Hispanidad y libertad

La nación española conmemora y celebra estos días el segundo centenario de nuestra primera Constitución liberal, «la Pepa». Apelativo cariñoso, producto del vivo ingenio gaditano, con el que, en realidad, se intentaba aguarle la fiesta de su onomástica al rey intruso José. Fecha que, además, coincidía con el aniversario de la exaltación al trono del Rey ausente, el deseado Fernando VII.

El 19 de marzo era la principal festividad del calendario político de la España bonapartista, junto con el cumpleaños del emperador, que curiosamente coincidía con la Asunción, el 15 de agosto. Fiesta, además, de San Napoleón, que el propio Bonaparte había logrado colocar en el santoral para ese día.

También se celebraba bastante en aquella España afrancesada el aniversario de la coronación imperial, el 2 de diciembre, aunque la fiesta grande para nuestros afrancesados fue el nacimiento del rey de Roma, heredero del emperador, el 20 de marzo de 1811. Casi exactamente un año antes de nuestra Constitución.

Fastos tan vistosos como onerosos, celebrados a pesar del expediente de sabor ilustrado, instruido por la administración bonapartista, sobre reducción de fiestas en España y traslación de fiestas a los domingos, de 23 de diciembre de 1809.

Madrid y Cádiz, en nuestra particular e hispánica «historia de dos ciudades», celebraron aquel 19 de marzo de 1812 sus respectivos festejos, descritos respectivamente en La Gaceta de Madrid y en la de la Regencia de las Españas. La primera nos relata lo acontecido en la corte: «Las salvas de artillería anunciaron ayer a los habitantes de esta capital los días del Rey nuestro Señor; y con tan plausible motivo se vistió la corte de gala con uniforme. Por la mañana S. M. se dignó recibir corte general, en la que tuvieron la honra de cumplimentar a los ministros, los grandes oficiales de la casa real, el cuerpo diplomático, los consejeros de Estado Por la noche se dignó S. M. tener en las salas de su Real Palacio recibimiento general de las personas de ambos sexos convocadas este año El baile de máscaras, que hubo anoche en el teatro de los Caños del Peral, fue tan lucido como numeroso; y así en esta reunión, como en todas las demás a que dio ocasión la celebridad del día, se notó con satisfacción el mayor orden y la franca alegría».

Sin embargo, Cádiz superará siempre a Madrid y al resto de las ciudades del mundo en la memoria de aquel día. A las nueve de la mañana, reunidos los diputados, escucharon la siguiente fórmula: «¿Juráis guardar la constitución política de la monarquía española que estas Cortes generales y extraordinarias han decretado y sancionado?». Los diputados se acercaron por su orden, de derecha a izquierda y de dos en dos, a la mesa del presidente, que juró el primero, y a su imitación juraron los demás, poniendo la mano sobre los santos evangelios y diciendo: «Sí juro». Concluido lo cual dijo en alta voz el secretario: «Si así lo hiciereis, Dios os lo premie; y si no, os lo demande».

A las diez de la mañana juró la regencia del reino «defender y conservar la religión católica apostólica romana, sin permitir otra alguna en España; guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes de la monarquía; no enajenar, ceder ni desmembrar parte alguna del reino; no exigir jamás cantidad alguna de frutos, dinero ni otra causa fuera de lo decretado de las Cortes; no tomar jamás a nadie su propiedad; respetar la libertad política de la Nación y la personal de cada individuo; ser fieles al rey, observar las condiciones impuestas por las Cortes para el ejercicio de la autoridad real, y cuando cese la imposibilidad del rey, entregarle el gobierno del reino».

En su discurso posterior, el presidente de las Cortes y diputado por Teruel Vicente Pascual Esteban se refirió precisamente a estos días en que se habían roto las «cadenas de la esclavitud y concurrir además en el presente aniversario de la exaltación al trono de nuestro adorado rey Sr. Fernando VII».

En aquel día de tantas celebraciones, la Constitución de Cádiz consagró a la nación española como sujeto soberano. Lo que por sí solo hace que esta efeméride sea digna de nuestro recuerdo colectivo. No solo por el propio texto constitucional, sino como reconocimiento al conjunto de la obra de las Cortes, que es la partida de nacimiento de la España liberal. Los principios de la Ilustración habían cuajado ya lo suficiente como para que se pudiera plantear la superación del Antiguo Régimen. Del culto a la razón se había llegado como corolario al enaltecimiento del individuo y de sus derechos civiles.

En torno a 1776, año de la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, en España sucedían más cosas que la construcción de la Puerta de Alcalá y entre sus élites ya se gestaban tensiones de naturaleza política que, en gran medida, marcarían el debate posterior.

Es innegable la influencia de los ejemplos revolucionarios norteamericano y francés sobre la Constitución de Cádiz, pero también hubo otras influencias autóctonas. De la misma forma que siempre estuvo presente el estatuto de Bayona a la hora de su redacción. Además, como casi siempre, nuestra ley gaditana no fue tanto el resultado de acontecimientos como de procesos históricos, o tal vez mejor, la culminación de estos.

De esta forma, en el proceso constituyente se anticipó la progresiva liquidación del Antiguo Régimen y el consiguiente avance del liberalismo. Valgan como ejemplos la libertad de imprenta, la abolición de la tortura y del régimen señorial, cuyos decretos respectivos se promulgaron entre el 10 de noviembre de 1810 y el 6 de agosto de 1811, antes que la propia Constitución.

Estos hitos marcan el sendero liberal de Cádiz hacia la Constitución doceañista, que llevará a consagrar principios como los de soberanía nacional, división de poderes, inviolabilidad de los diputados, unidad de códigos, reconocimiento del principio de inamovilidad y responsabilidad de los jueces, reconocimiento de derechos a los españoles y la existencia de un Parlamento unicameral elegido mediante sufragio censitario indirecto.

La de Cádiz fue, puede afirmarse, la más liberal de las constituciones que tuvieron vigencia en la España decimonónica, por más que ni la libertad religiosa ni la de la Iglesia hallaran todavía acomodo.

Recordemos también en estas fechas a los constituyentes de «ambos hemisferios» que la redactaron, y muy particularmente a los numerosos diputados americanos, que como hoy nuestro último premio Nobel, marqués de Vargas Llosa, creyeron en la libertad y en que España y América, con Cádiz como puente, son el anverso y el reverso de realidades esenciales, tales como la historia, la lengua y la cultura. Con dos fechas en común, el 12 de octubre para la Hispanidad y el 19 de marzo para la libertad.

Por Juan Carlos Domínguez Nafría, rector de la Universidad CEU San Pablo.

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