Hospitalidad y nacionalismo

Movido por las presiones de diversos colectivos, el Gobierno acaba de anunciar que modificará el anteproyecto de la nueva Ley de Extranjería. En su formulación inicial, se sancionaba con multas de 501 a 30.000 euros «a quien promueva la permanencia irregular en España de un extranjero». Una medida que habría supuesto criminalizar la solidaridad. Miles de personas y cientos de ONG dedicadas a ayudar a los inmigrantes, legales o no, habrían sido penalizadas. Castigadas por ayudar al prójimo, nada menos. Y lo que esas miles de personas encarnan entre nosotros es aquello tan obvio, y tan olvidado, que afirmó John Stuart Mill: «Las leyes nunca mejorarían si no hubiese personas de sentimientos morales más altos que las leyes mismas».

Lo que probablemente perseguía el anteproyecto era dificultar la vida a las mafias que explotan la pesadilla en la que los inmigrantes se hallan atrapados. Pero, con su desgraciada redacción, lo que la ley iba a conseguir era colocar también en la picota a los que, en el otro extremo del eje moral, se dedican ayudar a los inmigrantes a cambio de nada. Pronto apareció un movimiento recogiendo firmas para modificar la ley. A su manifiesto, titulado ‘Salvemos la Hospitalidad’, se podían adherir tanto individuos como asociaciones. El movimiento perseguía que se modificara la ley de modo que tan sólo en el caso de que exista ánimo de lucro de por medio pudiera penalizarse la colaboración. Parece que han conseguido su objetivo y que en nuestro país no verá la luz el que ya empezó a conocerse como ‘delito de hospitalidad’. Sin duda, una buena noticia.

Tal y como el citado manifiesto -disponible en Internet- recoge, la hospitalidad es un deber ético que todas las culturas reconocen y que algunas han elevado a seña de identidad. El manifiesto la apuntala citando el Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «Todos los seres humanos (…) tienen el deber de comportarse fraternalmente los unos con los otros». Los que, con fe o sin ella, prefieran una versión infinitamente más bella y cautivadora del precepto pueden acudir al Evangelio de Mateo, que narra un pasaje tan hermoso desde un punto de vista moral que siempre emociona recordar: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui extranjero, y me recibisteis».

En principios así late lo mejor de la Humanidad. Y si algo nos enseña la historia es que los progresos morales que se han logrado hasta la fecha han sido obtenidos siempre a golpe de desobediencia. La cita de Stuart Mill que he recogido antes se encuentra en su obra ‘La esclavitud femenina’. Mill fue un pionero en defender la igualdad de la mujer en una época, finales del siglo XIX, en la que todavía se consideraba que la mujer no era un ser completo, que tenía el cerebro más pequeño que los hombres o que era incapaz de manejar bienes propios. Él fue un adelantado, pero pronto las sufragistas consiguieron lo que entonces parecía imposible, la igualdad política y civil entre ambos sexos. Y lo hicieron desobedeciendo, por supuesto. Como tuvieron que desobedecer y luchar los obreros, los negros, los homosexuales o los indígenas. Si el mundo es injusto, entonces también lo es la ley que lo rige. Por eso lo legítimo choca tan a menudo con lo legal, y por eso los desobedientes han marcado siempre la ruta a seguir.

Si hay hoy entre nosotros una cuestión que nos enfrenta a la injusticia y que nos impele a desobedecer es sin duda la del nacionalismo. No la del nacionalismo como programa político, sino la del nacionalismo como realidad social instalada entre nosotros de un modo tan natural que no la percibimos. Porque la división nacionales/extranjeros, con sus correspondientes y diferenciados derechos, aunque nos parezca hoy tan obvia como lo eran hace dos siglos las de blanco/negro u hombre/mujer, es tan artificial, tan interesada y -esperemos- tan caduca como aquéllas. Algunos actúan ya como si esa distinción fuera un obstáculo más a superar en el camino del progreso moral, y siguen la única vía que la ley les permite: desobedecen. Como siempre, ellos marcan la pauta.

Jorge Urdánoz Ganuza, Doctor en Filosofía, Visiting Scholar en la Universidad de Nueva York.