Historias húngaras: Budapest

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 14/07/07):

Hay lugares que dan miedo y no porque sean peligrosos. Todo lo contrario, provocan temor por lo difícil que resulta abordarlos. Es el viejo dilema entre Harlem y Boston; la diferencia entre el riesgo y la complejidad. Llevo tanto tiempo preparando los artículos sobre Hungría que no puedo menos que admitir el miedo y tratar de paliarlo con los recursos que da el oficio; confundir el lector, buscar subterfugios, apelar a la pedantería… Pero al final uno ha de enfrentarse a los hechos. Llevo tantos meses preparando estos pobres artículos que no encuentro otra salida que echar para adelante, dejar de leer literatura húngara, que lo único que hace es enredarme – en su versión catalana, ¡qué diferente es enredarse en castellano!- y echar para adelante sin percha ni nada. Los artículos requieren una percha, algo donde colgar el tema y darle más o menos un cierto sentido de actualidad. Yo tenía una, buenísima, y lo había preparado todo, porque para mayor casualidad caía en sábado, y estaba seguro que nadie estaría tan aventado como para pisármela. Pero me acojoné y lo mismo que nadie podría adelantárseme, porque ni dios se acordaría, tampoco nadie se enteraría de mi acoquinamiento. Hungría es muy complicada para meterse con chanclos y saltar encima como hacen los niños con los charcos de los pueblos.

El 9 de febrero de este año cayó en sábado y ese mismo día se cumplían cincuenta redondos años, medio siglo, de la muerte del almirante Horthy. Horthy lo tenía todo para permitirme introducir la peculiar historia de la Hungría reciente puesto que había gobernado el país, lo que dejaron del país, desde 1920 hasta su secuestro y destitución por un comando nazi a las órdenes de Skorzeny, otro personaje que por cierto moriría en la España de Franco tras escribir un libro, plantar un árbol y matar a muchos hijos, no digamos ya a adultos. Horthy era húngaro y marino, exactamente capitán de fragata que había estudiado en la Academia Naval de Fiume. No me imagino un navío de guerra bajando por el Danubio desde los romanos, por lo que se hace obligado pensar en lo que debió de ser el Imperio Austrohúngaro, donde un hombre de tierra adentro – Kenderes, al Este, en la Gran Llanura- llegaba a capitán de fragata estudiando en Fiume, entonces imperial y hoy Rijeka, en Croacia. ¡Qué lejos queda todo esto para hablar de Hungría!

La Hungría republicana es un país que nació raro. El fórceps del paritorio la redujo en dos tercios de su territorio y a la mitad de sus habitantes. Fue en 1918 y en una habitación de la planta 3. ª del Hotel Astoria, exactamente donde yo pernocté, una auténtica joya de época en una ciudad como Budapest donde uno va tropezando con joyas igual que nosotros paseamos por Barcelona y nos vamos encontrando con mierdas purulentas que nos avergüenzan. Hungría siempre fue la primera en apuntarse a todas las victorias y resultaba al final instalarse en la cola de los derrotados. Aprovechó el entusiasmo de la declaración de guerra en la primera conflagración europea con las potencias del centro y salió capitidisminuida. Inmediatamente después se apunta a la revolución bolchevique y consigue la segunda revolución proletaria en un país que aspiraba a ser pequeño burgués; existió un gran Partido de los Pequeños Propietarios. Bela Kun y los consejos obreros tomaron el poder y duraron unas semanas, las suficientes para que el maestro Giorgy Lukacs asumiera el departamento de Cultura y que Horthy fuera llamado a barrer con todo. Entre lo que barrió estaba el posible rey, pero por esas singularidades de la política en Hungría, siguió siendo una monarquía, sin rey por supuesto, pero con regente, es decir, el almirante Horthy. Fue de los primeros socios de Hitler, lo que le permitió recuperar los territorios que les habían retirado en el famoso Tratado de Trianon, tras la I Guerra Mundial, pero hicieron un pésimo negocio; las cesiones apenas si les alcanzaron hasta el fin de la II Gran Guerra. Trató de negociar con Stalin pero no le dieron tiempo, le secuestraron los nazis y si se libró de la horca cuando vencieron los aliados fue por una extraña alianza ruso-norteamericana que le tendió una especie de alfombra voladora que le depositó en Portugal, donde se instaló con su esposa y uno de sus hijos, Nicolás, embajador en Brasil. La dictadura de Oliveira Salazar permitió cobijarse a este calvinista riguroso, casado con una católica, que se instaló en un chalet de Estoril, “Villa San Jorge”, en alquiler durante todo el año, menos los veranos, que se veían obligados a cambiar de residencia para que los dueños le sacaran más partido a la finca alquilándola a millonarios británicos.

