar el asunto; la libertad siempre impone un precio. Las páginas de 'M Train' (Lumen), más literarias, reflejan a una Patti Smith a su aire que se infla de ver series detectivescas o que deambula por los cafés neoyorquinos en compañía de sus fantasmas: sus padres, su hermano Todd, su amigo el fotógrafo Mapplethorpe y su marido, Fred Sonic Smith. Una mujer sola en la madurez, pero abrazada a su compromiso con el arte.

La 'pretender' elige en 'A todo riesgo' (Malpaso) una voz más cañera. Desgrana su vida temeraria sin concederse una pizca de autocompasión, ni siquiera cuando, a los 21 años y ciega de pastillas, la viola una banda de moteros: «Asumo toda la responsabilidad -afirma-. No puedes hacer el gilipollas así con la gente, especialmente si llevan parches con lemas como 'Amo la violación' y 'Ponte de rodillas'». Una postura que recibió críticas feministas cuando el libro salió publicado en EEUU y Gran Bretaña porque redunda en el prejuicio de culpabilizar a la víctima.

Tampoco tiene pelos en la lengua Chrissie Hynde cuando habla de las relaciones sexuales en el ambiente: «No eran las mujeres quienes ejercían el control sobre sus cuerpos, sino la píldora». Eliminado el embarazo de la ecuación, dice, las chicas se estaban convirtiendo en juguetes sexuales, y a nadie parecía importarle.

En cualquier caso, no debieron de tenerlo fácil. Aunque el punk nació en los años 70 como un alarido contra los valores establecidos, mucho más canalla que el rock de los 60, el movimiento contracultural acabó convertido en un espacio de reivindicación para la clase obrera, sí, pero ocupado por hombres blancos a pesar de que se prometía más libre y democrático. Aunque las chicas estuvieron desde el principio, parece que la mirada androcéntrica solo se acuerde de los Clash, de los Ramones o de la rabia de los Sex Pistols contra el neoliberalismo de Margaret Thatcher.

Durante la década de los 90, surgió en EEUU el movimiento Riot Grrrl como revulsivo a la discriminación sexista en la escena alternativa, pero aquí, ¿qué ha sucedido aquí?, ¿se repiten las normas hegemónicas en el mundillo de la subversión cultural? En este sentido, resulta muy revelador el estudio realizado por la psicóloga social Nagore García (Bilbao, 1984) en el 2012 a través de las vivencias de siete mujeres vinculadas al punk, a bandas como Lluna Roja, Bulimia o Las Otras.

La investigadora, experta en cuestiones de género y también bajista de la banda Vértigo, admite en '(Des)armando la escena: narrativas de género y punk' que, en efecto, se reproducen patrones sexistas en la contracultura de forma más o menos solapada. Su trabajo habla, por ejemplo, de los moratones para evitar que la violencia masculina aparte a las chicas hacia los laterales y el fondo en los conciertos. O del sobreesfuerzo de las mujeres para demostrar que están en el ajo porque les gusta la música y no como meras 'groupies' para mantener relaciones sexuales. Una de las entrevistadas confiesa que un músico llegó a espetarle: «Vosotras, las tías, sois el cáncer de la escena». A veces, son las mismas chicas quienes despliegan una competitividad feroz contra la recién llegada al punk. Eh, tú, nena, no vamos a ponértelo fácil.

Aun así, la investigación de Nagore García detecta en el movimiento estrategias de reapropiación de la feminidad a través de actitudes muy sexualizadas; es decir, lo que habría servido para discriminar a la mujer, para relegarla al papel de puta -la minifalda, las medias de rejilla, los maquillajes extremos, la exhibición del cuerpo-, se asume pero utilizándolo en beneficio propio con el fin de obtener poder y autonomía. Es lo que la activista Itziar Ziga llama «hiperfeminidad perra».

La doctoranda también reivindica el movimiento como vía de escape, como espacio de «empoderamiento» femenino a través de la filosofía del Do It Yourself (DIY, hazlo tú mismo): en el punk no hace falta tener muchos recursos económicos ni conocimientos estratosféricos para dibujar, escribir, publicar o montar una banda; basta con ponerse manos a la obra. La contracultura, en suma, como un espacio donde hallar la identidad, un lugar donde, como confiesa la 'pretender' Chrissie Hynde, pasó de patito feo a cisne y pudo alzar el vuelo.

Olga Merino, periodista y escritora.

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