Humanidad y poesía

Días pasados, en un hotel de Guangju, en Corea del Sur, me despertó el repetido estrépito de un vuelo de aviones militares. El hecho no hubiera tenido mayor importancia si, al encender al azar el televisor, el tema de un noticiario casi monográfico no hubiera acrecentado mi preocupación ante la tensión que se vive en la zona. Dicha tensión aumentaba con otra noticia: la del viaje que en esos mismos días estaba haciendo el presidente Trump por Extremo Oriente: Japón, China o la propia Corea del Sur. ¿Ocurría esa mañana algo grave?

Días después, encontrándome en Seúl, estas circunstancias volvieron a ponerse de relieve durante un paseo hacia el Palacio Real. Quería ver de nuevo el fuego y el oro que el otoño ponía en ese gigantesco árbol que hay entrando a la izquierda, en un prado, al lado del Museo del Palacio. Pero en mi sereno caminar me encontré, inesperadamente, con cierto tumulto ante la embajada norteamericana. En su puerta había dos manifestaciones con mensajes opuestos: «We love USA» y «Trump, not war». Pero, apartada de los dos grupos, se encontraba una muchacha sola, con un cartel que decía: «We want peace», un deseo que quizás buscaba evitar los extremos.

Ya a la sombra del buen oro de aquel árbol, jugaban niños y algunos ciudadanos se sentaban apaciblemente. Esta imagen sí representaba de manera ideal la atmósfera real, de paz, que vivía este país más allá de amenazas y tensiones. He visitado en tres ocasiones Corea del Sur y he podido constatar el dinamismo, el progreso y la bonhomía en la sonrisa de sus gentes. También su educación, materia lectiva en la que este país se halla a la cabeza mundial. No es raro por ello que de esa educación derive su amor a la cultura y en concreto –lo que una vez más me movía a viajar allí– que se le preste a la poesía una atención especial. La poesía no como mero género literario, sino como expresión de vida y de testimonio. Algo tenía que ver en ello lo que en esta ocasión nos convocaba, el «I Encuentro Asia de Poesía».

Era el sentido vivificador que la poesía tiene en este país, y por extensión en Extremo Oriente; el sentido inusual, pero prodigioso, que también posee en algunos de los países de la América Hispana. En estos y en los de Oriente el poeta auténtico –no el «constructor» de poemas– es reconocido, además de como escritor, como Maestro. Y como tal tratado. En este Encuentro, la poeta de Indonesia Ayu Utami nos dijo que el poeta verdadero es reconocido también en su país como Santo. Sé bien que estas denominaciones resultan chocantes, si no irrisorias, en una Europa que está renunciando a lo que esencialmente fue –a su cultura–, pero a la vez no lo son tanto si pensamos que poetas Maestros y Santos han sido el español Juan de la Cruz, los simbolistas sufíes, el indio Kabir o el coreano Manhae. Sus nombres prueban esa evidencia de la poesía como algo más que un diestro jugueteo de palabras. Desde los orígenes, desde la poesía china y sumeria y el «Cantar de los Cantares», la mejor poesía ha estado unida a la mística con absoluta certeza.

Pero volvamos al presente, a la naturalidad con la que un grupo de poetas –un buen número de coreanos y diez extranjeros– fuimos invitados por el Centro Asia de Cultura, que en Guangju, por sus dimensiones, es una ciudad dentro la ciudad. Algunos de los temas fijados por los organizadores probaban que acudíamos para algo más que para recitar versos, para escuchar selectas músicas o visitar un lugar tan especial como la Montaña Mu-Deung y su monasterio. El tema «Pasado, presente y futuro de la poesía a través de un mundo caótico», o las palabras claras y fuertes de la conferencia del primer Nobel africano, Wole Soyinka –«Cambiad vuestras lámparas por la salida del sol»–, demostraban que íbamos a vivir algo más que literatura. También con las intervenciones, formales o informales, de Ko Un, el «poeta nacional de Corea» (otra denominación no hueca). Él es una persona a la que verdaderamente se puede aplicar el calificativo de «genial». Y no por razones gratuitas sino porque su país, por su convulsa vida y por su humanismo –ha sido monje budista diez años y antes y después activo demócrata– ha encontrado en él un incuestionable referente ético. No es raro por ello que cuando se le han ofrecido ministerios o prebendas máximas siempre ha respondido diciendo que él «sólo es un poeta».

La realidad-realidad también se nos presentó, años atrás, ante los dos autobuses de poetas y periodistas que pasamos cuarenta y ocho (e «inolvidables») horas en Corea del Norte; visita acaso con trasfondo diplomático que organizó quien nos convocaba, la Fundación Budista Manhae. Hoy yo no hubiera hecho ese segundo viaje y no sólo por el desdichado fin que ha tenido el joven norteamericano de 22 años Otto Warmbier. No fue posible entonces el recital con los poetas del Norte, porque no acudieron; mas el pacífico afán perduró y regresamos a Seúl agotados –sumidos en una inmensidad de bosques y de ríos nocturnos–, pero con la conciencia tranquila. Ahora, durante este tercer viaje a Corea del Sur, poesía y humanidad se fundían en otro Encuentro. Ideas y propósitos quedaron expresados en la Declaración que los participantes aprobamos el último día. La poesía siempre cerca de la realidad, pero sin usar ambas tópica o sectariamente.

Resonaban aviones militares y se recrudecía la tensión en la zona, pero Corea del Sur se veía sumido en una paz profunda y la sonrisa asomaba en los rostros de sus ciudadanos. Quizás porque en el fondo este país se siente a salvo; aunque Seúl, su capital, se encuentre sólo a cincuenta kilómetros de la frontera del Norte. Pero ¿por qué esta sensación de paz y esta actitud políticamente correcta que el país mantiene ante la situación? Quizás por una razón profunda, por un profundo humanismo: Corea del Sur ayuda y va a seguir ayudando –lo acaba de reafirmar su presidente, Moon Jae-in– a la población de Corea del Norte con alimentos, con medios humanitarios. Porque a uno y otro lado de la frontera hay coreanos, familias divididas. Por razones de pura humanidad, esa que hoy falta en nuestro tiempo y a la que la poesía, bien entendida, tampoco es ajena.

Antonio Colinas, poeta.

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