Honra sin barcos

Por Antonio Escohotado, profesor de Filosofía en la UNED (EL MUNDO, 06/09/04):

Hipótesis (lunes a mediodía): Yasir Arafat negocia secretamente con el G-8 y el FMI una especie de plan Marshall internacional que ya a corto plazo multiplique el nivel de vida de los palestinos. En el G-8 y el FMI su iniciativa se ha recibido con gran interés, por no decir inmensa satisfacción. Es una forma insólita de que un país salte a la opulencia, desde luego, pero entorpece al instigador de masacres, serena la compraventa de crudo y puede sufragarse con cifras a fin de cuentas muy modestas, si se comparan con el precio del ántrax purulento.

La superioridad negociadora que confiere a Arafat su apuesta por la paz le permite no sólo reclamar el cumplimiento de todas las resoluciones de la ONU desoídas hasta ahora por Israel, sino asegurar la caída de Sharon y el acceso al Gobierno de quienes no han dejado de manifestarse y trabajar allí por el mismo ideal de concordia y cooperación, que eran y son una amplia mayoría de los israelitas. De hecho, lo único que les paralizaba era la actitud de odio inconciliable sostenida abierta y encubiertamente por la ANP, un pretexto idóneo para que la minoría ultraortodoxa y sus carniceros asumieran las riendas del poder político.

El golpe de timón ha sorprendido algo menos a quienes conocen las memorias de Clinton, donde cuenta cómo en Oslo él y Rabin pasaron noches en blanco tratando de inclinar a Arafat hacia la postura que acaba de anunciar. Quizá exhausto por las maratonianas conversaciones y abrumado por la disposición conciliadora de sus interlocutores, el líder palestino prometió firmar al día siguiente un documento pacifista, si bien a última hora optó por desaparecer sin despedida. Rabin fue oportunamente asesinado por un ultraisraelí algo después, y en vez de distensión fue en aumento la espiral de violencia. Se dijo entonces que Arafat temió por su liderazgo en una Palestina descargada del sionismo como mal absoluto, por las mismas razones por las que Castro podría ver amenazado su liderazgo en una Cuba descargada de Estados Unidos. Los salvadores providenciales no renuncian a su deber salvífico, aunque implique un infierno práctico para los salvados.

Sin embargo, observemos las primeras reacciones al giro adoptado por Arafat y su equipo. Los primeros ministros de la ANP que habían dimitido -por recibir poderes muy recortados- se han puesto incondicionalmente a su disposición, y la amplia mayoría del pueblo que -como el israelí- quiere una existencia distinta del bombardeo, la autoinmolación y el delirio persecutorio, ha estallado en grandes explosiones de júbilo. Prácticamente todas las mujeres, y todos los varones que no viven directa o indirectamente del yihadismo, han tenido dificultades para conciliar el sueño anoche, no ya pensando que pasarán de la indigencia al desahogo y de la opresión a la libertad, sino sencillamente anticipando el fin de una guerra cruel, donde ambos bandos estaban destinados a perder.

Egipto, Arabia y los emiratos se han apresurado a aplaudir la iniciativa, que según el premier egipcio descubre a Arafat como estadista insigne. Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Jordania, Afganistán y Pakistán se han sumado poco después al entusiasmo.Enmudecidos por la sorpresa, países como Siria o Malasia todavía no se han pronunciado, pero probablemente aplaudirán también.En el Bangkok Post, el titular de primera página sentencia: «Arafat logra un super plan Marshall para su maltrecha nación». Sólo Irán considera que la iniciativa será traicionada, siendo en sí una trampa; la paz con los judíos es una promesa imposible de cumplir sin previa devolución de todo el territorio palestino, y quizá eso solo no baste para reparar las afrentas al islam.

Imaginando que mucho más severa aún va a ser la opinión de Al Qaeda, Arafat tiene ahora a dos batallones de guardaespaldas, apoyados por el propio ejército israelí como segundo cinturón defensivo, para protegerse de las previsibles iras. Algún grupo -como los Leales del Enterrador Ahmed- ha decretado ya cruzada santa contra él, y se prevé la llegada a Ramala de muchos peregrinos homicidas, desde países circundantes e incluso lejanos. Son personas y grupos que, si tuviesen armamento nuclear -como Israel- no vacilarían en usarlo, y que por desgracia son indiscernibles a simple vista de otros islámicos.

El reencuentro con la realidad (lunes a media noche). Comparada con la observación, la fantasía gana en sencillez lo que pierde en pormenor. Unas pocas veces la sencillez delimita alguna pregunta perdida en mil respuestas, como: ¿quién quiere la paz en Palestina? La fantasía es acariciada por el resto del mundo, por la mayoría de los gobiernos árabes y, redondeando el cuadro, por la mayoría del censo israelita y palestino. Pero la realidad pone las cosas en su sitio, con un Arafat de carne y hueso. Como una muralla transparente que se pierde en el azul, respetar el odio acumulado le parece el único destino inmediato para el buen palestino, aunque el efecto sea tan lesivo para la dignidad humana como mediocre para su causa. Pasado inmodificable, la sangre derramada prohíbe dar o recibir paz.

