Homenaje al nonagenario Bernard Lewis

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington. Traducción: Verónica Canales (ala vanguardia, 06/05/06):

La tarde del viernes de la semana pasada, media Filadelfia quedó acordonada porque había llegado un gran número de personajes prominentes – políticos (senadores y el vicepresidente), estrellas de televisión, celebridades del mundo académico-, no para asistir a un funeral, ni para un estreno cinematográfico, sino con un objetivo insólito: la participación en un seminario sobre el islam y Occidente en honor al nonagésimo cumpleaños del decano de Estudios de Oriente Medio de Estados Unidos. El homenajeado era Bernard Lewis, un inglés que llegó a Estados Unidos a los sesenta años. La celebración fue un acontecimiento interesante: hubo muchos discursos, propuestas para resolver la crisis de Iraq, risas y gran cantidad de aplausos.

Serán pocos los que nieguen que Lewis es el orientalista más importante de nuestro tiempo, aunque seguramente tiene tantos enemigos como admiradores, y esto ocurre por dos razones. Algunos creen que es la eminencia gris detrás de la guerra de Iraq, la persona que inspiró al Gobierno estadounidense para lanzar el ataque contra ese país. Conozco a Lewis desde hace muchos años y estoy seguro de que eso es falso. Es cierto que se reunió en Washington con varios políticos de renombre que le pidieron consejo. Sin embargo, Lewis es un hombre precavido; como buen historiador, sabe lo difícil que resulta descubrir lo que ocurrió en el pasado (y que algunas veces es imposible). Lewis ofrecerá su asesoramiento en una situación determinada, pero sabe que el futuro es impredecible a priori, y será el último que diga a los líderes políticos «hagan esto» o «absténgase de hacer esto otro». Hablará sobre las posibilidades, perspectivas y peligros, pero dejará que sean sus interlocutores quienes saquen sus propias conclusiones.

Algunos académicos no han perdonado a Lewis que fuera el gran adversario de Edward Said, el famoso e influyente ideólogo de la vida intelectual estadounidense. Said, árabe cristiano de nacimiento y reconocido profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, publicó, en el año 1976, un libro de gran repercusión titulado Orientalismo,en el que argumentaba que casi todos los orientalistas occidentales eran partidarios del imperialismo, que no sentían ningún deseo de entender ni el islam ni a los musulmanes, que creían en la superioridad de la cultura occidental y que miraban por encima del hombro y con desdén, cuando no hostilidad y desprecio, todo lo oriental.

Lewis, orientalista de la vieja escuela y gran conocedor de las lenguas y culturas orientales, discrepó con esa declaración de guerra, que tuvo un gran eco en las universidades estadounidenses (y en Europa, en menor medida).

Demostró que Said no conocía en absoluto la obra del orientalismo europeo (en parte por la falta de conocimiento de los idiomas utilizados).

Entre los orientalistas no había hostilidad contra el islam ni contra los musulmanes. Si bien es cierto que no les faltó espíritu crítico, tal vez pecaron a menudo de un entusiasmo excesivo por el objeto de sus estudios.

Por ejemplo: los dos grandes orientalistas franceses del siglo pasado, Massignon y Bercque, llegaron a acercarse tanto al Corán y a la cultura musulmana que muchos árabes creen, aun hoy, que se convirtieron a su religión en secreto. Asimismo, los orientalistas judíos también fueron muy benevolentes, tal vez en exceso; en alguna que otra ocasión exageraron la armonía y la coexistencia pacífica entre musulmanes y judíos en los tiempos de Al Andalus, precisamente para señalar el contraste entre la tolerancia musulmana de la edad media al compararla con la persecución de los judíos en la Europa cristiana.

Lewis no propagó ninguna línea política en concreto, tan sólo se opuso a la politización de su campo de estudio, de la que decía que tendría consecuencias fatídicas.

Lewis se impuso en ese gran debate. Sin embargo, Said prevaleció en lo tocante a la orientación ideológica de los estudios de Oriente Medio en las universidades, aun cuando prácticamente todas las figuras destacadas del ámbito orientalista, incluso las que estaban muy cerca de Said en pensamiento político, no coincidían con él. Su doctrina antiimperialista se correspondía con el Zeitgeist del mundo académico. Toda una generación de jóvenes conferenciantes y estudiantes fueron influidos por ese espíritu de la época, y esa influencia no remitió hasta hace muy poco. A Bernard Lewis lo acusaron de imperialista y sionista: tenía un apartamento en la playa de Tel Aviv donde pasar las vacaciones.

Las consecuencias, tal como había predicho Lewis, no fueron positivas. En las universidades, conocer la teoría poscolonial y toda otra serie de doctrinas en boga se hizo muchísimo más importante que profundizar en la historia y los idiomas de Oriente Medio. En la década de los setenta, cuando la influencia del islamismo y las tendencias político-religiosas radicales empezaron a aflorar, Lewis estuvo entre los pocos que llamaron la atención sobre ese importante movimiento (en un ensayo titulado The return of islam El regreso del islam-).Cuando Ossama Bin Laden declaró la yihad contra Occidente en el año 1998, Lewis fue el único que dio a conocer ese hecho en un importante artículo publicado en Foreign Affairs.Los partidarios de Said estimaron que sus consideraciones carecían de relevancia y que, en cualquier caso, esa publicidad iría en detrimento de la buena reputación del mundo musulmán.

Han pasado los años, ese apasionamiento desapareció ya en gran medida. Said murió el año pasado; Lewis, un caballero anciano aunque aún muy activo, escucha con cierta satisfacción las palabras de elogio que le llueven. En algunos aspectos, la controversia se asemeja a la que se dio entre Sartre y Raymond Aron: el tiempo ha puesto a cada cual en su sitio. El reconocimiento ha tardado en llegar, pero Lewis ha vivido para presenciarlo.