Hoy es un buen día para morir

Es lo que que le decía el gran jefe indio al personaje interpretado por Dustin Hoffman en la película Pequeño Gran Hombre: «Hoy es un buen día para morir». Después de eso se dirigía al cementerio y se tumbaba para esperar la muerte. Pero lo que llegaba era un aguacero que lo hacía regresar a su tienda. Se lamentaba: «A veces la magia funciona y a veces no».

Esa actitud de fatalismo por exceso de imaginación es lo que parecía impregnar la actitud del Gobierno griego durante los últimos seis meses, empantanado en unas negociaciones que parecían no tener interés en culminar. Hasta que llegó el cierre bancario y todo pareció prepararse para morir. Alexis Tsipras reaccionó entonces y se tomó la negociación en serio, pero ya cuando la economía griega caía por el acantilado. Una posición negociadora poco envidiable: la magia no había funcionado

Hoy es un buen día para morir

¿Qué es lo que llevó al Gobierno griego a esa actitud fatalista? ¿Quizá la expectativa de que diera fruto alguna de las dos iniciativas clandestinas lideradas independientemente por dos de sus ministros (Lafazanis y Varoufakis) cuyo objetivo era salir del euro y regresar al dracma? ¿Quizá un ansia histórica de emular a los bolcheviques en las negociaciones de Brest-Litovsk encaminadas a firmar la paz por separado con Alemania? Hay que recordar que para encabezar esas negociaciones Vladimir Lenin eligió a León Trotsky porque, literalmente, «se necesita a alguien que sepa dar largas a estos señores». Todo ello con un resultado desastroso, como en el caso de Grecia: Rusia perdió un tercio de sus tierras cultivadas que sólo recuperó parcialmente tras la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial.

Con tanta atención centrada en Grecia, casi han pasado desapercibidos dos hechos de mucho más calado económico y político: la contracción del comercio mundial en un 3,4% entre enero y mayo de 2015 y la caída de la Bolsa en China que, ¡oh, fatalidad!, se iniciaba el mismo día en que el presidente Xi Jinping cumplía años, por lo que los pequeños inversores chinos esperaban una propina presidencial en forma de nueva subida de los precios de las acciones. En lugar de eso, lo que tuvieron fue una caída del 2% que en los días siguientes provocó el pánico vendedor: en parte por la decepción; en parte porque se lo tomaron como muestra de desinterés oficial por seguir apoyando la subida de las cotizaciones, y en parte para que no se esfumaran los beneficios acumulados en una subida del 150% durante los 12 meses anteriores. Las autoridades intentaron contener la estampida pero la magia no funcionó hasta tres semanas (y medio de billón de dólares del Banco Central chino) más tarde, cuando ya la Bolsa había perdido un 32%.

Y es que en la subida y también en la bajada posterior de la Bolsa china han jugado un papel destacado los pequeños inversores que han utilizado para ello no sólo sus ahorros, sino también un procedimiento que ya causó efectos letales en el crac de 1929, las compras a crédito, algo que se parece mucho a la compra de una vivienda mediante un préstamo hipotecario, sólo que en este caso la garantía no es una vivienda sino las acciones que se compran con ese crédito. Cuando, como en el mercado de la vivienda, la caída de precios hace que las acciones valgan menos que el préstamo, las sociedades de valores exigen al cliente un depósito adicional de fondos y si el cliente no cumple con el requisito proceden a vender las acciones. Si la caída de precios ha sido muy fuerte, el cliente puede quedarse sin acciones, sin depósito y con una deuda, además, con la sociedad de valores. Lo que explica el pánico provocado por la caída de la Bolsa y el mecanismo que la retroalimenta. ¡Aquí nadie defiende la dación en pago!

Para entender el impacto de ese pánico hay que señalar que en China la compra de acciones por ese procedimiento pasó en 12 meses de menos de 80.000 millones de dólares a casi 400.000 millones. Ni qué decir tiene que buena parte de esos préstamos (llamados en inglés margin loans) eran concedidos a personas sin la preparación adecuada, financiera o general.

