Hipótesis irreverente sobre Argelia

Teníamos un problema de inmigración ilegal en nuestra frontera sur, ahora tenemos dos. Teníamos un problema de encarecimiento de la energía, ahora tenemos además un problema potencial de abastecimiento. Teníamos un problema de irrelevancia en política exterior, ahora tenemos además un problema de inconsistencia y fiabilidad. Este es el resultado de la crisis con Marruecos primero y Argelia después. El daño autoinfligido a los intereses de España y al bienestar de los españoles es tan evidente que solo hay dos maneras de explicarlo. Acudir al ocultismo y los poderes conspiratorios o a la teoría de la estupidez de Cipolla.

El Gobierno y sus defensores quieren convencernos de que se trata de una magistral jugada de ajedrez, cuyo jaque mate final aún no puede ser desvelado a los mortales ciudadanos que, además, no lo entenderían.

Un nuevo ‘acontecimiento histórico en el planeta’, como en aquellos tiempos del presidente Zapatero. Sánchez y Biden paseando juntos por los jardines de La Moncloa y arreglando el mundo de la mano de la OTAN. Acercarnos a Marruecos, el aliado americano en el Magreb, a costa de abandonar a los saharauis y enfrentarse a Argelia es poco precio por una foto histórica. Total, los saharauis son un legado colonial, un invento franquista, y Argelia es el amigo de Rusia.

Algunos analistas, menos partidarios del régimen sanchista, aluden oscuras conspiraciones y secretos chantajes para intentar explicar este despropósito. El mundo de los servicios de información y las escuchas telefónicas siempre hace buena lectura de verano. Tesis que tiene la ventaja de que es técnicamente irrefutable, en el sentido duro de Thomas Kuhn, pues no habrá evidencia empírica suficiente que permita convencer a los creyentes en poder de la oscuridad.

Pero hay una explicación mucho más sencilla y perfectamente consistente con la historia de esta presidencia: la pura incompetencia. Porque como afirma Carlo María Cipolla en su teoría de la estupidez, «el mundo siempre infravalora el número de estúpidos en circulación». Recordemos que para el sardónico profesor italiano de Berkeley, un estúpido es una persona que ocasiona pérdidas a otras «sin que él se lleve nada o incluso salga perdiendo». Y eso es exactamente lo que ha pasado aquí. España y los españoles estamos hoy peor que antes de que una ministra fugaz decidiera acoger a Brahim Gali para ser tratado en la sanidad española; de que otro ministro, tal vez también efímero, cumpla órdenes y escenifique la entrega del Sahara, de que un expresidente y un exministro de Exteriores corran solícitos y obedientes a Marruecos y ofendan aún más a Argelia. Porque la reacción de todos los agentes de esta historia era perfectamente previsible. Marruecos y Argelia no han cambiado un ápice de posición. Ni siquiera han usado en esta crisis instrumentos políticos, comerciales o migratorios nuevos o especialmente originales. Es España, es el presidente Sánchez, el que ha cambiado cada semana, el que ha conseguido que todos desconfíen de él y el que ha creado un grave problema donde antes había una prioridad de política exterior, «sin que él se lleve nada o incluso salga perdiendo».

La debilidad de la posición española ha quedado de manifiesto cuando el Ejecutivo ha tenido que acudir presuroso a pedir la ayuda europea ante el bloqueo argelino. ¿Pero no éramos una isla energética? Un Gobierno progresista e inclusivo acudiendo al primo de Zumosol para resolver un conflicto internacional de autoría propia y exclusiva. Pero el primo no es gratis, el capital político no es infinito. Habrá que devolver el favor y pagar la factura. Precisamente ahora que las prioridades europeas se centraban en combatir los efectos humanos y económicos de la invasión de Ucrania, el Gobierno español le crea un problema a Europa en su flanco sur, una frontera siempre explosiva por la desigualdad de renta y por la demografía. Un problema que otros socios europeos se han apresurado a convertir en su beneficio. Italia ha aprovechado para garantizarse el suministro, amenazado por su dependencia de del gas ruso y va a triplicar la capacidad de su gasoducto con Argelia. ¡Si por lo menos en esta Europa de los mercaderes les hubiéramos cobrado el traspaso!

En el mejor de los casos, esta innecesaria guerra comercial encarecerá la factura energética española y alargará el período de insoportable inflación. La suspensión inmediata del Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación pone en peligro el 30 por ciento del consumo total de gas en España. Argelia era tradicionalmente el principal suministrador de gas a España, solo recientemente superado por Estados Unidos. Y el más barato, pues el gasoducto ahorra costes de licuación, fletes y regasificación que encarecen la factura de los demás proveedores. Solo estos costes anularán el presunto efecto benéfico para los consumidores del tope al precio del gas que tanto ha peleado el Gobierno en Bruselas y del que tanto rédito electoral esperaba obtener.

Pero nunca minusvaloremos la estupidez. Puede haber problemas de suministro si el invierno es frío. Mas aún si Europa finalmente hace efectivo el boicot al gas ruso y el mercado energético mundial da señales de escasez por la incapacidad de los productores para aumentar la oferta a corto plazo, y la posible congestión de metaneros y plantas de regasificación. Sería una curiosa paradoja que acabemos recurriendo al carbón, porque en su miopía ideológica el Gobierno mantenga sus planes de cierre de las nucleares. Argelia ha suspendido indefinidamente todo pago a empresas españolas, incluso de contratos ya cumplidos, y son muchas las que operan en ese país. España se enfrenta a la posible pérdida de casi 3.000 millones de euros, que es el valor de las exportaciones totales a ese país. Cierto, la balanza comercial con Marruecos es casi cuatro veces mayor, el país magrebí es nuestro principal socio comercial en África, pero ¿qué necesidad había de cambiar el ‘statu quo’ anterior?, ¿por qué habríamos de enfrentarnos con uno de los dos y poner en peligro cincuenta años de frágil equilibrio de la política exterior de la democracia española?

Cuando el mundo se enfrenta a una crisis de materias primas y la inflación galopa sin descanso. Cuando la Comisión Europea se juega credibilidad y futuro en el frente ucraniano. Cuando los costes de la descarbonización se están haciendo difícilmente soportables y hay necesidad de repensar ritmos e instrumentos. Cuando el Banco Central Europeo ha iniciado el camino de la normalización de los tipos de interés tratando de evitar la fragmentación financiera y la reaparición de problemas con la deuda soberana. Cuando el Gobierno español debería trabajar en afianzar la recuperación económica y en evitar que la inflación se vuelva a convertir en endémica. En esas condiciones, solo un técnicamente estúpido, Cipolla ‘dixit’, crearía un problema adicional, alimentaría un riesgo idiosincrático, singularizaría España y la convertiría en un problema europeo. A cambio de nada.

Fernando Fernández Méndez de Andés es profesor del IE University.

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