Homúnculos

Hace tantos años que ya no recuerdo a cuál de los siguientes neologismos di, con cierto éxito mediático, cuño e impronta: necionalista, nazionalista, nacionalitarista. No me arrepiento de haber contribuido a la «crispación» política -como me reprochó un pelagatos de la izquierda lerda-, sabedor de que el peor insulto que podían escupirle a una persona en algunas regiones de la periferia, a veces preludio de asesinato, era español. Con estos antecedentes, propongo hoy homúnculo/homunculus al ser término muy gráfico y descriptivo respecto a los urdidores de la fraudulenta chapuza del así llamado procés. Chapuza imposible de cohonestar por mucho que gasten en indisimulada y costosa propaganda avalada, por ejemplo, por el PEN Club en el «NYT».

De diez millones de palabras que estimativamente hay en los Newton Papers, un millón tratan de alquimia. Por extraño que parezca a ojos de la ciencia actual, Newton -el físico más genial que ha habido, junto con Maxwell y Heisenberg- dedicó casi la mitad de su vida a buscar la piedra filosofal, grial de las ciencias ocultas. Inquietamente culto y adinerado, Keynes adquirió, en varias subastas, prácticamente la mitad de los manuscritos alquímicos de Newton y los estudió antes de donarlos al fondo de la Universidad de Cambridge, alma mater de ambos.

Informándome en Keynes, seguí a tientas la senda de Newton, aunque más lúdicamente que él, y encontré mi modesta piedra filosofal en «De homunculis» (circa 1529-1532), atribuido a Paracelso. Si bien el descubrimiento no me permitió transformar la paja en grano ni la arena en oro, me enriqueció como para entender un poco más, nunca es suficiente, de dónde proviene la admiración acrítica de la masa estabulada y espesa del independentismo catalán a unos líderes tradicionalmente tan mediocres -ambiciosos o masoquistas, no sabría decir- que llevan cien años de derrota en derrota. No obstante, lo verdaderamente desconcertante, lo que provoca casi conmiseración y una especie de interpuesta vergüenza ajena -«Íbamos de farol», dijo implorando clemencia la golpista escapada a St. Andrews- es que se cumple tercamente el aforismo de Monterroso: «Los enanos se reconocen entre ellos».

Homunculus/homúnculo es un ser mítico, hombrecillo o humanoide creado artificialmente en laboratorio (a partir de esperma y estiércol de caballo, por ejemplo), intento imperfecto e inacabado de ser humano. Ocurre que no es inapropiada metáfora plantear que la ingeniería social educativa, administrativa y mediática del independentismo catalán cree, artificiosamente al modo de los alquimistas, abundosas cohortes de homúnculos/ homunculi políticos en laboratorios ideológicos con el dinero que España, dicen, les roba. A veces la experimentación fracasa y, pasado el tiempo, los más maduros intelectualmente se escapan de entre las cerradas mallas de los alquimistas independentistas. Ciertamente, romper mentalmente el eslabón que aherroja los jóvenes al nacionalismo tiene mérito habida cuenta que más del sesenta por ciento del profesorado de secundaria se considera republicano y separatista.

Cuando le comuniqué el descubrimiento de mi piedra filosofal semántica -y el interés de la alegórica metáfora que enlaza los homúnculos con los enanos de Monterroso y las embridadas masas independentistas-, Fernando Savater confirmó que Goethe, en su maldad, hace aparecer un homúnculo en la segunda parte de «Fausto». Sin embargo, el descubrimiento hubiera resultado de poca utilidad si no me hubiese dado de bruces, por así decir, con unas encuestas que presentaban a Junqueras como el político más valorado por los independentistas. No me quedó adarme de duda: la masa social independentista catalana está formada por homúnculos políticos. Preciso, en breve acotación, que «hombre», cuando se refiere a la especie, es de género epiceno, indicando tanto el macho de la especie humana como la hembra. En consecuencia, los homúnculos pueden ser mujeres. Que se lo pregunten a Carme Forcadell, que iba matoneando Parlament adelante hasta que el Estado le paró los diminutos pies de homúnculo. Los cuatro.

Y es que Junqueras es paradigmático como homúnculo de malograda hombría. Resulta difícil encontrar hombrecillo político más insignificante, con menos dotes intelectuales al tiempo que más inmaduro. Tanto que impregna su gestualidad de lloriqueos adolescentes, pamplinas melodramáticas y teatralización de un heroísmo del que carece («Me clavo en el pecho la espada que ya no me servirá para combatir», escribió desde Estremera en plan guionista de una de romanos). Esto es, puro victimismo infantiloide y lacrimal interpretado para un público de homúnculos en consonancia.

¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Cómo los homunculi catalani se han engallado hasta desafiar a la nación más antigua y heroica de Europa? La respuesta es doble. 1. Los homúnculos se reconocen entre ellos. 2 Por el ocaso del Estado español en Cataluña. Es sabido, cuando el Sol está en el ocaso un enano proyecta tanta sombra como un gigante.

Juan José R. Calaza es Economista y matemático.

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