Histeria

Estrasburgo, mediados de julio de 1518. Una mujer se detiene en mitad de la calle y comienza a bailar. El calor no impide que su danza se prolongue durante un día, y otro, y otro… La gente sale de sus casas para verla bailar sin parar como si estuviera poseída. Una semana después la acompañan en el baile más de treinta personas. Y al cabo de un mes son casi medio millar las que danzan por toda la ciudad sin razón alguna. Lo malo de esta epidemia de baile era que cada día caían unas quince víctimas mortales, extenuadas, por ataques al corazón e infartos cerebrales. Nunca se supo por qué empezaron a bailar ni tampoco por qué no podían dejar de hacerlo.

A lo largo de la Historia se han producido otros casos similares. En la Nochebuena de 1021, en un pequeño pueblo de Sajonia se extendió entre sus habitantes una epidemia parecida. Y en 1247 más de doscientas personas murieron ahogadas al hundirse el puente sobre el que bailaban desde hacía tres semanas guiadas por una psicosis colectiva. Sucedió en Maastricht, Países Bajos.

HisteriaEn 1692, en el pueblo norteamericano de Salem, varias jóvenes sufrieron virulentos espasmos y convulsiones de origen desconocido, que las autoridades atribuyeron a una maldición con la que había que acabar para que no se expandiera. Murieron quemadas en la hoguera acusadas de brujería.

Más recientemente, en 1938, en la localidad inglesa de Halifax se extendió la alerta de una cadena de asaltos callejeros a mujeres por parte de un hombre cuyos rasgos físicos eran descritos con detalle y que, según las víctimas, portaba un mazo y calzaba zapatos con brillantes hebillas. El terror cundió entre la población, los comercios cerraron, las calles quedaron desiertas y pandillas de vigilantes espontáneos apaleaban a sospechosos. Hasta que la mayoría de denunciantes reconoció que se había dejado llevar por los rumores pero que no había sucedido nada. Se trató de un episodio de pánico general que duró una semana.

La histeria colectiva es un fenómeno quizás poco científico pero, en cambio, muy real. Lo estamos comprobando desde que ha aumentado el número de contagios por el coronavirus -Covid-19- en España. Consiste en la percepción de una amenaza, una obsesión, compartida por un amplio grupo de personas sin vínculos entre sí que creen, erróneamente, estar en peligro y que llegan a sentir los mismos síntomas, lo que les lleva a tener comportamientos poco solidarios como el asalto masivo a los supermercados. El pánico puede llegar a ser tan epidemia como la de un virus aunque se transmite a mayor velocidad.

Hoy es más fácil que en ningún otro momento histórico la propagación de la histeria colectiva. La difusión de una mentira, bulo o amenaza, en internet viaja a todos los rincones del planeta en tiempo real. En una fracción de segundo el mal ya está hecho. Pensemos en el hito social de sugestión colectiva ideado por Orson Welles con «La guerra de los mundos», que se difundió en Estados Unidos en 1938. La adaptación radiofónica de la novela de H. G. Wells propagó peligrosamente en cuestión de minutos la idea de que «por increíble que parezca, los extraños seres que han aterrizado esta noche en una zona rural de Jersey son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte». Aquel hecho, en apariencia delirante, demostró lo sencillo que resulta manipular a las masas incluso en una época en la que no se disponía de la actual tecnología de la inmediatez.

No sé qué pasa que siempre acabo recurriendo a Séneca para analizar lo que sucede a mi alrededor. Será, tal vez, como homenaje a mi padre, un hombre sin estudios al que, sin embargo, siempre le oía decir: «Yo soy muy de Séneca». No tardé en entenderlo, y es que mi padre era un hombre sereno y sensato que difícilmente perdía la calma. Una actitud que me inculcó. Por ello, cuando contemplo atónita cómo media Humanidad se preocupa de manera alarmante por mantener su trasero como los chorros del oro y arrasa con las existencias de papel higiénico que daría uso a una década, me acuerdo de que la otra media se muere de hambre.

Y, por supuesto, he vuelto a acordarme también de mi padre, es decir, de su devoción por Séneca, quien en su Invitación a la serenidad defiende que «de ninguna otra cosa existe una ciencia más difícil» que de la de vivir. Está claro que entre las lecciones que tenemos pendientes de aprender está la de controlar el miedo. Todo lo inesperado y casual -consideraba Séneca- es inestable, y, con toda probabilidad, nos hará caer. Mal vamos si no tenemos confianza en el Estado de Derecho y del Bienestar que con el esfuerzo diario de nuestro trabajo mantenemos entre todos, basado en los principios de equidad, igualdad y solidaridad.

No habrá jamás laboratorio en el mundo que pueda conseguir una vacuna contra la propagación de una alarma colectiva. Porque ese laboratorio, tan necesario en una era como la nuestra en la que estamos interconectados con el mundo veinticuatro horas al día aunque no queramos, está en cada uno de nosotros; en nuestra responsabilidad íntima e intransferible. Se trata, no de heroicidades, sino de gestos sencillos como quedarse en casa si se aprecian síntomas gripales, lavarse las manos correctamente, evitar las grandes concentraciones de gente, tomar precauciones al toser, comprar siguiendo el hábito natural de adquirir sólo lo que necesitamos... Cierto que el coronavirus causa muertes pero los científicos insisten en que se deben a complicaciones derivadas de patologías previas.

Suele decirse que el miedo es libre. ¿Y si utilizamos esa libertad justo para darle la vuelta al argumento y combatirlo? Estoy convencida de que si lo hacemos nos engrandecerá como personas y posiblemente también como sociedad. Esa sociedad que necesitamos serena para poder seguir viviendo en ella igual que antes de esta última locura vírica. Porque si no… ¿cuál será la próxima?

Mari Pau Domínguez es escritora y periodista.

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