Hispania fue y volvería a ser

En mi niñez, las familias ilustradas consideraban imprescindible una formación musical complementaria. De chavales, afincados en Neguri, nos musicaron culturalmente en el conservatorio y popularmente con los Bocheros (Bocho): así aprendimos a fundir las voces –éramos seis, pero sólo cantábamos los tres mayores– en dúo para hacerlas sonar como una, salvo cuando el tenor vibraba en su jota: «Las golondrinas cantaaaban, a las orillas del Aaaarga (bis), y en sus trinos repetíaaan, qué hermooosa tieeerra es mi Navarraaaa». Oíamos al ochote, ocho voces empastadas sin más instrumento que la garganta: ahí es nada cuando se entregaban en el «Boga boga mariñelá…».

Veíamos con entusiasmo las regatas de traineras; Orio, color de oro; oíamos sus paladas remeras al unísono, el patrón, de pie en popa marcando el ritmo, la proa aguda en cabeza; riau, riau, riau… El son, a compás, un bailable en su emoción, sudor y contrapunto de ciaboga; todo a su tiempo en el Norte.

En el colegio nos convencían de que, como chicarrones, éramos la almendra y semilla del resto de España. Desde nuestros verdes prados nos asomábamos, arrogantes, a los sobrios ocres castellanos, pero, claro, al atravesar Despeñaperros nos dábamos con Andalucía; éxtasis. Temblorosos, llegábamos a Sevilla, «La Feria»; seguíamos el camino que nos guiaba hacia los humedales de Doñana. Las aves de La Fe volaban hacia El Rocío y cantaban sus glorias a La Blanca Paloma, en el Sur.

Más tarde, convivimos largos años nacionalmente con un equipo de fútbol que nunca llegaba a ser; de vez en cuando un gol de Zarra, eso era todo. Y, por fin, sorpresa, un once: once individuos coordinados. Algunos, no todos, ya adiestrados en la Masía del Barça; sin ídolos (tanto el portugués como el argentino respondían en exclusiva a sus correspondientes selecciones nacionales), pero, eso sí, un solo entrenador con voz y gestos sobrios, pausado, sensato y experimentado (la autoridad). Gran éxito inesperado; aplausos de los de toda la vida a una armonía insólita, aunque de origen milenario, bien dirigida.

En el bachillerato elemental nos habían trazado un indiscutido hilo histórico que había apuntado, constante, hacia la integración territorial.

La Prehispania tribal sectorizada por Roma se puso de acuerdo por primera vez tras el III Concilio de Toledo (589). Recaredo, rey de la Hispania visigótica, hizo profesión de fe católica y anatematizó a Arrio. Godos y suevos, al convertirse, unificaron la Península.

Pero setecientos años de invasión islámica habían hecho retroceder a los nuevos reinos, que no cejarían hasta recuperar la unidad geográfica venciendo en Las Navas de Tolosa (1212) a quienes, si triunfadores, habrían ido a por Europa.

Hasta finales del XVIII, España consolida la convivencia (la más veterana de Europa) que tanto le había costado. Así fue apareciendo, lentamente, el concepto Patria corporeizado en las gentes que la sentían. Pena grande fue que no volviéramos a ser, más que durante sesenta años (F. II, F. III, F. IV), Hispania, Portugal hermana incluida.

La Revolución Francesa, personalizada en Napoleón, interrumpe nuestro proceso. El emperador quiere agrandar su imperio llevándolo hasta el Ebro. Incluso propone cambiar la Marca Hispánica por Portugal. ¡Tendrá cara! Fuenterrabía y Gerona dejan heroica constancia de su hispanidad.

Quedaba claro que la pluralidad de nuestros orígenes y acentos sólo alcanzaba la sinfonía si existía un concierto. Concierto que, por conocido y gozado (euforia deportiva), añoramos. ¿Seguiremos a la espera?