¿Tiene todo esto algún significado económico? ¿Es síntoma de algo malo que pudiera estar sucediendo en la economía china? A juzgar por lo que pasó en los años 2007/2008, sí. En aquel entonces la Bolsa china se desplomó en un año un 74%, tras haberse multiplicado por cinco en los dos años anteriores. Occidente no dio especial importancia a ese hecho que, sin embargo, fue precursor de lo que vino a continuación: caída de las demás Bolsas (europeas y americanas), crisis crediticia y recesión global. Y dentro de ésta, un frenazo de la economía china que hizo temblar a sus dirigentes, llevándoles a sobrerreaccionar con estímulos fiscales gigantescos que terminaron en lo que parece un enorme despilfarro. Hoy la economía china tiene una deuda total (privada y pública) de 28 billones de dólares (era de 7 billones en 2007) lo que equivale a 282% de su PIB.

Se encuentra pues, China, en una encrucijada compleja en que confluyen una crisis inmobiliaria (los precios de la vivienda estuvieron cayendo todo el año pasado y primeros meses de 2015, aunque parece que ahora se han estabilizado un poco); una burbuja crediticia, fundamentalmente por el endeudamiento de empresas y de los entes locales, ayuntamientos y gobiernos regionales, que ahora no pueden devolver esos préstamos, y una burbuja bursátil que es la que, por la virulencia de las subidas y bajadas, resulta desde el exterior más llamativa. A esto algunos gustan de añadir una burbuja de inversión que no es sino el reverso de las otras burbujas.

Con no ser poco lo dicho, todo llega en un momento en el que la economía china se desacelera y el Gobierno trata de cambiar el modelo de crecimiento pasando de una economía en la que la inversión juega un papel clave a otra en que ese rol le corresponda al consumo (como en las economías más avanzadas). Y aunque las estadísticas oficiales de China constatan que su economía está creciendo al 7% (objetivo marcado por el Gobierno para este año), se extienden las dudas sobre lo verosímil de esa afirmación y muchas estimaciones privadas rebajan la cifra sustancialmente, algunas hasta el entorno del 3%. Lo que para una economía que ha venido turbo-creciendo años significa un gran frenazo.

Como el precio de las materias primas ha venido cayendo a lo largo de los mismos años en que la economía china ha pasado de tasas de crecimiento del 10% a esa más moderada del 7% o puede que incluso menos, se interpreta generalmente que lo primero es consecuencia de lo segundo. Y aquí es donde los problemas de la economía china amenazan con convertirse en un problema global: la caída de precio de las materias prima tiene ya en recesión a países emergentes como Brasil o Rusia y amenazados de caer en ella a muchos más. Esto, a la par que sus monedas se debilitan (por ejemplo, el real de Brasil un -22% frente al dólar en lo que va de año) lo que hace muy complicado el pago del equivalente a diez billones de dólares de deuda en divisas que tienen contraída.

Todo esto habría bastado hace años para que se hubiera desencadenado una crisis de proporciones colosales en los países emergentes. Si hasta ahora no ha sido así es porque en los años de bonanza todos han acumulado importantes reservas centrales de divisas, lo que no era el caso en la crisis anterior de los emergentes, la de 1997/1998. La larga duración de la caída de precio de las materias primas va, sin embargo, consumiendo ese colchón de seguridad.

El último signo ominoso de la caída de precio de las materias primas proviene de lo que podríamos llamar el ciclo histórico de éstas y su relación con la actividad económica global: desde 1950 pero, sobre todo, desde 1970 en que las variaciones de precio han sido más importantes, cada vez que han caído con fuerza los precios de las materias primas, entre uno y cinco años más tarde se ha iniciado una recesión, o una crisis de pagos de los países emergentes o un crac de Bolsa. Y la mala noticia es que están a punto de cumplirse los cuatro años y medio desde que se inició este ciclo bajista.

Puestas las cosas así, parece concluyente que un destino fatal se aproxima y que habría que empezar a preguntarse (en términos figurados, y económicos, claro) si hoy es un buen día para morir. Quizá para que, como en Pequeño Gran Hombre, el augurio termine culminando tan solo en un aguacero.

Juan Ignacio Crespo es estadístico del Estado y autor de Las dos próximas recesiones.

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