Historias de albaneses (I). Kosovo

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 04/11/06):

Los adalides del nuevo periodismo para insaciables pagadores de hipotecas sostienen que las noticias que verdaderamente interesan a la gente son las que están pegadas a su culo. Cuanto más cercanas mejor, porque su trasero es la medida del universo y todo lo que queda fuera de ese cuadrante de la inteligencia local tiene un interés relativo. Ésta posiblemente sea la razón por la que, en la prensa extranjera, el referéndum del pasado domingo en Serbia mereció aparecer en la primera página de los diarios, mientras que en España ocupó en el mejor de los casos un breve de agencia.

Empezó la votación el sábado y como ocurriera que la movilización ciudadana fuera menos que mediana, se apeló a la Iglesia ortodoxa y a todos los medios al alcance del poder para forzar que la gente se acercara a las urnas a depositar el inevitable sí con el que todo Estado trata de conservar su hegemonía. Gracias a los dos días de urnas abiertas se logró sobrepasar el 50 por ciento de participación que hacía válida la consulta. Serbia ya dispone de una nueva Constitución que echa al traste la elaborada durante el periodo de trágica megalomanía que promovió Milosevic y su nacionalismo de izquierdas,cuyas consecuencias aún se sufren. Pero esta nueva Constitución, que merecería por sí misma una reflexión sobre la deriva nacionalsocialista y reaccionaria de los Balcanes en su conjunto, tiene un apartado que constituye uno de los dilemas históricos más inquietantes de Europa, sino el que más. Se llama Kosovo.

La nueva Constitución serbia señala de manera inequívoca que la región de Kosovo es territorio inalienable de la patria serbia. Y no tengo la menor duda de que se trata de una obviedad legítima, basada en la historia, la tradición y otro montón de cosas hoy día consideradas sagradas. Desde el momento en que la historia o la leyenda, da la mismo, se han convertido en la nueva religión de los tiempos escépticos, los lugares de peregrinaje patriótico y las insulsas grandezas que les inculcan a los niños en las escuelas parten de hechos incontrovertibles.

Por ejemplo, la gran batalla del Campo de los Mirtos, allá donde los serbios se enfrentaron a los turcos hace ya seis siglos, sucedió en Kosovo. Fueron derrotados, claro, porque los serbios también son un pueblo que conmemora derrotas, como nosotros mismos.

Yo entré en Kosovo desde la frontera macedonia en un autobús de esos que aparecen en las películas y que siempre creemos que forman parte del atrezzo de época, pero era real. Marchaba repleto y renqueante mientras subía la sierra que separa Macedonia de Kosovo, un territorio de una belleza inquietante en su silencio, en su modesta carretera pensada para tiro de animales, con sus curvas interminables y los barrancos al borde del alquitrán. Bosques impenetrables de ese verde brillante que delata la ausencia absoluta de cualquier tipo de industria, desde siempre. Kosovo antaño fue la más desfavorecida y atrasada de las regiones que componían Yugoslavia, y ahora más si cabe. Comprende un territorio más pequeño que la comunidad autónoma de Murcia, para hacernos una idea, y sus habitantes son en su mayoría albaneses – casi dos millones- y supervivientes serbios, apenas ciento treinta mil.

La primera impresión que se tiene de Prístina, capital de Kosovo, mientras el autobús se acerca es que no se trata de una ciudad, sino de un gran panel de antenas parabólicas. No se distinguen ni ventanas, ni casas, sólo redondeles enormes de antenas parabólicas que cubren las fachadas. Cada balcón una antena, enorme, como si se tratara de un escudo que defiende la casa del exterior y mantiene su independencia, su miserable individualidad. Prístina posiblemente no sea el mejor sitio para vivir, o al menos yo no lo recomendaría, pero quien quiera escribir aquí tiene un centón de historias. No es fea, sino literalmente espantosa, y lo es hasta tal punto que podría exhibirse como ejemplo compendiado de la suma de la vieja incuria socialista y el capitalismo mafioso que le siguió. Yde pronto, como un milagro, hay una casa, modesta, hermosa en su proporción, y por supuesto a punto de derribo, porque la mejor inversión urbana en Prístina consiste en derribar una casa antigua y convertir el terreno en parking salvaje. Es posible que haya más vehículos que habitantes, no porque la gente sea rica o goce de un nivel de vida estandarizado, sino porque aquí se concentra el funcionariado internacional más abundante y LA MONEDA CORRIENTE es el euro, pero entero; no se puede manejar cantidad menor al euro por ausencia de monedas fraccionarias SERÍA EL PRIMER PAÍS de Europa donde el principal recurso económico está basado en el triple tráfico: droga, mujeres y armas, por ese orden variopinto. Desde las Naciones Unidas, que tienen bajo protección el territorio desde 1999, pasando por la OTAN, la Unión Europea y todas sus diversas secciones, hasta los variados universos de las ONG. Detalle significativo: las dos vías principales de la ciudad se llaman Presidente Clinton y Madre Teresa (de Calcuta), que era albanesa.