Pero la herencia del Felón enfrenta a las corrientes extremas desde el invento posnapoleónico: aparecen las dos Españas donde sólo hubo una.

Las distancias entre ellas se agudizan por la sobreabundancia de periodistas que no se contentan con escribir, sino que, además, quieren ser vistos y oídos sin dedicar tiempo suficiente a la reflexión. Unos cuentan lo que han leído, critican inmisericordes materias sacras y, por lo general, no siguen un hilo conductor hacia un objetivo; les basta con herir desde su resentimiento. Otros defienden y propugnan el tracto histórico.

A muchos les gusta abusar de una terminología traducida que importan sin entenderla bastardeando nuestro idioma. No hay monólogo en que no se repitan latiguillos tales como «evidentemente, en primer lugar…».

La cosa irrita aún más cuando quien dirige los coloquios carece de autoridad para ordenarlos: voces estridentes interrumpen exposiciones sin respeto; hay quienes, por no escuchar, siguen hablando, sordos/as, cuando el turno se les ha agotado.

El asunto se templa si la voz rectora sabe de qué va, si tiene edad o talento suficiente –Curri Valenzuela, Isabel Suárez–. Pero lo más grave aparece cuando los protagonistas sienten ojeriza hacia alguno de sus interlocutores. Sus caras lo cuentan todo porque responden a «las que ponen», no a las que de verdad tienen. Tienden a ir de «modelnos» en los despeinados, en los dichos. Las mujeres, más discretas en sus apariencias, pero chirriantes, algunas, en sus intervenciones, necesitan de un control de altura.

Entre los que saben gobernar, aunque no lleguen a Del Bosque, destacan: Jiménez Losantos, culto, de altísimo talento verbal e histriónico, que gana adeptos a pesar de sus desmesuras tanto en el insulto cuanto en el elogio (nada parece respetable); y J. Manuel de Prada, que, amplio en sus saberes y presencia física, ocupa un espacio singular, como creador indiscutido. Convoca a cuatro expertos en cada una de las materias a comentar y consigue, al darles ordenadamente la palabra, un clima constructivo y, en ocasiones, subyugante. En sus tertulias hay siempre tres sabios, al menos, que, virtuosos de la palabra, iluminan el coloquio. Claro que, con rara insistencia, convoca como cuarto a algún vetusto fanático que disfruta de sus monólogos destructivos y egolátricos; o a quien va de elegante, presume de extensa clientela y acursila el entorno.

También son frecuentes los catedráticos instruidos en la filosofía jesuítica: su ortodoxia transmite claridad, transparencia y entendimiento; quienes les discuten quedan a menudo fuera de juego, descalificación que el litigante no asume. El televidente parcial, mi caso, disfruta.

Nada que ver con las disidencias entre los tertulianos políticos que se embarullan en sus impunes ignorancias para menospreciar la historia que me enseñaron. Los hay que restan, pero también los que suman.

Tres son los temas fundamentales que Prada ha recuperado para su auditorio, según mi opinión: España, la religión católica (sin actitudes vergonzantes) y los valores históricos, literarios y cinematográficos, cultos, aflorados en el periodo posterior a la Guerra Civil. No porque lucieran en período dictatorial debían ser enterrados. Gentes coetáneas juzgan, con criterio, escritos, artes y arquitecturas, largo tiempo ocultos. Hoy, tras más de cien programas, reaparece así una réplica para los «neodemócratas» que sólo han sabido apuntarse a lo que ni les corresponde ni honestamente comprenden.

Del encuentro educado y culto entre opiniones diversas puede emanar alguna luz (realmente democrática). Del pluralismo étnico de nuestros orígenes, de la variedad de nuestros paisajes, ciudades y acentos podría surgir un compendio ordenado que conectara con aquel guión amable que escuchamos de niños para sentirnos dignos y respetables.

Hispania podría cumplir un sueño: ser UNA (F. VI).

Por Miguel de Oriol e Ybarra, doctor arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes.

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