Huir de la libertad

Una de las situaciones más escalofriantes del surgimiento del Estado Islámico es que tantos ciudadanos de países occidentales se hayan unido a las tropas del grupo para convertirse en terroristas suicidas y decapitar rehenes. ¿Por qué cientos de musulmanes, muchos de ellos cultos y provenientes de la clase media abandonan las cómodas democracias occidentales para unirse a un movimiento brutalmente primitivo? ¿Qué torna a jóvenes hombres y mujeres susceptibles al mensaje islámico extremista?

Mientras observaba el surgimiento de los nazis en la década de 1930, Sigmund Freud describió el peligroso atractivo de los líderes autoritarios y el satisfactorio autobombo que experimentaban sus seguidores cuando subsumían sus personalidades a una ideología o un grupo. Para esos acólitos, la libertad es una situación psicológicamente onerosa. Según una famosa afirmación de uno de los discípulos de Freud, Erich Fromm, la necesidad de escapar de las exigencias del libre albedrío –adoptando rígidas creencias o normas de conformidad– puede resultar especialmente atractiva para quienes no han desarrollado completamente un fuerte sentido de identidad autónoma o la capacidad de pensar por sí mismos.

Las democracias contemporáneas de las cuales escapan los yihadistas occidentales ofrecen un grado de libertad sin precedentes. Es difícil concebir una forma de comunidad política que requiera tan poca lealtad de sus miembros, proponga tan pocas normas compartidas e imponga tan pocas pautas de comportamiento. En casi todos los aspectos de nuestras vidas –la moralidad, los modales, la sexualidad, la estructura familiar, las carreras y las creencias religiosas– los occidentales básicamente podemos hacer lo que nos plazca.

Esto parece una situación extremadamente deseable, propicia para cultivar una buena vida. Pero en las últimas décadas, las democracias occidentales han sufrido una marcada crisis de identidad, manifiesta en la falta de voluntad para articular principios éticos organizadores o proyectar valores democráticos en la escena internacional.

Al nivel interno hay una amplia desconexión con el sistema político y una creciente sensación de distanciamiento radical entre algunos ciudadanos, especialmente los jóvenes. También parece existir un generalizado aumento de disfunciones psicológicas, que van desde la anorexia y la obesidad hasta el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, y una extendida depresión que ha llevado a un masivo aumento en el consumo de psicofármacos.

Esos síntomas y síndromes no pueden entenderse en términos puramente económicos, aunque más no sea por estar tan extendidos entre la clase media como entre los pobres. Lo que es posible, sin embargo, es que el etos occidental de libertad irrestricta y tolerancia permisiva no brinda a algunas personas el andamiaje psicológico necesario para construir una identidad que pueda hacer frente a las demandas y presiones de la constante elección individual.

Desarrollamos nuestras identidades en relación a otros. La incorporación de supuestos, ideas y aspiraciones culturales estructura nuestra percepción del mundo y nos proporciona una orientación psicológica y moral. En las sociedades abiertas y multiculturales actuales, la necesidad de elegir siempre está presente, sea por cuestiones banales (¿qué dentífrico debo comprar?) o esenciales (¿dónde encuentro fuentes de propósito o significado en mi vida?). Pero, sin normas culturales compartidas en las cuales basar las decisiones sobre, digamos, cómo lograr el bienestar o dirigir la propia vida, ¿cómo podemos distinguir entre las buenas y las malas decisiones? ¿Qué se considera bueno o malo?, ¿qué es sincero y qué, falaz?

De alguna manera, los occidentales que deciden abrazar la ideología islámica fanática son una manifestación extrema de un fenómeno mucho más extendido. El credo despiadadamente rígido del Estado Islámico libera a sus seguidores de la desorientadora carga del pensamiento o la elección autónomos. Fromm mantiene su relevancia: La huida para abrazar un movimiento violento como el Estado Islámico también es una huida de la libertad de quienes no están satisfechos con ella.

Algunas de las afirmaciones de los yihadistas explicitan la conexión: «La cura para la depresión es la yihad» declara un recluta occidental en un video del Estado Islámico. «Sientan el honor que sentimos. Sientan la felicidad que sentimos». Otro simplemente afirma: «No a la democracia». El hastío democrático genera las condiciones para la radicalización y los movimientos islámicos extremos saben muy bien cómo explotarlo.

La seductora llamada del extremismo no será silenciada con súplicas a los imanes fundamentalistas en las mezquitas europeas para que dejen de adoctrinar a los jóvenes musulmanes. La iniciación en la ideología islámica debe ser contrarrestada por una iniciación mucho más fuerte en la cultura de la democracia y sus valores fundamentales, y por una afirmación mucho más fuerte de esos valores en nuestro discurso político.

Es a través de una mayor confianza y convicción, más que de la insípida tolerancia, que las sociedades democráticas pueden contrarrestar el atractivo de las causas fanáticas y a sus líderes carismáticos. Solo un compromiso renovado con la idea de la democracia puede ocuparse de la desafección y la desconexión que plagan a las sociedades occidentales, de las cuales los yihadistas del estado islámico son tan solo el síntoma más perturbador y peligroso.

Eva Hoffman, the author of Lost in Translation and After Such Knowledge, is a former editor of The New York Times. Traducción al español por Leopoldo Gurman.

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