Historia y poesía

Aristóteles, en el capítulo 9 de su Poética, escribe acerca de la Historia y la Poesía: «La misión del poeta no es tanto contar las cosas que realmente han sucedido cuanto narrar aquellas cosas que podrían haberlo hecho de acuerdo con la verosimilitud o la necesidad. El poeta y el historiador se distinguen en que el historiador cuenta los sucesos que realmente han acaecido, y el poeta los que podrían acaecer. Por eso la Poesía es más filosófica que la Historia y tiene un carácter más elevado que ella, ya que la Poesía cuenta sobre todo lo general, y la Historia lo particular».

Una primera precisión aclaratoria sería afirmar que la auténtica Poesía era para los antiguos la Épica, al contrario de lo que ocurre hoy en día, en que la gente identifica la poesía con la Lírica. No puedo estar más de acuerdo con los antiguos a la hora de identificar la verdadera Poesía con la Épica, emanada directamente de lo que los románticos alemanes llamaban Volksgeist, esa palabra iluminada e iluminadora donde las haya y de tan poco uso, por desgracia, en la actualidad.

En cualquier caso, me parece maravilloso que, después de las invectivas de Platón contra los poetas, y en particular contra Homero, a cuenta de la presunta toma de partido de este y de los poetas cíclicos a favor de la mentira y en contra de la verdad postulada por los filósofos, venga Aristóteles a decirnos que Filosofía y Poesía no son en absoluto enemigas, ni tan siquiera contradictorias, y que la Poesía se sitúa en el plano de lo general y se acoge en su actuación a categorías normativas como la verosimilitud y la necesidad. Eso es justamente lo que las vanguardias, desde comienzos del siglo pasado, han negado a la Poesía, ubicándola en el limbo gratuito de lo absurdo y lo prescindible, y, por si fuera poco, tiñéndola de un tinte metafísico que la aleja de la realidad, que es donde habita y debe habitar, codo con codo con la Historia, de la que se distingue solamente, según Aristóteles, por tratar la Poesía de lo general y la Historia de lo particular, que viene a ser, en esta ocasión, bien poca diferencia entre ambas.

Y digo que no difieren en gran cosa porque cuando el poeta —y aquí no me estoy refiriendo tanto al poeta épico como al lírico— revela pormenores de su biografía más recóndita, nos está procurando una información preciosa y fidedigna acerca de alguien que no es real en la medida en que no tiene un nombre propio determinado, pero que sí es real en la medida en que representa, simboliza o encarna las reacciones psicológicas, los miedos, los afectos o los rechazos que experimenta el grupo humano. Por todo ello, no es difícil adscribir a un nombre propio individualizado cada una de esas pulsiones presuntamente colectivas que no son tales, pues han partido de la invención de un ser humano individual —el poeta— acerca de aquello que bien podría haber sucedido, aunque no lo haya hecho de manera documentalmente probatoria.

Tres ejemplos en los que Poesía e Historia dialogan de una forma especialmente subyugante son la Epopeya de Gilgamesh, suma y síntesis de la cultura mesopotámica, y dos poemas contemporáneos, Esperando a los bárbaros, del alejandrino Constantino Cavafis (1863-1933), y Lepanto, de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), el poema más alto que produjo «la más alta ocasión que vieron los siglos», al decir de Cervantes.

En el momento en que se constituyen los grandes imperios agrarios en el Oriente Próximo, la gran literatura que parte de los mitos, y que siempre regresa a ellos, comienza a desarrollarse de una manera espectacular, hasta el punto de que pudiera decirse que en ciertas joyas de las letras mesopotámicas, como el Diálogo del pesimismo, el Descenso de Ishtar a los Infiernos o la Epopeya de Gilgamesh, está prefigurada toda la literatura posterior, al helénico modo en que Atenea nació completamente armada de la cabeza de su padre Zeus. La Epopeya de Gilgamesh nos cuenta las hazañas de un rey de Uruk, Gilgamesh, quien, espantado ante la certeza de la muerte, parte en busca de la inmortalidad al país donde vive Utnapishtim, el Noé mesopotámico, la única persona capaz de transmitirle el secreto de la vida eterna. Fracasará, como es lógico, y volverá a casa con la sensación de que el hombre no debe competir con los dioses y sí, en cambio, aceptar su condición mortal. Entretanto, las doce tablillas que han conservado su historia nos han hecho vibrar con su bellísimo lenguaje, inaugurando la literatura y trasladando a la posteridad el poderío estético e imaginativo de la civilización que las alumbró, alma materindiscutible de cuanto vino después, desde Homero hasta nuestros días.

En cuanto a Cavafis, compuso en 1904 su poema Esperando a los bárbaros, cuyo escéptico contenido hoy, más de cien años después, continúa vigente tras el derrumbe de las utopías totalitarias. Es, sin duda, uno de las más hermosas muestras de la poesía del poeta alejandrino y confirma de modo contundente el enorme interés que suscitaba en él la Historia: «Muchos poetas —escribió— son exclusivamente poetas… Yo soy un poeta-historiador. Nunca podría escribir una novela o un drama, pero oigo dentro de mí ciento veinticinco voces que me dicen que podría escribir Historia». Más que un poema propiamente histórico, Esperando a los bárbaroses una parábola. Pero ¡cuánto conocimiento de la historiografía, y en concreto de las fuentes antiguas que nos informan acerca de los últimos siglos del Imperio Romano, destila la pieza! La forma cavafiana de hacer Historia, de escribir Historia, es incluirla en sus poemas de carácter histórico, basados en personajes del mundo clásico, pero también, y sobre todo, en figuras pertenecientes a la decadencia de ese mundo, incluyendo el siempre fascinante Imperio Bizantino.

Tuvo que ser Chesterton, un inglés, quien compusiera el poema «canónico», el más vibrante, intenso y emotivo de todos los escritos sobre la batalla de Lepanto. Y la tarea no era fácil, pues el combate naval que enfrentó, el 7 de octubre de 1571, al Imperio Otomano con la Liga Santa cristiana —constituida por España, Venecia y los Estados Pontificios— tuvo cantores de la talla de un Fernando de Herrera. Los seis últimos versos del poema de Chesterton son prodigiosos: «Cervantes, en su galera, torna la espada a su vaina / (Don Juan de Austria regresa con una guirnalda). / Y ve sobre una tierra fatigada una senda perdida en España, / por la que en vano cabalga eternamente un insensato caballero flaco, / y ríe, pero no como los Sultanes, y torna el acero a su funda… / (Pero Don Juan de Austria regresa de la Cruzada.)» Pocas veces la realidad histórica y la ficción literaria se funden de manera tan armoniosa y sugestiva como en el crisol de Lepanto, a mayor gloria de su autor, de la Poesía y de la Historia.

Por Luis Alberto de Cuenca, de la Real Academia de Historia.

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