Holocausto y los demonios de la Razón

La indiscutible singularidad del Holocausto no radica ni en su brutalidad ni en sus números, por extremos que hayan sido. Al fin y al cabo las hambrunas intencionales provocadas por Stalin y la Revolución Cultural de Mao, para citar hecatombes más o menos contemporáneas, fueron responsables de la muerte, esencialmente indiferenciada, de decenas de millones de seres humanos, genérica y ambiguamente señalados como “enemigos de clase” o “del pueblo”. Bajo esta categoría sucumbieron kulaks o pequeños propietarios rurales, como también sus campesinos, funcionarios de todos los niveles, verdaderos opositores, pero también forzados reclutas de monumentales proyectos fallidos, entusiasmados artistas incomprendidos …. y la mayoría de los fundadores de esas mismas revoluciones a cuyos principios se mantuvieron demasiado fieles según el juicio acertado u erróneo del dictador supremo. Diría que, para mejor afirmar la irracionalidad inapelable del Poder Absoluto, era preferible sacrificarlos por equivocación o por mero capricho que por razones aceptables como válidas para los demás. Esas multitudes anónimas han sido desde entonces reducidas a meras estadísticas como hoy lo son las muertes en carretera, epidemias o catástrofes naturales, apenas efectos secundarios, residuales, en la historia de los sucesivos y delirantes proyectos imperiales de la humanidad. Su recuerdo se limita a la rememoración íntima, privada, a menudo secreta, de las familias de los derrotados en contraste con la espectacular celebración institucional de los victoriosos héroes caídos. Y esta distinción ni siquiera es definitiva: vaivenes históricos hacen posible pasar del olvido a la épica y viceversa.

Desde Atila y Gengis Kan, impelidos por los instintos propios de una naturaleza que está lejos de ser inocente y prístina, y de la que está ausente todo principio de justicia, los fuertes han arrollado siempre a los débiles. En Occidente, inspirada en la Biblia, y para contrarrestar esa violencia ciega, surgió una vocación utópica que confiaba a los humanos la construcción de un camino hacia la redención, para acceder en esta o en otra vida al estado en que “el lobo y el cordero pacerán juntos, y el león, como el buey, comerá paja, y para la serpiente el polvo será su alimento” (Isaías 65:25).

Dado su muy discutible éxito, la modernidad fue sustituyendo al proyecto religioso por su versión secular -la Ilustración-, con la intención de abolir de una vez por todas el demoníaco movimiento pendular de la humanidad entre luces y sombras, mediante el acceso riguroso, ya no sobrenatural, a la Razón, con la máxima aspiración de instaurar una Paz Eterna. En este contexto histórico ocurrió el Holocausto, el máximo revés a dicha utopía humanista, pocos años después de que la Gran Guerra, de comienzo festivo y horrenda continuación, para muchos significó el fin de todas las guerras dado que esa era la enseñanza sin duda irrefutable de la Historia.

En la Alemania orgullosa de los ilustrados Goethe, Schiller y el judío Heine, que a la sazón era tal vez el país más avanzado del mundo, se fundó el Tercer Reich, componiendo de forma insólita una narrativa de barbarie y civilización con el entusiasta apoyo de las masas, junto a buena parte de sus premios Nobel. Tal aberrante y novedosa combinación tuvo como consecuencia el estallido de las costuras de un lenguaje abocado al delirio como nueva forma de normalidad, mientras que la correspondiente mezcla de horror gótico y fría eficiencia eludía la imaginación y, por tanto, todo sentido de responsabilidad. Quizá la dimensión de semejante engendro explique, incluso entre los bien intencionados, la perenne tentación negacionista. Mi propia madre vienesa, de familia completamente asimilada, descubrió su identidad racial judía, cuando las que hasta hacía poco eran sus amigas del barrio, después del Anschluss -la anexión de Austria por parte de Alemania-, visitaban su casa para ver cómo repartirse el botín que contenía, gracias a la aplicación inminente de las nuevas leyes de expolio antisemita. Muchos años después, sin embargo, a salvo en un Uruguay laico, tolerante y respetuoso con los Derechos Humanos, me confesó que en su fuero interno, como algún historiador revisionista, seguía tentada de pensar que el nazismo fue un mero accidente en la historia de su admirada cultura alemana, un acceso febril.

