Hobbes, Rousseau y lo que usted piensa sobre el desorden

Los disturbios acontecidos hace unos días en Londres, Manchester, Birmingham y algunas otras ciudades inglesas nos sugieren que las bases del orden social son quizá considerablemente más frágiles de lo que parecen. Esas algaradas callejeras advierten de que, incluso en las democracias más estables de Europa occidental, la previsibilidad de conductas individuales y colectivas que dicho orden implica no es algo que deba darse por descontado ni ser percibido como un acervo irreversible de las sociedades pluralistas en que vivimos. Al mismo tiempo, son sucesos que también nos interpelan en torno a nuestra visión personal del desorden y de cómo hemos de proceder para evitarlo o mitigarlo. Y la visión que tengamos del problema tiende a alinearnos con lo que al respecto pensaban, hace cuatrocientos y trescientos años, respectivamente, el pensador inglés Thomas Hobbes, autor de Leviatán, y el filósofo francés Jean Jacques Rousseau, a quien se debe El Contrato Social. Pues bien, ¿es usted hobbesiano o rousseauniano?

A mediados del siglo XVII, en el tiempo de incertidumbre e inestabilidad que siguió a la Revolución Inglesa, Thomas Hobbes había hecho suya una concepción pesimista de la naturaleza humana. Acabó convencido de que, sin un Estado efectivo, en ausencia de una autoridad soberana, los seres humanos tenderían a conducirse en función de un egoísmo depravado carente de constreñimientos normativos y, como consecuencia, reinaría irremediablemente el desorden. De acuerdo con este razonamiento, cuando el desorden se prefigura, como en los violentos tumultos protagonizados en días pasados por miles de adolescentes y jóvenes ingleses, es que existe un debilitamiento de las instituciones, de la autoridad consentida y de los legítimos mecanismos de control social. Restaurar y mantener el orden requiere, según este punto de vista, actuar punitivamente contra quienes lo han quebrado y elevar, hasta hacerlo disuasorio, el coste individual en que pudieran incurrir aquellos que, en adelante, intentasen menoscabarlo.

Por el contrario, avanzado el siglo XVIII, unas décadas antes de la Revolución Francesa, Jean Jacques Rousseau sostenía, en esta ocasión a partir de una concepción optimista de la naturaleza humana, que el comportamiento de carácter desbaratador y destructivo no ha de ser imputado a los individuos sino a la sociedad. Es decir, que las imperfecciones del sistema político y las desigualdades en la estructura social explicarían cualesquiera acciones emprendidas por los seres humanos, de por sí sociables y solidarios, con el fin de transgredir el orden y producir desorden. De acuerdo con esta manera de ver las cosas, acontecimientos como los que se iniciaron en el barrio de Tottenham hace dos semanas, difundiéndose luego a otros distritos dentro y fuera de la capital británica, serían un corolario de la situación sociopolítica existente en el Reino Unido. La manera de poner fin a este tipo de hechos consiste, siendo coherente con esta óptica, en desarrollar reformas estructurales e invertir en educación formal.

Diríase que el primer ministro británico, David Cameron, ha dado una respuesta marcadamente hobbesiana a los altercados que se desarrollaron durante cuatro noches en Inglaterra. Su reacción ilustraría la mirada que a buen seguro muchos de ustedes han dirigido hacia esas manifestaciones más o menos multitudinarias, acompañadas de saqueos e incendios, que acaso coincidan en describir como vandalismo en masa. Rectificando dudas iniciales sobre la respuesta de las Fuerzas de Seguridad, Cameron ordenó una represión contundente de los alborotos y un inusitado despliegue policial. Calificó a los implicados en ellos de delincuentes, instando a su identificación, detención y envío a prisión. También a la imposición de multas y sanciones. Además, el pasado día 11, en la Cámara de los Comunes, dijo que su Gobierno sopesa la posibilidad de recurrir al Ejército en situaciones similares y de bloquear temporalmente las herramientas telemáticas de redes sociales utilizadas para movilizarse por quienes perturben el orden.

