‘Hiprogresía’ para una crisis

Por Pío García-Escudero, portavoz del Partido Popular en el Senado (EL MUNDO, 27/10/08):

Confirmado: Aristóteles se equivocó al afirmar aquello tan tajante de que «no se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto». ¡Qué antiguo suena eso! No obstante, su error es disculpable porque no tuvo, como nosotros, la inmensa dicha de convivir con el PSOE más intelectualmente perfeccionado de su historia, ese que tan bien encarna y lidera José Luis Rodríguez Zapatero.

Gracias a él, el principio de contradicción ya es cosa del pasado, un trasto viejo que hay que arrinconar en el desván de la Historia para hacerle sitio al motor alternativo del pensamiento avanzado: el principio de autoridad progresista, concepto irrebatible que sustenta por sí solo todo el discurso político del presidente del Gobierno y que vale tanto -ayer- para los rotos de su fallida negociación política con ETA o el desbarajuste de su política autonómica, como -hoy- para el descosido de la crisis económica que estamos padeciendo.

Aunque sus consecuencias sean prácticamente incalculables, la formulación de este principio no puede ser más simple: «Cualquier enunciado es verdadero si y sólo si puede ser calificado como progresista». ¿Y quién ostenta en España el derecho exclusivo de calificación? Naturalmente, el Partido Socialista y su líder máximo, a la sazón presidente del Gobierno.

Vayamos con un ejemplo de absoluta actualidad. Hace más de un año que diversos organismos internacionales, multitud de expertos y, sobre todo, un aluvión de indicadores estadísticos, nos alertaron de la llegada de una profunda crisis económica. En aplicación del principio de autoridad progresista, todos, sin embargo, cometían un craso error, puesto que Zapatero, con su infinita sabiduría, juzgó que tales avisos debían despreciarse por ser «catastrofistas», «antipatrióticos» y por contrariar su feliz lema de que la economía española jugaba «en la Champions League»; en definitiva, no podían obtener el marchamo de juicios progresistas y, por tanto, eran falsos.

Así fue hasta hace escasas fechas. ¿Y ahora? Ahora que la crisis ya no son meros indicios, sino palpables realidades en forma de hundimiento del sector de la construcción, parálisis en la actividad industrial y en los servicios, convulsiones en el sistema financiero, cierre del crédito, quiebra de empresas grandes, medianas y pequeñas, aumento vertiginoso del paro y crecimiento del efecto pobreza en las familias españolas, ahora, ¡eureka!, Zapatero decide que ya es progresista hablar de crisis y, por tanto, le ha concedido carta de naturaleza: o sea que ya es oficial, hay crisis.

¿Mentía entonces Zapatero cuando, hasta casi ayer mismo, negaba que hubiera crisis? Ni por asomo: emitía un enunciado progresista y, por tanto, incuestionablemente verdadero. ¿Se equivocaba, cuando menos? Tampoco, porque en acto de servicio progresista no cabe el error. Además, por abrumadoras que puedan ser las evidencias en contra, Zapatero siempre tiene recursos para desmontarlas con su irrebatible arsenal dialéctico. Puede decirnos que nos encontramos frente a conceptos «discutibles» (como el de nación) u «opinables» (como el de crisis económica, así en una entrevista publicada en junio de este año cuando afirmó también que «conceptos como recesión, desaceleración o crisis pertenecen más bien al ámbito académico»). Puede asimismo echarle la culpa a factores imprevistos, externos y, por supuesto, ajenos a su responsabilidad (las subprime, los neocons, el capitalismo salvaje y, como corolario, Bush, siempre Bush, ¡cuánto lo va a echar de menos Zapatero!); o, como mucho, puede admitir que ha habido algún error de percepción, aunque, por supuesto, los cometidos por el PSOE siempre son menores que los de sus adversarios políticos, faltaría más.

Así que no hay contradicción alguna: para Zapatero y sólo para Zapatero es perfectamente válido afirmar hoy que no hay crisis y mañana, sin mudar de aspecto, sostener que sí la hay. Ambas afirmaciones son igualmente ciertas y que reviente Aristóteles.

De igual modo, no puede decirse que el presidente mintiera o se equivocara cuando, por ejemplo, en sus carteles electorales o en los debates televisivos con Rajoy, prometió a los españoles el pleno empleo para esta misma legislatura; no, aunque él ya, sin duda, conociera que el paro había aumentado en más de 53.000 personas en febrero de este año -dato que se publicó a las pocas horas del segundo debate-, y que después ha ido creciendo hasta los 600.000 nuevos parados, cifra actual que, desgraciadamente, seguirá incrementándose en los próximos meses.

Como tampoco, por lo visto, se le puede acusar al presidente del Gobierno de mentir cuando afirma que está bajando los impuestos pese a que en 2007 la presión fiscal haya crecido en España seis veces más que en la OCDE. O de tomarnos el pelo cuando presume de ser el gran defensor de la sanidad pública mientras les recorta a las comunidades autónomas 3.000 millones de euros indispensables para su financiación. O de engañar a todo el mundo cuando impulsó una Ley de dependencia que luego no puede aplicarse porque no le dedica suficiente esfuerzo presupuestario. O de rizar todos los rizos posibles al seguir presumiendo de ser prácticamente el inventor de las políticas sociales, pese a estar en camino de batir todos los récords de velocidad en destrucción de empleo. No, un campeón del progresismo como es Zapatero nunca miente ni engaña.

En estricta aplicación de este revolucionario principio de autoridad, Zapatero se considera inmune a todo intento de crítica. Más aún, si un socialista no puede equivocarse, resulta entonces que todo acto de oposición no es más que una intolerable deslealtad y que cualquier denuncia de las (im)posibles mentiras o equivocaciones del Gobierno sólo puede ser consecuencia de la mala fe, del resentimiento o de una visión pesimista de la vida. Sencillamente, la oposición no tiene derecho a hacer oposición. Sólo le cabe la adhesión total, sin peros y sin condiciones, a las decisiones del Gobierno, con independencia de cuáles sean, por la sencilla razón de que éste se encuentra investido de la indiscutible legitimidad de ser socialista y, por tanto, progresista pata negra.

De no allanarse, la oposición merece ser deslegitimada, ridiculizada y condenada a vagar por las tinieblas exteriores. Tal es la idea que nos vendió Zapatero en la pasada legislatura con ocasión de su negociación política con ETA, de la que mejor es no acordarse, y que ahora quiere volver a colarnos con la excusa de la crisis económica.

¿Hay o no hay motivos para calificar como hipócrita este modo de entender y hacer política? Sin duda, pero el calificativo se antoja corto. Como todos los grandes Tartufos que en el mundo han sido, Zapatero no sólo milita activamente en la hipocresía, sino que no tiene el menor reparo en aplicar ese mismo calificativo a todos cuantos le critican. Incluso, como sucedió hace pocos días en el Senado, es capaz de lanzarlo contra el Partido Popular apenas una hora antes de sentarse con Mariano Rajoy en busca, se supone, de acuerdos. Y es que lo de Zapatero es especial, tanto incluso como para justificar la acuñación de un neologismo en su honor. Lo suyo es hiprogresía.

Es una verdadera lástima que, al igual que sucede con el pesimismo, tampoco la hiprogresía sirva para crear puestos de trabajo. De ser así, Zapatero estaría en disposición de cumplir en breve su promesa de pleno empleo.