Hollywood se aleja de Bush

Por Román Gubern, catedrático de Comunicación Audiovisual de la UAB (EL PAÍS, 14/11/07):

Hollywood fue siempre seguidista en relación con las consignas de la Casa Blanca, pues incluso cuando hizo películas progresistas durante la Depresión, las hizo siguiendo las directrices del New Deal de Roosevelt. En 1980 fue capaz de convertir a un actor tan mediocre como Ronald Reagan en presidente de la nación. No sólo eso, sino que Reagan rescató el título de una exitosa película de George Lucas, La guerra de las galaxias (1977), para bautizar una gigantesca fabulación bélico-espacial que tumbó financieramente a la Unión Soviética, que ya dedicaba la mayor parte del presupuesto nacional a gastos militares.

Esta sintonía entre Washington y Hollywood se reforzó tras el 11 de septiembre de 2001, a raíz del viaje que dos meses después efectuó a Hollywood Karl Rove, máximo asesor y estratega del presidente Bush, para entrevistarse con la cúpula de la industria del entretenimiento e impartir las consignas requeridas por los atentados terroristas y sus efectos en el imaginario y las conciencias de sus conciudadanos. Por entonces ya se había consolidado la expresión eje del mal, un concepto que parecía extraído de un extravagante tebeo de ciencia-ficción o de un serial cinematográfico de los años treinta. Ahora había que estirar un poco el famoso eje, para que cupiera también la guerra capilar y descentralizada promovida por Al Qaeda, fuerza ubicua que ha acabado por adquirir la etiqueta de islamofascista.

Las primeras consecuencias de la visita de Karl Rove a Hollywood resultaron deprimentes, pues reactivaron la tradición macartista de las listas negras, de modo que los profesionales disidentes de la política de la Casa Blanca recibieron amenazas o se les cancelaron propuestas de contratos. Éste fue el caso de Sean Penn, Susan Sarandon, Tim Robbins, Martin Sheen o Anjelica Huston. Al mismo tiempo, se estimuló la producción de ficciones que afirmaran la sólida imbatibilidad de Estados Unidos, gracias a su guerra encubierta y sus eficaces agentes antiterroristas. Y hasta se puso en pie una emisora de televisión en árabe, llamada Al-Urra (La Libertad), con base en Virginia, pero que no ha conseguido siquiera arañar las fieles audiencias musulmanas de Al-Jezira y Al-Arabia.

Pero algo se ha ido moviendo en los centros de decisión de la industria del entretenimiento. Es cierto que todavía en 2005 apareció la decepcionante World Trade Center, en la que el Oliver Stone radical que había ofrecido antes un implacable Nixon (1995) y un Comandante (2003) a la mayor gloria de Fidel Castro, se alineó con el consenso mediático-patriótico conservador que gobernó las miradas televisivas del 11-S. Y es cierto que Hollywood ha seguido cultivando el filón paranoico que conoció días de gloria durante la guerra fría, exhortando la consigne be safe. Aunque existe una notable diferencia entre ambos discursos, pues la guerra fría se libró entre dos potencias geopolíticas bien definidas y la nueva guerra se libra contra una poco visible infiltración capilar en la retaguardia nacional. Y no es casual que las nuevas angustias se manifiesten sobre todo a bordo de aviones. En Vuelo nocturno (Red-Eye, 2005), de Wes Craven, en el vuelo Dallas-Miami la protagonista es víctima del secuestro de un asesino mercenario que se propone matar a un diplomático. En Serpientes en el avión (Snakes on a Plane, 2006), de David R. Ellis, un asesino introduce serpientes en el avión que debe transportar a un testigo de sus fechorías. Invasión (The Invasión, 2007), de Oliver Hirschbiegel, es un remake de un glorioso clásico de la guerra fría, Invasión de los ultracuerpos de Don Siegel, en el que unos seres venidos del espacio suplantan a los humanos conservando su misma apariencia física. Y en la nueva versión de La guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005), de Steven Spielberg, ante la agresión exterior la hija del protagonista le pregunta: «¿Son terroristas?».

