Hispanidad con futuro

Todas las palabras tienen una historia que normalmente es una viñeta en la Historia, solemnemente escrita con mayúsculas para darle empaque y solemnidad y, por qué no decirlo, para darnos importancia a nosotros mismos, porque la vanidad humana, insaciable y voraz, gusta más de tener Historia que de tener historia. Nuestra palabra también tiene h y derecho a la mayúscula.

Después de largo tiempo de desuso, Hispanidad empezó a emplearse de nuevo a partir de 1926, y convivió con la denominación de Día de la Raza para designar el Día de la Fiesta Nacional al menos desde 1918 por decreto de D. Antonio Maura. Poco a poco fue sustituyendo a la anterior, especialmente después de la II Guerra Mundial, conforme la palabra raza se fue cargando de connotaciones negativas de resultas del uso que de ella había hecho el nazismo. De manera que en el hábitat de habla española se dejó de utilizar la palabra raza, a pesar de que en nuestro mundo este término no ha sido el fetiche maligno que ha conducido a campos de concentración, sino a un desarrollo exponencial de la variedad genética humana porque, como explica Angel Rosenblat en Nuestra lengua en ambos mundos, este idioma nuestro se expande “por la vía amorosa”.

En 1700 el Imperio Hispanoamericano tiene más de ocho millones de habitantes, censados en su mayoría. Y se censa a todo el mundo: nativos, mestizos y peninsulares. Las colonias británicas apenas superan los 200.000 habitantes. Cualquier intento de forzar paralelismos es una burda falsificación. La variedad de vocabulario que nace para definir tanto mestizaje es espectacular. Afirma Hugh Thomas: “El mestizaje fue la mayor obra de arte lograda por los españoles en el Nuevo Mundo, una mezcla de lo europeo y lo indio. A aquellos que piensen que se trata de una afirmación obvia, les pediría que consideren cuán raro fue este estado de cosas entre los anglosajones y los indios de Norteamérica”.

Ese mundo rico, próspero y variado llegó a su fin. Y todas las partes de ese imperio abandonaron la primera división de la Historia para pasar a formar parte del furgón de cola y ser lo que nunca habían sido: el personal de servicio del blanco protestante. Como primer logro de aquella libertad tan ansiada, México pierde el 52% de su territorio y comienza la historia eterna de la deuda. Los que vivieron toda su vida bajo el amparo del real de a ocho, el spanish dollar, sin duda pensaron que aquella moneda secularmente estable cuyo valor era reconocido en todo el planeta era un producto de la naturaleza. Hasta entonces los virreynatos no tenía deudas. Qué extraordinaria inocencia creer que todo iba a seguir igual e incluso mejor sin el paraguas protector de aquella formidable maquinaria imperial. Vaya por delante que no estoy diciendo que a ellos les ha ido mal sin nosotros. Porque es igualmente cierto que a nosotros nos ha ido mal sin ellos. Lo que digo es que a nosotros nos ha ido mal sin nosotros o, dicho en otros términos, que ellos y nosotros hemos estado fatal administrando los pronombres.

Tras el derrumbe, la España peninsular se ve arrastrada por guerras civiles en cadena y las tendencias disgregadoras son tan fuertes que el país se ve una y otra vez al borde de la desintegración. Y aquí estamos. Nada nuevo bajo el sol. No tiene nada de particular que las angustias que se viven a un lado del Atlántico tengan su reflejo en la otra orilla. A fin de cuentas, España no era dueña de aquel imperio, sino una parte de él y, en consecuencia, comparte su destino. En las angustias bolivarianas del chavismo, Felipe González cruzó el charco para defender a los demócratas de los profetas de la pobreza y la violencia. El domingo 8 de octubre vimos al peruano Mario Vargas Llosa, un príncipe de la Hispanidad, defendiendo la democracia y la unidad constitucional de España frente a otros profetas de lo mismo. Tiene su lógica, porque ni el uno ni el otro iban al extranjero y los dos iban a lo mismo. En todas las casas hay garbanzos negros, la pregunta es por qué motivo los dejamos crecer y desarrollarse hasta que se convierten en una amenaza para todos, incluidos ellos mismos.

