Hollande y el mundo

Aunque los resultados positivos en materia económica y social están aún lejos de visualizarse, la actuación exterior del presidente parece satisfacer a los franceses. Las encuestas muestran que si bien no están contentos en el primer punto, dan un buen resultado al Ejecutivo en el segundo. Los franceses apreciaron la actitud del presidente después de los atentados del 7, 8 y 9 de enero del 2015. Laurent Fabius, ministro de Asuntos Exteriores, y Jean-Yves Le Drian, ministro de Defensa, son, por otra parte, los ministros más populares. Aunque esto le sirve de poco consuelo a François Hollande, ya que es principalmente en cuestiones económicas y sociales donde se jugará su posible reelección en el 2017.

A escala internacional, François Hollande abordó primero las relaciones bilaterales que se habían deteriorado durante los últimos cinco años. La energía y el modo de actuar de Nicolas Sarkozy habían creado tensiones alguna vez. La relación con nuestros socios europeos es ahora más tranquila. Los malos entendidos, a veces graves, que Francia tuvo con Japón, China, India, Turquía, Brasil, Argelia, México, entre otros países, se han disipado.

La intervención militar en Malí ha sido una de las actuaciones más importantes de este periodo de cinco años. Es cierto que la situación sigue siendo frágil, pero cabe preguntarse qué habría pasado en caso de una inacción francesa. Los yihadistas simplemente hubieran tomado Bamako y se hubiera creado el equivalente de un Estado Islámico en África. Más allá de lo peor, que se ha evitado, son las formas y los medios los que deben permanecer en la memoria: la capacidad de respuesta en las decisiones –aunque François Hollande haya sido acusado de procrastinación–; la intervención a petición de las autoridades nacionales con el respaldo de la población; la búsqueda de apoyo, tanto internacional (en la ONU) como regional; y lo más importante y que no se ha hecho en Libia, la reflexión posterior sobre la intervención. Porque hoy una intervención militar debe hacerse siempre en la búsqueda de una solución política. También se puede pensar, aunque la situación sigue siendo frágil, que probablemente se haya evitado un genocidio en la República Centroafricana.

La actuación de Francia frente a la crisis de Ucrania también ha sido igualmente positiva. Las sanciones decididas contra Rusia –para mantener un consenso europeo—no han tenido la complicidad de los estadounidenses. El contacto con Moscú se conservó. A pesar de las críticas, François Hollande mantuvo la invitación a Vladímir Putin para que asistiese a las conmemoraciones del desembarco de Normandía, y el presidente francés fue a Moscú para la reunión que se celebró en enero del 2015. Todo ello desembocó, el mes siguiente, en los acuerdos Minsk II, gracias a la pareja franco-alemana. Una vez más, se trata de una situación extremadamente frágil. Pero la solución diplomática –la menos mala de todas las demás– ha prevalecido en detrimento de aquella consistente en poner más leña al fuego al entregar temerariamente armas a Ucrania.

Del mismo modo, mientras que la mayoría no creía posible evitar un Grexit, la intervención de Francia fue decisiva para encontrar una solución de compromiso que fuera aceptable por Berlín y Atenas.

Tanto en lo que respecta al tema ucraniano como al griego, los reproches de prudencia y de falta de energía dirigidos a François Hollande han sido recibidos, pues, a contrapié. El presidente nunca ha sido hombre de declaraciones espectaculares, que satisfagan a los medios de comunicación y a una parte del público. La búsqueda del consenso y de la síntesis, que ciertamente ejercitó en su vida política anterior, le ha permitido encontrar un punto de equilibrio. Es evidente que hay un método Hollande en el que prima la paciencia y la discreción.

El acuerdo sobre la cuestión nuclear iraní está en el haber del ministro de Asuntos Exteriores y Desarrollo Internacional, Laurent Fabius, que algunos acusan de neoconservadurismo. El hecho de endurecer las condiciones no fue una traba para firmar el acuerdo, sino que lo hizo aún mucho más fuerte y más eficaz frente a los que preferían una solución militar.

Es poco probable que en su discurso del 25 de agosto ante los embajadores François Hollande ofrezca una visión global del mundo. Él es, ante todo, pragmático, y no le gusta sentirse acotado en un marco conceptual –en el que Laurent Fabius se siente a gusto–. En sus tres últimos discursos, ya ha abordado bastantes cuestiones diplomáticas, tema por tema. Hollande puede considerar, sin embargo, que esto no le impide ser eficaz. Esto no es falso. Se puede lamentar, sin embargo, que ello suscite una menor adhesión a nuestra política más allá de nuestras fronteras. La imagen de Francia en el exterior es también esta capacidad, que tenemos acreditada, para poder pensar de manera global.

Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.

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