Historias húngaras: Sándor Márai

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 21/07/07):

Creo que en la literatura del siglo XX hay pocos casos como el de Sándor Márai (1900-1989). Bastaría con apuntar que nace, se desarrolla y triunfa en una sociedad lectora, para luego dejar de existir como escritor. Cuando Claudio Magris registre la Budapest del Danubio, el único que no aparece, ni siquiera una cita, es Sándor Márai. Y resulta que será, quizá más que ningún otro, inseparable de las derivas, frustraciones, límites y fracasos de Hungría y de su endiablada lengua. Ya sé, ya sé, que menudean los escritores olvidados que un día vuelven póstumamente convertidos en celebridades; pero esa no es la singularidad de Márai. Lo suyo es más complejo. Para él, conseguir la libertad fue su final como escritor.

En la literatura, a diferencia de la historia, las cosas se explican mejor desde el final. Quizá porque la literatura se construye, se monta, se redacta, se corrige, mientras que la historia se hace; transcurre y basta. Por eso es tan importante leer los libros enteros – me refiero a los que merecen la pena-; una práctica cada vez más en desuso, por desgana, falta de tiempo e incluso por exigencias del consumo.

Los libros, para mucha gente que lee, cada vez se parecen más a esos paquetes de galletas que uno abre con ilusión y acaban rancias, en la basura (o en la estantería), tras muchos meses de tenerlas delante. Una nueva novedad,valga la redundancia comercial, viene a ocupar el lugar del libro apenas mordisqueado.

Cada vez se terminan menos los libros y los lectores apenas si perciben la incongruencia; es como no haberlos leído. Y esto resulta válido para una novela, un libro de versos y, por supuesto, un ensayo.

Hay escritores sobre los que no se puede escribir sin una reflexión sobre la literatura misma. Sándor Márai es uno, y muy principal, porque hay pocos profesionales de la literatura como él. Un artesano elegante que sabía conjugar la prosa de la novela, la del periodismo y la memorialística, también la poesía e incluso el teatro. No puedo referirme más que a las novelas y sus dos libros de memorias, única parte de la obra de Márai traducida al castellano, siempre por la Editorial Salamandra. De la prosa periodística no puedo decir nada porque no está traducida, ni siquiera sus Diarios,que Salamandra se propuso empezar a publicar en el 2001 y me temo que renunció a ello cuando descubrió que las pasiones hispanas, incluidas las literarias, son efímeras. La de Márai se atemperó mucho tras el éxito de El último encuentro,que vendió miles de ejemplares en 1999. Luego han seguido publicando márais con voluntad inquebrantable pero con menor eco. Algunos ensalzadores hispanos de Márai se han vuelto estupendos y se arrepienten, no vayan a decir de ellos, tan cascados, que no siguen las pautas del mercado editorial. De su poesía, que yo sepa, sólo conocemos en castellano algún poema suelto, notable, por cierto, siguiendo el barómetro de la calidad poética: si es posible leerlo traducido sin que te chirríen las meninges, ha de ser magnífico en su lengua original. (Recuerdo la retorcida perversidad del poeta griego Elytis, que a pesar de haber conseguido el premio Nobel en 1979, tenía hacia el exitoso novelista Kazantzakis una envidia teñida de desdén, y solía apostillar a los extranjeros que le preguntaban : “Ha leído usted a Kazantzakis. Lo entiendo; gana mucho al ser traducido”)

Bastaría la peripecia de Sándor Márai en España, país que visitó en los años cincuenta, para introducirnos en la biografía del autor. La reaparición estelar de Márai en castellano, en 1999, es un fenómeno cultural que en ocasiones se produce para bien de la literatura. Olvidamos a menudo las obviedades del oficio. El éxito de Pasternak, poeta de genio y prosista discreto, del que se nos olvida a menudo lo que significaba como tradición – lo criaron como genio en una familia de artistas- debió su éxito en Occidente a un editor milanés, Feltrinelli, que publicó su Doctor Zhivago.Fue otro editor milanés y de muy distinto signo, Roberto Calasso, quien por razones que desconozco – siempre hay alguien de quien te fías y que dice, “acaso no conoce usted a Sándor Márai”, y eso te humilla porque no tienes ni idea y lo buscas para cubrir esa laguna cultural, que es como una herida. Un escritor grande y abandonado es un baldón para nuestra inteligencia. Y así ocurrió que Calasso leyó, al parecer en viejas traducciones francesas, las novelas de Márai, consiguió los derechos y lo lanzó a la gloria publicando El último encuentro en 1998, al que siguió la edición alemana, y el éxito, póstumo, porque el autor ya llevaba una década alimentando ortigas.

