Historia de dos zonas monetarias

Los Estados Unidos y Europa son dos áreas de libre comercio enormes, son ricas pero tienen serios problemas de corto plazo y enormes desafíos de largo plazo. También son dos zonas de una moneda única: el dólar; y en gran parte de Europa, el euro. Los retos que ambas regiones encaran son monumentales.

Sin embargo, solamente la unión monetaria de Europa se enfrenta a un periodo de incertidumbre sobre su futuro. Los Estados Unidos no atraviesan una crisis existencial de su moneda. Las diferencias y similitudes de las dos potencias económicas, en particular respecto a la movilidad laboral interna, la productividad y las políticas fiscales, sugieren y ofrecen algunas respuestas sobre la posibilidad de que la eurozona sobreviva la crisis en su periferia y evolucione en una zona de moneda única estable.

La movilidad laboral de las zonas más pobres a las más ricas sirve de amortiguador para lidiar con el diferencial de las dificultades económicas. El otro amortiguador natural es una moneda que se deprecia, lo que aumenta la competitividad en la zona más golpeada. Esto no puede suceder con una moneda común, y el ajuste económico es doblemente difícil  cuando no hay la suficiente movilidad de mano de obra para contribuir a mitigar las contracciones regionales en el ingreso y el desempleo.

Hay muchas razones por las que la movilidad laboral es menor en la eurozona que en los Estados Unidos. Es cierto que las trece colonias originales de los Estados Unidos eran una federación libre, y muchos estadounidenses se consideraban ciudadanos primero de su estado y después del país, todavía casi un siglo después de la Revolución. Sin embargo, un estado no era una nación totalmente formada que tuviera una historia compartida y profundamente arraigada, una cultura, identidad étnica y religión.

Tal vez el aspecto cultural más importante de la movilidad laboral es el idioma. Desde Mississippi hasta Maine, y desde Nueva York hasta Nueva Orleans, el lenguaje escrito de los Estados Unidos es el mismo y la lengua hablada la entienden todos. No es lo mismo desde Berlín a Barcelona o de Roma a Rotterdam. (O por ejemplo, del norte al sur de China o en la India multilingüe, donde el hindi lo habla solo el 42% de la población.) Para los ciudadanos de la eurozona que no hablan una lengua principal, en especial el inglés, la movilidad a través de las fronteras de la zona de moneda única es limitada en el mejor de los casos.

Estas son diferencias que no se pueden borrar fácilmente. Si bien algunos aspectos culturales se están globalizando, la variación a través de las fronteras en Europa es mucho mayor que la que hay entre los estados de los Estados Unidos. Por ejemplo, hasta la segunda mitad del siglo XX, los actuales miembros de la eurozona se mataban entre sí en batallas que duraban siglos. En contraste, la historia es más comúnmente compartida entre los estadounidenses de diferentes estados, quienes salvo en la Guerra Civil, han peleado en un solo bando en las guerras externas de la nación.

Todo esto significa que cuando California cae, sus residentes  simplemente se trasladan a los estados montañosos; cuando los empleos manufactureros desaparecen en el Medio Oeste, las personas migran para encontrar nuevos empleos en Texas. Este patrón es mucho menos frecuente en Europa.

Además, es un patrón que ha cerrado la brecha (ahora de aproximadamente 40%) entre el ingreso per cápita de los estados más pobres y más ricos de los Estados Unidos debido a que la mano de obra y los capitales se ajustan continuamente al trasladarse a zonas con una mayor productividad. La variación de la productividad y el ingreso per cápita en la eurozona es considerablemente mayor haciendo que la movilidad sea aún más importante.

Finalmente, mientras los sistemas fiscales difieren entre los estados estadounidenses, la carga fiscal global es menos de la mitad que la que hay a nivel federal. Casi todas las constituciones de los estados exigen presupuestos equilibrados (excepto cuando hay emergencias). Los estados y municipalidades de los Estados Unidos encaran serios desafíos de mediano y largo plazo en lo que se refiere a sistemas de pensiones y sistemas de salud sin fondos, pero los ciudadanos que viven en diferentes estados tienen un presupuesto nacional común, mientras que los de los países de la eurozona se enfrentan a posturas fiscales de los gobiernos centrales radicalmente distintas.

En efecto, muchos observadores sostienen que el principal problema en la eurozona es la falta de un sistema fiscal común. Sin embargo, la competencia en las áreas de impuestos y servicios es buena, no dañina. No obstante, para que sobreviva el euro se deben establecer restricciones mucho más severas que incluyan sanciones aplicables y serias en lo que se refiere a las posturas permisibles del presupuesto y su transparencia.

El euro puede sobrevivir. Aquellos que consideran al euro como un fracaso deben pensar que solo tiene diez años de existencia. Históricamente, los Estados Unidos también han tenido problemas como zona de moneda común, muy temprano desde el caos previo a la Constitución hasta el choque entre los intereses agrícolas y bancarios debido al patrón oro, ya avanzado el siglo XIX. Si bien el euro no tiene el viento a favor, al principio el dólar tampoco navegó en aguas tranquilas.

Los países de la eurozona primero tienen que abordar la crisis de deuda soberana, reducir sus déficits fiscales y fortalecer su sistema lamentablemente descapitalizado. Sin embargo, para que la eurozona sobreviva y prospere más allá de la actual crisis, también necesitará de profundas reformas estructurales que impulsen la movilidad laboral interna y apacigüen las presiones causadas por el ajuste económico entre las naciones y las regiones. Todavía no se sabe si los ciudadanos respaldarán a los políticos que propongan las reformas necesarias de tipo fiscal, laboral y otras para incrementar la movilidad, y tampoco si esas reformas serán suficientes para superar las barreras lingüísticas y culturales.

Sucesivas generaciones de líderes políticos de posguerra en Europa iniciaron la Unión Europea y después la unión monetaria para estrechar las relaciones de los países de forma que fuera imposible otra gran guerra. Es discutible si la unión monetaria era necesaria para lograr ese objetivo. A pesar de las considerables ventajas de una moneda común (transparencia de precios, menores costos de transacción y credibilidad de la inflación, por nombrar algunos), la dificultad de gestión macroeconómica de esas economías tan diversas parece más grande que nunca.

El euro siempre fue una gran apuesta, un gran experimento. Los esfuerzos a lo largo del tiempo para crear la unión monetaria algunas veces han fracasado, y otras han superado múltiples crisis. Puede ser que el futuro de la eurozona sea turbulento, pero no sombrío.

Michael Boskin, profesor de Economía de la Universidad de Stanford e investigador de la Hoover Institution. Fue presidente del Consejo de Asesores Económico del presidente George H. W. Bush de 1989-1993. Traducción de Kena Nequiz

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