Pero el mercado está cambiando rápidamente ante la competencia de la televisión, Internet y los videojuegos, de modo que el público más joven y políticamente inquieto va al cine y frecuenta Internet, mientras que el de más edad y más conservador se queda en casa viendo una televisión conformista. Esto, y la creciente desafección a la política republicana, explica la aparición reciente de películas desmitificadoras, como Team America. La policía del mundo (Team America: World police, 2004), jocoso filme de marionetas de Trey Parker y Matt Stone -los creadores de South Park-, que muestra al terrorismo internacional formateado en clave de comedia. Ese mismo año, Michael Moore redescubrió el cine militante en su Fahrenheit 9/11, documental que desveló las conexiones del presidente Bush con los clanes saudíes del poder petrolero, que alimentaron el radicalismo islámico de Osama Bin Laden, antes de que se convirtiera en el enemigo público número uno de su país. El largo idilio entre la despótica dinastía saudí y Washington, que cerró los ojos a lapidaciones de adúlteras y escuelas coránicas que alimentaron al huevo de la serpiente, tuvo una etapa opulenta cuando los intereses petrolíferos tejanos, del terruño de Bush, entraron en colusión con los intereses petrolíferos saudíes. Gracias a Moore sabemos que estas amistades peligrosas fueron las únicas que pudieron abandonar Estados Unidos el día de la hecatombe. Miramax, vinculada a la casa Walt Disney, se negó a distribuir la película.

Poco después apareció Syriana (2005), de Stephen Gaghan, thriller político acerca de las relaciones entre la industria petrolera y el poder político que se juegan en el tablero de Oriente Próximo. En Syriana, un ejecutivo (interpretado por Tim Blake Nelson) afirma que «corrupción es la intromisión del Gobierno en el funcionamiento del mercado por medio de regulaciones». No sabemos qué opinaría el respetado republicano Alan Greenspan sobre este aserto, pero sabemos que acaba de aclarar en sus memorias que la guerra de Irak ha sido una guerra por el control del petróleo.

Entretanto, los neocons han vivido los descalabros de las dimisiones de Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Karl Rove, Albert Gonzales y John R. Bolton. Y esto ha tenido su eco en Hollywood, que, a diferencia de lo que ocurrió con la guerra de Vietnam, ha comenzado a emitir mensajes críticos sin esperar al final del conflicto iraquí. Con la mirada en las próximas elecciones, en Hollywood ya se ha iniciado un cambio de ciclo y de posicionamiento político. Michael Moore abrió la senda en el frente documental. Y en esa senda han seguido numerosos títulos, como The War Tapes (2006), de Deborah Scranton, montado con grabaciones efectuadas por los soldados en Irak, monitorizadas por la directora a través de Internet.

A los documentales han seguido los docudramas. Jarhead (2005), de Sam Mendes, se ha basado en el libro autobiográfico poco complaciente de un marine en la primera guerra de Irak; United 93 (2006), de Paul Greengrass, ha escenificado el destino del cuarto avión secuestrado el 11-S, mostrando la ineptitud de las fuerzas aéreas y los rezos simultáneos en cabina y en dirección política contraria a Alá, a Dios y a Jehová; The Situation (2007), de Richard Haas, muestra cómo militares norteamericanos arrojaron a un canal de riego a dos iraquíes por violar el toque de queda; en In the Valley of Ellah (2007), de Paul Higgins, un veterano de Vietnam investiga el asesinato de su hijo al regresar de Irak, cometido por sus compañeros de armas; Un corazón invencible (A Mighty Heart, 2007), coproducción angloamericana de Michael Winterbottom, muestra el secuestro y asesinato por yihadistas de un periodista judío del Wall Street Journal en Pakistán. Y la controvertida Redacted (2007), de Brian de Palma y premiada en Venecia, muestra cómo unos soldados americanos violan a una adolescente iraquí de 14 años, luego matan a su familia ante ella y después la asesinan.

Acaba de llegarnos, como avanzadilla de las nuevas ficciones sobre este malestar político, Leones por corderos (Lions for Lambs, 2007), de Robert Redford, que expone tres historias cruzadas e interconectadas, protagonizadas por un belicoso senador neocon (Tom Cruise, productor del filme), enfrentado en Washington a una periodista escéptica (Meryl Streep); un veterano de Vietnam y profesor humanista en California (Redford) y dos ex alumnos suyos, ahora soldados heridos y cercados por los talibanes en las montañas de Afganistán. Se trata de un filme bienintencionado y didáctico, aunque no puede sacudirse el tufillo claustrofóbico del viejo teatro de ideas. Pero su orientación es clara y confirma que Hollywood ha desahuciado finalmente a Bush.