Historia y complejos

He visto publicado estos días en varios medios de comunicación algo que me ha causado una gran perplejidad: el Príncipe de Gales y su consorte la duquesa de Cornualles, aprovechando un viaje por Hispanoamérica, han visitado Cartagena de Indias para presidir la inauguración de una placa conmemorativa al ataque perpetrado a la bella ciudad caribeña por una flota inglesa en 1741. La noticia no tendría más relevancia a no ser por el hecho de que después de esta batalla, en la que los ingleses sufrieron una tremenda derrota, su antecesor el Rey Jorge II, prohibió hablar del tema y que se escribieran crónicas alusivas como si nunca hubiera ocurrido. Pero ocurrió y ahora su posible sucesor ha querido honrar a sus compatriotas que allí dejaron la vida. Algo loable pero inoportuno y, desde luego, espectacularmente provocativo.

Historia y complejosAdmiro a los ingleses por muchas cosas –una de ellas por los magníficos trajes que luce su Príncipe– pero sobre todo los admiro por su falta de complejos para tergiversar el decurso de la historia a su favor –con todas las excepciones individuales que se quieran– o para admitir los hechos tal como sucedieron sin ningún tipo de complejos. He podido visitar el magnífico museo sobre la esclavitud que se muestra en la ciudad de Liverpool, con el que se reconoce que fueron los mayores y más expertos tratantes de esclavos en el siglo XVIII, del mismo modo que exhiben con orgullo en el Museo Británico el friso del Partenón o numerosas momias egipcias fruto de sus continuas rapiñas en la época de su expansión ultramarina y colonizadora. Repito: sin ningún tipo de complejos. El acto acaecido estos días es una muestra de lo que estoy diciendo.

Desde que en el siglo XVI pudieron calibrar lo que significaba el dominio del Atlántico por los españoles y las nuevas tierras que se iban incorporando, los ingleses se convirtieron en verdaderos piratas de bajos y altos vuelos y atacaron continuamente los puertos americanos desde el comienzo de la colonización. Uno de los primeros en destacar, Francis Drake, fue elevado a la categoría de Sir por la Reina Isabel. Desde entonces, los ingleses surcaron el Caribe o el Pacífico atacando sus puertos y el Atlántico persiguiendo las flotas hispanas, hasta que las guerras de familia con las que los Borbones cargaron a España, elevó sus ataques piráticos a contiendas bélicas con mayor o menor fortuna. Entre estas últimas se encuadra el ataque a Cartagena de Indias que el Príncipe Carlos ha querido rememorar.

El protagonista de la defensa de Cartagena fue el guipuzcoano Blas de Lezo, marino arrojado y valiente que había hecho carrera en el Mediterráneo a costa de ir dejando parte de su cuerpo mutilado por las heridas recibidas en combate en los que perdió primero una pierna, luego un ojo y finalmente un brazo. Algo que no lo arredró y que lo mantuvo siempre dispuesto a dar la vida por su patria tal como lo demostró en el hecho que comentamos. Con el grado de teniente general de la Armada fue nombrado comandante general de Cartagena unos meses antes de que el almirante inglés Vernon, que había atacado y saqueado Portobelo, se dirigiera a la ciudad con la misma intención y posiblemente tomarla. Contaba para ello con la mayor flota que Inglaterra había logrado nunca reunir: 186 barcos, con 2.000 cañones y más de 23.000 marineros. Una escuadra tres veces más potente que la famosa Armada Invencible de Felipe II, que ha pasado a la historia como la mayor derrota sufrida en el mar. Blas de Lezo sólo disponía de una guarnición de 3.000 hombres, 600 indios flecheros y seis pequeños navíos anclados en la bahía. Después de dos meses de cerco, tan seguro estaba Vernon de su victoria que hizo acuñar monedas con su busto en una cara y en la otra la leyenda «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741» y «El orgullo español humillado por Vernon».

Pero nada de ello ocurrió. Los cartageneros al mando de Lezo mostraron una feroz resistencia y consiguieron la retirada de la potente flota inglesa que dejó atrás más de 8.000 muertos y una ciudad llena de cadáveres en la que se instaló la peste de la que pereció el prototipo del patriota del momento: Blas de Lezo, un nombre casi desconocido para la historia y para los españoles. Pocos saben que esta batalla supuso un fuerte revés para la marina inglesa, una de las mayores vergüenzas de la historia naval británica y una recuperación para la española que volvió a tomar el control de los mares hasta Trasfalgar.

Pero nada de eso importó. Vernon está enterrado en Westminster Abbey en una tumba en la que está esculpida la siguiente frase: «Redujo a Chagre (Panamá) y conquistó en Cartagena de Indias hasta donde las fuerzas navales pudieron llevar la victoria». Sin ningún complejo. De la misma forma que el Príncipe de Gales ha ido a honrar a los ingleses que allí dejaron su vida olvidándose de otros muchos que también murieron allí en la construcción del ferrocarril entre Cartagena y Calamar. Es su forma de escribir la historia.

Sin embargo, nuestro secular complejo, muy distinto al suyo, atrapado en la fuerte y recurrente leyenda negra de la que los ingleses tienen gran parte de responsabilidad, nunca nos ha dejado defender nuestros méritos y reconocer nuestros errores en su justa medida. La explicación de la historia de España en América ha estado siempre mediatizada por la visión de los demás sin que nosotros hayamos sabido exponerla y defenderla como se merece. Han tenido que ser hispanistas de otras naciones los que lo hagan y a la frase de uno de ellos me remito: «La obra cumplida por España en América no fue ni un error histórico ni un crimen cultural ni constituye un fracaso de los que haya que arrepentirse». Pertenece al ilustre historiador peruano, dos veces finalista de los Premios Príncipes de Asturias, Guillermo Lohmann Villena, y en ella deberían fijarse aquellos españoles que aun se avergüenzan.

Una vez más, los ingleses, sin ningún complejo, se han adelantado y la placa para sus caídos en Cartagena ha llegado antes que cualquier homenaje que queramos hacerle a Blas de Lezo y a los que con él pelearon en esta desigual batalla de la que en abril se cumplieron 273 años. Los cartageneros han reaccionado con artículos de periódicos –me ha llegado uno muy bueno de El Universal– y han destrozado la placa que daba una versión distorsionada de los hechos que tanto hicieron sufrir a su ciudad y a sus antepasados. Un hecho vandálico, sin duda, pero que ha obligado a reaccionar a las autoridades que, al parecer, han decidido retirarla para modificar el texto. Coraje y bravura ante una injusticia histórica que sigue latente en los países hermanos pero que, desafortunadamente, parece haber desaparecido del nuestro.

Ahora, por fin, Blas de Lezo saldrá de su ostracismo. Su destacada labor en las guerras mantenidas durante la sucesión de Carlos II y el advenimiento de Felipe V, en la que se convirtió ya en azote de ingleses desde 1704 cuando perdió la pierna, en 1714 en la toma de Barcelona que le costó la inmovilidad de un brazo, así como en la posterior liberación de Mallorca, lo han reivindicado en España. Entre los actos celebrados en Madrid para conmemorar el final de esta dilatada y compleja contienda, el Ayuntamiento de la capital ha reconocido sus méritos y desde ahora lucirá en la Plaza de Colón una efigie suya. Algo de lo que debemos alegrarnos porque puede y debe ser un emblema para acabar con nuestros complejos históricos a uno y otro lado del Atlántico.

Enriqueta Vila Vilar, de la Real Academia de la Historia.

2 comentarios


  1. “coraje y bravura ante (no entre) una injusticia….” ; una pequeña errata del artículo.

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