Atreverse a lo contrario, dejando correr el agua derramada, traicionará ideales y tumbas, pero es algo que le ocurre a cualquiera en casi cualquier momento. Basta pensar en seres queridos para no querer guerra abierta ni larvada, por ejemplo. Lo más feroz del conflicto en Palestina es ser crónico, renovándose los agresores-agredidos para su desigual combate: terrorismo indiscriminado contra discriminado, desesperación rencorosa contra alevosía vengadora. Pero, además de cada frente y sus respectivos jefes, unos y otros tienen profesiones que alcanzar o ejercer, familias por hacer o criar, vidas que vivir a su manera, y quien atribuya al grueso de la población palestina o israelita otro deseo que una paz digna, acordada cuanto antes, menosprecia el sentido común de ambas.

Por otra parte, la paz podría no llegar sin alguien como el Arafat imaginario, que, capitalizando el ansia mundial de paz dijese a las partes: «¿Qué le dan a mi pueblo por renunciar al odio, y admitir sin reservas la existencia de Israel?»’. Estando en su derecho para ello, bien podría hacer acopio de las cosas hoy innacesibles o escasas en Palestina. Curiosamente, la fantasía no se despega de lo verosímil mientras describe potenciales estallidos de alegría en unos u otros, y sólo se aparta de la realidad en el detalle episódico, personal. No aparece ese estadista tan magnánimo como práctico que impida a Israel rechazar los términos de una paz digna.

En esas estamos, aunque una información tendenciosa quiera presentar el asunto como una película de buenos y malos. Cuenta la Biblia que Yahvé concedió a cierto caudillo tribal el deseo de «parar al Sol y la Luna en su movimiento» (Josué,10:12), no por capricho sino para poder exterminar a los reyes palestinos recién vencidos.Mucho tiempo más tarde este prodigio hizo arrodillarse a Galileo, acusado de querer negarlo con una absurda teoría sobre el movimiento de la Tierra. Obsérvese, sin embargo, que quien ahora invoca guerra santa y apoyos de Alá para vencer a los judíos es el caudillo palestino, como si por esos lugares nada hubiese cambiado salvo ir de un Todopoderoso u otro.

Mientras sea reconocido como Estado, Israel firmaría ahora una paz sin restricciones, centrando sus esfuerzos en ceder la menor cantidad de territorio posible, aunque estaría dispuesto a serias concesiones en ese sentido. Es su vecino y adversario ancestral, a fin de cuentas su hermano, quien ha de hacer un movimiento distinto de tirar piedras, quizá no tanto por fiarse de su enemigo como por confiar en el resto del mundo, que a cambio de paz allí asumiría convertir sus eriales en vergeles hidropónicos, sus gargantas en presas, sus radas en puertos, sus montones de cascotes en barrios trazados a escala patricia. Cualquier inversión nos saldría barata si ayudara a desactivar una militancia que -siquiera sea formalmente- parte de la situación palestina como motivo más sólido para hacer y poner bombas en cualquier sitio, mucho mejor si fuera Israel.

La de que «más vale honra sin barcos que barcos sin honra», como exclamó nuestro almirante, parece una actitud poco considerada hacia la marinería, si bien hay marinería que quiere ante todo honra, y se ahoga sin una queja. Así, desde nuestros cómodos hogares vemos cotidianamente cómo en eriales y descampados el heroísmo se casa con el terror, y la mezcla de rabia y pena nos enmudece. No estamos en etapa martirológica, culturalmente hablando, y todo nos inclina a arreglar el conflicto entre honra y barcos con acuerdos. Eso significa ofrecer lo que sabemos, reducido finalmente a producir una amplia gama de bienes y servicios accesibles.Sin embargo, pasar de una vida áspera a otra muelle es comienzo y fin de nuestra oferta, cebo más que suficiente para unos aunque insuficiente para quienes inspiran o acarician el martirio.

Seguimos contemplando entonces las masacres de cada día, abrumados de impotencia ante la tragedia de israelitas y palestinos, tan remotos en apariencia como Flash Gordon y Harún al Raschid aunque tan familiares por ADN como los primos de nuestros padres. Siglos y hasta décadas atrás Oriente Medio era una tierra para exploradores, que imaginábamos enmarcada por tiendas fastuosas en el desierto, danzarinas, escopeteros y caravanas. Hoy, Oriente Medio vive básicamente de intercambiar con nosotros bienes y servicios a cambio de su petróleo, que para nuestra industria es como para el animal su sangre. Peor que desunidos, somos los malos y a la vez estamos atados de pies y manos a los buenos, que, incapaces de repartir con alguna equidad las rentas de su oro negro, deben emigrar a tierras infieles para hacer allí los trabajos más duros.

La magnitud del entuerto sugiere refugiarse en la fantasía, que a fin de cuentas tiene presentes a las madres, los niños y los viejos en unos y otros barrios de Jerusalén, todos ellos pidiendo que el ayer no aplaste sine die al hoy. Por desgracia, los vendedores de honra sin barcos no dejan de prosperar precisamente a su costa.