Lo mismo ocurrió en España. Calasso se lo contó a Sigrid Kraus, de Salamandra, y al año siguiente apareció El último encuentro, una obra modélica del taller de orfebrería de Sándor Márai, yo diría que una pieza de una brillantez mozartiana, comparable al soberbio ejercicio literario que es La mujer justa, para mí la novela más inteligente y demoledora de cuantas he leído de Márai y de la que sólo me permito hacer un par de apuntes críticos. Primero, la incongruencia del título, que no se corresponde con nada y que demuestra una vez más cómo gente que conoce, y brillantemente, el castellano puede errar en algo tan fundamental como el título. Justa,en castellano, remite a justicia,y Márai se refiere a verdadera, real, auténtica, en fin, todo lo que usted quiera menos justiciera. ¿Por qué osan los traductores enmendarle la plana al autor, que la tituló en 1941 La verdadera Judith? Incluso hay una traducción española de los años cuarenta que apareció con el título más adecuado de La verdadera, a secas. Una traducción donde no figuraba la última de las tres partes en las que está dividido el libro, que Márai había añadido en 1949, apenas exiliado de Hungría y ya establecido en Italia, y que en mi opinión constituye uno de los textos más demoledores, brillantes y literariamente deslumbrantes de cuantos escribió. Un texto que la censura española de los años del cólera jamás hubiera permitido. Las traducciones españolas de Márai parecen consentir los títulos más singulares. Así, por ejemplo, El último encuentro apareció en castellano, en los años sesenta, con ningún éxito de crítica ni de público, con un título cinematográfico de sesión continua,  A la luz de los candelabros. E incluso la última novela publicada acá, La Hermana (Salamandra, 2007), tiene la particularidad de que usted pasa la novela esperando que aparezca la hermana del músico protagonista, y no lo conseguirá, porque se refiere a la monja.

Hagamos como los malos periodistas, que en el enésimo párrafo explican lo fundamental y nos obligan a leer la información dos veces ¿Quién era Sándor Márai? Un burgués en un país donde había bastantes con conciencia de serlo. Imagínense la diferencia con nosotros; en toda la historia del pensamiento español del siglo XX, que no es para morirse de hartazgo pero hay donde escoger, sólo conozco a uno, sólo uno, que fue capaz de desarrollar el elogio de la burguesía a pelo. Fundamental en la cultural catalana, en mi opinión, y en la de Cambó, que le empleó reiteradamente. Me estoy refiriendo a Joan Estelrich y al prólogo que redactó en 1951 para las obras completas de Thomas Mann en Plaza y Janés, un texto que nadie cita y que me parece un documento excepcional en la cultura española del franquismo. El primer español, mallorquín de Felanitx, que hace un elogio de la burguesía como clase y como cultura. El primero y el único, porque lo de ahora es otra cosa. No le elogio, sencillamente lo valoro. De él escribió un homenot, perverso en su agudeza, Josep Pla.

Y es bueno vincular de alguna manera a Thomas Mann y a Márai, porque sus obras cabría situarlas en paralelo. (Existe una preciosa fotografía de ambos, saludándose, en Budapest). Esa tercera parte de La mujer justa ya citada, evoca el Doctor Faustus de Mann, del mismo modo que la trascendencia de La montaña mágica está diseminada por varios textos de Márai. Son dos burgueses conscientes, en un tiempo donde eso no estaba precisamente bien visto. Márai titulará la primera parte de su autobiografía Memorias de un burgués,y la segunda, no menos impresionante que la primera, seguirá en la misma línea de evocación de la patria de este gran cronista de la intimidad burguesa húngara.

Había nacido en una familia rica, culta y transigente el año cero del siglo XX. Goldsmith de nombre, que él literaturizó en Márai. Por esa maléfica inclinación de los traductores húngaros, excelentes por demás, esa segunda parte se titulará en castellano Tierra, tierra, en vez de País, país o Patria, patria, más acordes con el sentido del libro. Ala buena de la traductora Judith Xantus, que se suicidaría en España hace unos años, quizá nadie le había explicado que la expresión Tierra, tierra apenas si significa otra cosa que el grito de Rodrigo de Triana desde la carabela Pinta, cuando avistó a las dos de la madrugada del 12 de octubre de 1492 tierra americana.

Márai sufrió los tensos años de democracia que conoció Hungría, los que van del 1945 a 1947, luego huyó a Nápoles, y por fin a Estados Unidos, país que detestaba. Se hizo ciudadano norteamericano y escribió para Radio Liberty, la emisora para los estados del Este de Europa que emitía desde Munich, pero lo dejó en 1957 porque le avergonzaba. Se instaló en San Diego. Y allí, jodido y solo y sobreviviendo de rentas y autoediciones, se pegó un tiro una mañana de enero de 1989, unos meses antes de que se cayera el muro de Berlín. Dejó en sus dietarios un apunte final que nos recuerda a Cesare Pavese. Si uno escribió “ni un gesto más” y se dejó ir, el otro precisó “Ha llegado el momento”. Entre sus últimas reflexiones dejó ésta: “el comunismo es una tragedia, pero el verdadero enemigo es siempre la derecha hipócrita, codiciosa, vestida con el traje folklórico nacional”.