Seis millones de judíos fueron exterminados sin salir del todo de su incredulidad hasta que fue demasiado tarde. Sólo eso explica la escasa y puntual resistencia, excepto, por ejemplo, la rebelión del gueto de Varsovia. Ese levantamiento en armas paralizó a una división alemana lista para invadir la URSS. Los habitantes hacinados en el gueto, ya vagamente informados sobre la existencia de los campos de concentración, disponían por lo menos de la opción de decidir cómo morir. En cambio, los que fueron llevados ordenadamente a las cámaras de gas, creyeron más en los principios redentores del progreso racional que en la perversión de esos mismos principios por parte de sus ejecutores.

Un superviviente de Auschwitz, después de dudarlo mucho, volvió de visita al cabo de años a su ciudad natal en Hungría. Los antiguos vecinos lo recibieron cariñosamente: “sabemos que has sufrido mucho, pero también nosotros sufrimos lo nuestro: escaseaban los alimentos, la leña, la gasolina…” Dado tan abismal malentendido, comprobó que no había comunicación posible. Yo también me abstendré de hacer graduaciones entre las manifestaciones de la infamia. Basta señalar que el Holocausto no marcó un récord de maldad sino una perversa y no siempre obvia actualización de ese concepto. Frente a la tradicional y caótica violencia cíclica e indiferenciada de la Historia entre enemigos circunstanciales, los diseñadores del Holocausto idearon una moderna industria dedicada a la producción racional de muerte, entendida como producto de valor social. De ahí que se sustituyeran las sanciones habituales aplicadas al adversario derrotado, como tradicionalmente fueron la conversión forzada, la sumisión o incluso la esclavitud, por la deshumanización. Los judíos, excluidos de un orden humano por lo demás jerarquizado y encabezado por arios, debían ser exterminados, ni siquiera como castigo, sino en nombre de la sanidad y el progreso. Himmler se vanaglorió de ello en una arenga secreta a sus oficiales en Poznan: “Había que adoptar la difícil decisión de conseguir que esa gente desapareciera de la faz de la Tierra”.

Las arbitrarias y disparatadas pero muy elaboradas definiciones y pruebas formales que inventaron para identificar objetivamente al Judío Eterno fueron inicialmente consideradas de segura validez científica, aunque se correspondían muy poco con los variados perfiles físicos y confesionales de los israelitas. Al final, aplicaron un criterio maximalista e impreciso: tener algún antepasado judío en las últimas tres generaciones.

Pasados más de 70 años desde el Holocausto, la universalidad de los valores bíblicos absolutos -una universalidad concebida para unificar a la humanidad-, está siendo abolida por muchas naciones, para restringir esos valores en exclusiva a los suyos, considerados ontológicamente superiores, tal como hicieron los nazis. Mas allá del homenaje que merecen todos los muertos provocados por la sinrazón humana, las víctimas del Holocausto, por indecible que haya sido su vivencia, y que junto a los judíos incluyen a todos los colectivos que fueron considerados meros agentes tóxicos como los romaníes, los homosexuales, los de capacidad física limitada o los afroalemanes, deberían ser considerados héroes caídos en nombre de la esperanza utópica que no podemos darnos el lujo de abandonar. Rememorar el Holocausto es imprescindible para evitar nuevas transgresiones del concepto de humanidad en su peligrosa relación con la Razón. Sus consecuencias siguen vigentes. El rechazo ideológico del otro, como se manifiesta en el reemergente racismo y antisemitismo, nos empuja hacia una renovada caída bíblica. Quienes se empeñan en disolver la empatía para dejar paso a la exclusión, contribuyen al colapso de las condiciones mínimas que sostienen la fe en un referente moral absoluto, que algunos prefieren llamar Dios.

Roberto Blatt es filósofo y escritor uruguayo.

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