De la singularidad de Prístina baste un ejemplo. Los innumerables empleados, soldados, oficiales, etcétera, etcétera, de organismos internacionales que atiborran esta inimaginable ciudad, cuando se incorporan a sus puestos reciben un largo listado de locales a los que no pueden entrar. No es que no deban, es que lo tienen prohibido. La medida se tomó tras un pequeño incidente que fue cuidadosamente silenciado para evitar mayores problemas. Un hindú moreno, muy moreno – el dato es importante porque aquí un negro es algo tan llamativo e insólito que a los primeros soldados norteamericanos de color los tocaban las viejas y los niños para saber si eran humanos- y un italiano entraron en un café y no se les ocurrió otra cosa que entablar conversación con una albanesa ya comprometida. De resultas de lo cual, el hindú ingresó de urgencias con dos fracturas de mandíbula y el italiano con serios problemas de columna. El lugar se llamaba, y se llama, Zanzíbar; tiene música en directo. Es obvio decirlo, Prístina es un territorio mafioso con un notable grado de estabilidad en las relaciones a partir de unas reglas del juego frágiles. La moneda corriente es el euro, pero entero; no se puede manejar cantidad menor al euro por ausencia de monedas fraccionarias. Aquí la mafia trabaja a la luz del día y usted puede comprar un móvil con garantía (mafiosa) ¡de 24 horas! y un vehículo de excepción – y de extorsión- en treinta minutos.

Estados Unidos y la Unión Europea mantienen la ficción del control pacificador de la región, con sus mesnadas militares y civiles, gracias a las cuales la ciudad tiene un aire cosmopolita y mercantil. Y esperan. ¿A qué esperan? Como en el Godot de Beckett, nadie sabe a quién ni a qué. Sólo esperan. Todas las experiencias de los últimos años han sido negativas. Primero, la provocación serbia de Milosevic cuando el 28 de junio de 1989 concentró un millón de los suyos en las afueras de Prístina para conmemorar el 600. º aniversario de la archicitada batalla del Campo de los Mirlos y empezó la limpieza étnica de albaneses. Luego la contraofensiva albanesa y las actividades del UCK, mafia en estado puro, a la que pusieron en órbita el ejército de Estados Unidos y la mafia calabresa de la familia Morabito, ambas por motivos muy diversos que exceden las posibilidades de este artículo. La limpieza étnica contra los serbios de Kosovo los hizo pasar de minoría a insólitas individualidades locales y familiares. Luego Ibrahim Rugova, valeroso presidente de la región autónoma sin estatuto conocido, elegido mayoritariamente por los albaneses, cuyo prestigio fundamental lo debía a su capacidad para superar los códigos de los clanes, exactamente el Kanun, la norma atávica que orienta a las familias albanesas en sus comportamientos. El Kanun, la ley de la tradición albanesa. Pero Rugova murió en enero de muerte natural, lo cual tiene mérito, porque vivía amenazado y con los clanes esperando que el cáncer se lo llevara lo más pronto posible.

Y ahora qué hacemos. La ocupación de Kosovo por las tropas de la OTAN no ha cumplido el objetivo de lograr que las dos principales comunidades – la albanesa mayoritaria y la serbia minoritaria- puedan vivir juntas. Si se van, lo primero que harán los albaneses será declarar la independencia y aparecerá el fantasma de la Gran Albania, con territorios en Kosovo, Macedonia y el Estado albanés, capital Tirana. Sería el primer país de Europa donde el principal recurso económico está basado en el triple tráfico: droga, mujeres y armas, por ese orden. Ahora Serbia acaba de aprobar una nueva Constitución que reconoce ese territorio como suyo. Algo habrá que hacer, pero nadie sabe todavía el qué y sobre todo el cuándo.

Kosovo es para los albaneses la raíz de los orígenes ilirios de la comunidad albanesa. Para los serbios es el Campo de los Mirlos y el lugar donde están las iglesias ortodoxas más emblemáticas de su historia. Visité perplejo la Kosovo Polje y su Campo de los Mirlos. Está a veinte minutos de Prístina. El lugar es horrible en su vulgaridad y está dominado por un adefesio erigido por Milosevic y al que no se puede acceder porque lo volarían los albaneses; lo protegen tropas de la OTAN con carros ligeros. En el viejo Campo de los Mirlos ya no hay mirlos, sino unos grajos que merodean el único vestigio evocador de aquella batalla que sucedió en 1369: una pequeña mezquita rodeada de un minúsculo cementerio. En la mezquita están enterradas las vísceras del vencedor de la batalla, el sultán turco Mehmet, pero sólo las vísceras, el resto lo llevaron a Estambul. En el cementerio reposan los restos de los sucesivos miembros de la familia que se ocupa del lugar desde hace más de un siglo. Vinieron de Uzbekistán y ya sólo queda una amable viuda bosnia que afirma no poder hablar con nadie; sólo espera morirse, porque ya lo ha visto todo.

Leer la segunda parte.