Conforme los países de la Hispanidad se van hundiendo un poco más cada década y se busca al culpable de tan clamoroso fracaso, una palabra vendrá a convertirse en el conjuro que explique todos los males pasados, presentes y futuros, para siempre jamás: España. Los protagonistas del hundimiento económico no tienen que preguntarse qué han hecho mal ellos mismos. Echan la vista atrás y señalan a España y todo queda explicado. Es el bálsamo de Fierabrás. Por más que resulte evidente que el derrumbe económico se produjo cuando España ya no estaba y que mientras estuvo en pie el Viejo Imperio, la gente que vivía en él no iba a limpiar váteres a Nueva York.

La versión de la historia que se estudia en México es que, digamos, México estaba ahí, como realidad preexistente y llegan los españoles que lo destrozan todo, masacran maravillosas culturas indígenas, esclavizan a los nativos, roban el oro y la plata (el cuadro habitual de la Leyenda Negra) hasta que, por fin, los mexicanos consiguen echarlos y recuperar la libertad. Vuelvo a México porque la Nueva España fue en verdad el corazón de aquel imperio al menos desde mediados del siglo XVII. El 80% de la población mexicana es mestiza. Tiene en mayor o menor medida sangre española y sangre india. Y habla español y otras lenguas. El español siempre ha convivido con otras lenguas. ¿Cómo va el mexicano o el colombiano o el paraguayo a sacarse de las venas la sangre que tiene y a arrancarse de la boca la lengua que habla sin destrozarse a sí mismo? Pero lo hacen. Ellos allí y nosotros aquí. El paisaje habitual es pasar por encima de más de tres siglos de historia virreinal como si hubiera sido un lapsus, por demás, lamentable.

No es posible afianzarse firmemente en el presente sin confianza, sin autoestima, sin aprecio de lo propio. El autoodio, el rechazo de nuestro mundo, de nuestro pasado es una trampa que traba a todas las naciones hispanas produciendo problemas que se manifiestan de muchas formas -los nuestros ahora están a la vista de todo el mundo-, las cuales pueden resumirse en que el pasado puede ser siempre utilizado para destrozar el presente. Esta historia negra que otros escribieron en su provecho y nos hemos creído es alimento de toda clase de tendencias disgregadoras que generan Estados débiles o fallidos, que no pueden hacer frente a mafias, guerrillas, populismos, narcotráfico, nacionalismos, indigenismos liberadores de un imperio que ya no existe, etcétera… Resumiendo: Estados incapaces de imponerse a señores feudales que rechazan someterse al imperio de la Ley, con mayúsculas.

Cinco siglos de historia son muchos siglos y muchas puntadas. ‘Hispanidad’ es el nombre de una cultura inmensa, proteica, de una diversidad inverosímil e impredecible en su maravillosa unidad. El idioma, nuestro buque insignia, se mantiene firme y en expansión. Falta que seamos capaces de estabilizar políticamente los territorios, creando Estados fuertes que defiendan a la mayoría de los aventureros irresponsables. Quizás algún día consigamos desterrar ese relato dañino de nosotros mismos más allá de las fronteras, hacia donde vino, porque nos destroza por dentro y nos obliga a reconstruirnos una y otra vez. ‘España’ fue el nombre de un imperio del que sólo sobrevive con holgura la ‘leyenda negra’ que se generó contra él. Negar la existencia de esa leyenda negra es como negar la existencia de ese imperio, madre que fue de muchas naciones; también de la nuestra. Y perjudica por igual a todas ellas. Posiblemente no habrá renacimiento para las naciones hispanas, y ahí incluyo la España de hoy, hasta que hagamos, a un lado y otro del Atlántico, lo que hizo Europa con Roma en el siglo XV: abrazarse al imperio que nos engendró, proclamar con orgullo ese origen y aprender de él. Aprender.

María Elvira Roca Barea es autora de Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español (Siruela, 2016).

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