Hombres de Dios

Ni siquiera en circunstancias tan espantosas, el sectarismo anticlerical y la insensatez anticatólica han sabido actuar con finura. La desdeñosa portada de un periódico de difusión nacional, algunos comentarios maliciosos de los falsos progresistas radiofónicos y la cólera altanera de los indignados de siempre salieron al paso del traslado del sacerdote Miguel Pajares a Madrid, para ridiculizarlo y rebajarlo a un episodio que mostraba la dudosa gestión de las autoridades sanitarias. Cuando lo más apropiado es el respetuoso silencio o el reconocimiento conmovido de una labor, toda esa gente que dice querer preservar el laicismo del Estado ni siquiera pudo soportar la prueba más evidente de sus abusos de percepción y de su insultante desprecio por unas creencias. Simplemente, no pudo soportar el valor de la comparación y el peso de la prueba: el ejemplo de un hombre de Dios.

Aunque muchos charlatanes hayan rectificado enseguida, parecía que hasta la agonía de un hombre entregado a la causa de los más olvidados de la tierra, podía ser utilizada en una nueva campaña contra la Iglesia, para entender el traslado del enfermo a un hospital madrileño como una mezcla de privilegio de los católicos, frívola desatención a la seguridad sanitaria de los españoles y falta de respeto a los enfermos que tuvieron que ser derivados a otros centros.

El ejemplo de un hombre de Dios, en efecto. Porque eso es lo que tenemos. No solo para echárselo en cara a esa turba de desalmados sino para que la larga trayectoria de Miguel Pajares, incluyendo su final que es solo el principio de su entrada en la eternidad, nos alimente con la profunda fibra espiritual de su recuerdo. Esta es la noticia en frío: el sacerdote trasladado a un hospital de Madrid hace unos pocos días ha muerto por la devastadora acción de un maligno agente infeccioso. Ese virus, al haber sido controlado en zonas muy concretas de África, al no afectar nunca a los países desarrollados y cebarse solo en las personas generosas que arriesgan su vida en contacto con los enfermos, apenas ha recibido atención de la investigación farmacológica, dedicada a inversiones mucho más prometedoras en patologías que invaden el mundo desarrollado.

Pero hay un motivo más apremiante para escribir esta reflexión. Como bien saben los lectores, llevo tiempo refiriéndome a la forma de enfrentarnos a la crisis que ahora padecemos. En decenas de artículos he tratado de transmitir el convencimiento de que nos hallamos ante una crisis de civilización, que ha puesto de relieve el inmenso vacío de nuestra tradición, la pérdida de nuestras referencias culturales erigidas en Occidente desde el momento en que se proclamó la dignidad del hombre libre y universal. No podremos comprender la dureza de esta crisis si no la vemos como el producto de un desguace moral. No podremos medir su tarea destructiva, si no la consideramos como resultado de un prolongado olvido de nuestra sustancia espiritual y de un largo trayecto de contaminación de valores.

No es la agonía y muerte de Miguel Pajares lo que nos golpea, como un inmenso redoble de nuestra conciencia amortiguada. No es esa conmovedora entrega final a la cálida intensidad del Espíritu lo que nos convoca, como el pulso luminoso donde aún late nuestra condición de hombres hechos a imagen de Dios. Lo que nos inspira, lo que tensa nuestra aflicción y nuestra esperanza al mismo tiempo, lo que se levanta como severa advertencia de nuestra ligereza, es la vida de Miguel Pajares. Su asunción íntegra del dolor del mundo como algo que los seres decentes debemos cargar a nuestras espaldas es ejemplar en el sentido más profundo de la palabra: es excepcional. No se trata de un gesto que podamos imitar sin esfuerzo, de un ritual simbólico que podamos repetir en ceremonias rutinarias. El ejemplo de un hombre de Dios es otra cosa. Es una difícil conducta que nos pone a prueba precisamente porque se realiza por los mismos motivos por los que nosotros nos consideramos cristianos sinceros, católicos decentes, hijos de Dios, criaturas con la dignidad suficiente como para merecer la compasión de nuestro Creador y el respeto de quienes nos podrían tildar de meros propagandistas de una fe sin compromisos radicales en este mundo.

Miguel Pajares no solo alzó su voz contra una injusticia abstracta, ni se desmelenó en tertulias de sobresueldo apetitoso y vanidosa popularidad. Llevó, durante su larga vida, una tarea destinada siempre a reconocerse un siervo humilde de quienes sufren. No entendió que la atención a los pobres y a los enfermos le daba una superioridad anímica, sino que siempre comprendió el mensaje esencial del buen Jesús: quienes sufren nos aleccionan; quienes padecen llevan, en carne viva, la dignidad del hombre al que solo queda, despojado de todo, su esperanza y su fe. En contacto con quienes menos tienen, Miguel Pajares dio testimonio radical del sentido cristiano del humanismo. Ello nunca significó que la pobreza fuera morbosamente atractiva, ni el dolor un mero trámite a comparar con la salud del alma, ni la mejor circunstancia para vivir en contacto con Dios.

Todas estas apreciaciones son una insultante deformación del mensaje de Cristo pero, sobre todo, una vía equivocada para entender la labor de hombres y mujeres como Miguel Pajares. Porque estas personas luchan contra el dolor, quieren evitarlo o resolverlo. No se recrean en él ni lo subliman. No hacen literatura de circunstancias, no siembran el odio, ni convierten el hambre, la enfermedad o la humillación en una plataforma para el rencor social. Estos cristianos no solo luchan contra el dolor concreto del cuerpo, sino que salvan el alma de seres desdichados que podría degradarse en el resentimiento y la desesperación. Y para hacerlo, tienen que compartir la suerte de sus hermanos y ajustarse a una existencia con los riesgos de aquellos a quienes dedican su vida. Incluso tienen que saber morir.

Posiblemente, al propio Miguel Pajares le disgustaría una atención especial, cuando su muerte es una más, entre centenares de personas que la han sufrido en estos días y que la sufrirán en aterradoras semanas que aún nos esperan. Pero un ejemplo de este tipo no se ha hecho para ser silenciado por timidez pastoral, ni para ser amortiguado por pudor ante la humildad de una vida que nos conmociona. Este ejemplo lo es por la esperanza que nos transmite, por la fe que atesora, por la caridad que manifiesta. Este ejemplo es un testimonio y, como tal, nos obliga a hablar de él. Porque nos alegra, como cristianos o como simples personas que aspiran a la decencia. Nos exige vivir de otro modo, más atento a esa condición superior que tantas veces proclamamos como base de nuestros derechos y tan pocas como fundamento de nuestros deberes. Nos hace recapitular nuestra propia validez, la consistencia de nuestros actos, la lealtad de cada uno de nosotros a nuestros principios. Y nos hace sentir todo aquello que, hace dos mil años, un artesano judío anunció al proclamar la dignidad del hombre y su libertad esencial. Nos hace pensar que ese mensaje continúa siendo una promesa viva, compasiva y exigente, que renueva todos los días la posibilidad de nuestra salvación.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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