Por más que me he interesado no he conseguido que mis húngaros conocidos se explayaran sobre el Budapest de Horthy. Quizá no existe y esos 24 años de poder absoluto en una dictadura militar-monárquica, con muchos militares y escasos monárquicos, no ha dejado restos urbanos. Lo dudo. Budapest produce una sensación doble como doble es la ciudad. No se trata de la diferencia legendaria entre la Buda aristocrática, que alcanza desde las tradiciones más arcaicas hasta la alejada residencia de Bela Bartok, a quien considero un músico aristocrático, sensible a todo lo genuino, y por tanto a todo lo popular. (Cuando yo tocaba el piano – ¡mal, por supuesto!- nos atiborraban con las danzas húngaras de Brahms. Debo a Bartok, entre otras muchas cosas, el descubrimiento de la inocente impostura de mi admirado Brahms). Y la menestral Pest, separadas por un Danubio oscuro e inquietante en su sobria belleza, como un dios veterano que ya no tiene que exhibirse. Si hay algo que demuestra la impudicia y el cinismo vienés que expresó Musil en su “hombre sin atributos”, nada tan claro como el vals “Danubio azul”. El Danubio no fue azul nunca, salvo en la falaz reconstrucción de la Viena fin de siglo).

Budapest produce un impresión sobrecogedora porque es gris, digna, orgullosa, y sobre todo nada victimista. De un tiempo a esta parte tomo como vara de medir a Barcelona, y me preguntó qué no escribirían los 101 dálmatas de la historia en Catalunya – a partir de ahora de cada gremio vinculado a la cultura en Catalunya saldrán 101, como mínimo- si hubieran podido asumir el pasado sufriente de Budapest. El placer de sufrir, algo que no entenderé nunca. Hubo mucho poder y mucha riqueza en esta gran ciudad para que los restos de todos los naufragios dejaran esto. Es difícil encontrar pecios tan elocuentes y hermosos como los de esta ciudad sacrificada. Sí, es verdad, que la avenida Andrássy copia el esquema de los Campos Elíseos parisinos. ¿Pero quién está libre del pecado por imitar en su momento a la capital del mundo? Y además, ¿acaso es eso un pecado? Lo digo porque usted hoy puede circular arriba o abajo de los Campos Elíseos y no pasa nada, no siente nada, ni siquiera aquel viejo respingueo que le producía distinguir el Arco de Triunfo al fondo. París es soberbio, una obviedad, pero los Campos Elíseos apenas si son nada fuera de tomar el aperitivo y leer el diario entre camareros arrogantes. París será siempre París, porque nadie le puede quitar la historia. La avenida Andrássy recorre la historia de Budapest, quizá la de Hungría, manzana a manzana. Desde el comienzo, con el Museo de Correos y la ópera, pasando por el edificio del Ministerio del Interior (Casa de los Horrores), hasta terminar en ese coquetón chalet modernista que vegeta en la gran plaza de los Héroes, allí donde estaba Stalin en tamaño Cristo de Palencia, y del que hoy no quedan ni las botas. Pero allí sigue, impecable, discreto, esa página bestial de historia que es ese chalecito que fue embajada de Yugoslavia y hoy es de Serbia. Allí se coció una página de historia tremebunda, inolvidable, el final sórdido de la revolución de 1956, y aún queda como rescoldo una pequeña lápida recordatoria.

Octubre de 1956. El pueblo húngaro se subleva y convierte Budapest en la gran esperanza de superación en el conflicto de la guerra fría. Hacer posible el socialismo y la libertad. Hoy sabemos gracias a la desclasificación de los informes norteamericanos y al trabajo de Charles Gati, de la Universidad J. Hopkins, que la CIA norteamericana no tenía más que un sólo agente operativo en 1956 que hablara húngaro, que no contaba con nada más que la emisora Radio Libertad, emitiendo desde Munich, y que la estafa de un millón de dólares ¡oro! que les había costado la operación polaca de 1952, les había quitado la más mínima veleidad intervencionista. Pero también sabemos por documentos desclasificados, que Richard Nixon, vicepresidente con Eisenhower, explicó a los suyos la teórica del momento: “No sería malo para los intereses norteamericanos que la mano de hierro de los soviéticos se abata de nuevo sobre el bloque del Este”. Por si fuera poco los francobritánicos, ayudados por Israel, invadían el canal de Suez, nacionalizado por Nasser.

Si no conocen Budapest vayan corriendo y absórbanla a pedazos. Figura entre las ciudades más impresionantes que he visto en mi vida. Tiene una atmósfera de orgulloso imperio tronado, lo que ayuda mucho a los paseantes. Es bella, tranquila, gris al amanecer y oscura luego. No fácil de descubrir. Bastaría decirles que se dieran un paseo por el café New York, que no es nada de ahora sino de los años veinte. Nosotros nunca tuvimos eso. Nosotros fuimos otra cosa más cutre, más vulgar y con menos ironía y distanciamiento. Incluso tienen un poeta, un soberbio poeta, Endre Ady que dedicó algunos versos a unos tipejos que él detestaba y que facilitaron que el país se fuera al carajo apostando siempre al caballo perdedor. Los llamaba “comedores de niebla”, y eran los nacionalistas que primero fueron monárquicos, luego comunistas, luego nazis y por fin comunistas hasta su jubilación. La democracia burguesa en Hungría, en esa Hungría que Koestler llamó “estado enano”, duró apenas de 1945 a 1948, no alcanza a tres años, pero fue una aspiración que recorrió su mundo literario con una fuerza como quizá no existió en país alguno.