Pero las expresiones de violencia que han tenido lugar en Londres y demás ciudades inglesas han sido interpretadas por numerosos comentaristas en un sentido bien diferente al anterior. Una visión alternativa de lo sucedido niega que hayamos estado ante la actuación de bandas criminales y muchedumbres arrastradas por contagio de turba al delito instintivo. En lo que es un entendimiento genuinamente rousseauniano de los hechos, que acaso sea compartido por no pocos de entre ustedes, esa visión apunta al deterioro de las condiciones de vida, las altas tasas de desempleo, la pobreza, la precarización de la vivienda o la falta de oportunidades como factores conducentes al desorden. Con ello se sugieren razones y hasta justificaciones de índole sociopolítica, atribuibles a los recortes del gasto oficial en programas social en general y los presupuestos dedicados a la educación en particular, para el estallido de violencia callejera en cuya práctica se han implicado deliberadamente varios miles de adolescentes y jóvenes ingleses.

Llegados a este punto, permita que pregunte: ¿es usted hobbesiano o rousseauniano al opinar sobre esos disturbios y en torno al desorden? Si cree identificarse con una u otra visión, es momento de repensarlo. Caso de verse como más bien hobbesiano, debe afrontar con honestidad intelectual que la ausencia de respeto a los derechos y las libertades fundamentales, la falta de conformidad normativa o el nihilismo subyacentes a los aludidos hechos no se explican en atención a una supuesta inmoralidad constitutiva de los seres humanos. A la gran mayoría de los británicos les han conmocionado y exigen castigos ejemplares. Ni tampoco se explican según el cariz de la respuesta policial, que sí permite entender la dinámica y la extensión de tales hechos. Tras aquellas actitudes y creencias hay serias carencias de socialización en tanto que personas y ciudadanos. Serias carencias, sobre todo, en la transmisión de valores a través de la familia y de la escuela, por añadidura de los grupos de pares y también de los medios de comunicación.

Ahora bien, si usted se siente más bien rousseauniano, igualmente hay sobradas cautelas que adoptar, pues sus postulados adolecen de limitaciones que cabe deducir de una somera aproximación a las expresiones violentas de comportamiento de masas ocurridas en las mencionadas ciudades inglesas. Si las condiciones políticas y sociales fuesen tan decisivas para explicarlas, no estaríamos hablando de episodios localizados y acotados en el tiempo, recurrentes periódicamente durante decenios en coyunturas distintas. Ni estaríamos hablando de episodios en los que ha participado una pequeña fracción de la población británica correspondiente a las mismas cohortes de edad de la mayoría de los implicados, cuyos orígenes sociales y niveles educativos son por lo demás bastante variados. Para añadir más confusión, la oposición laborista, que se supone más afín a Rousseau que a Hobbes, ha criticado después de los disturbios, a través de Jack Straw, que el Gobierno conservador tenga previsto recortar el presupuesto destinado a la Policía.

Dejando a un lado la idiosincrasia británica, cabe pensar que los disturbios urbanos en Inglaterra sean exponente de patologías sociales observables en otros países europeos y cuya etiología no es atribuible a una sola variable sino al efecto combinado de varias. Extraigamos lecciones de la tolerancia estatal hacia conductas antisociales, de una gestión de los asuntos públicos que suscita desafección política o del conocimiento y los recursos policiales necesarios para preservar la legalidad, pero sin ignorar las circunstancias sociales propensas a la producción del desorden. Reflexionemos críticamente sobre un multiculturalismo que genera relativismo moral y una provisión sostenida de subsidios oficiales que puede desincentivar el esfuerzo personal y disolver el sentido individual de la responsabilidad. Hobbesianos o rousseaunianos, se trata de que, en nuestras sociedades abiertas, evitar el desorden, por motivaciones a veces coincidentes y otras diferenciadas, incline la voluntad de todos o la inmensa mayoría de los ciudadanos.

Por Fernando Reinares, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos.

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