Iberia

Hubo un tiempo en que un catalán profesor de música e investigador de las fuentes musicales españolas instigaba a sus discípulos a que realizasen la gesta de propiciar un renacimiento de la música española. Felipe Pedrell tenía por discípulos a Manuel de Falla, Isaac Albéniz, Enrique Granados y Robert Gerhard. Los tres últimos eran también catalanes. Falla era gaditano, pero tenía ancestros catalanes. Falla y Albéniz se conjuraron en París, junto con el andaluz Joaquín Turina, para llevar a cabo la gesta de una edad de plata de la música española (la de oro la encabezó Tomás Luis de Victoria en el Renacimiento). Surgieron obras extraordinarias como El amor brujo, El retablo de Maese Pedro y la Atlántida, todas de Falla. O las grandes composiciones para piano de Albéniz y de Granados.

Hubo un tiempo en que un gran músico, reconocido como tal en el ámbito internacional, trabajaba con denuedo en una cantata coral de extraordinaria ambición en la que se extractaban importantes pasajes del gran poema de Jacint Verdaguer L´Atlantida, en el que se relata el hundimiento de ese continente real o mítico. En el poema de Verdaguer se narraba la formación de Europa y, en particular, de España tras el incendio de los Pirineos, teniendo por límite las columnas de Hércules, cerca de Cádiz. Manuel de Falla se aplicó en aprender catalán para poder disfrutar del mejor modo del impresionante poema épico.

Un gaditano universal volcó toda su inspiración musical en ese poema épico. Dedicó más de veinte años para consumar esa tarea, pero la salud precaria, la guerra civil, el exilio dejaron el proyecto inacabado, si bien pudo culminarlo su discípulo Ernesto Halffter.

Y hubo un tiempo en que un gran político catalán, Francesc Cambó, oficiaba de ministro de Fomento en gobiernos españoles, tras haber trabado con Antonio Maura una alianza firme, sólida y fecunda, con el beneplácito de Prat de la Riva, president de la Mancomunitat de Cataluña. Y hubo un tiempo en que Cambó estuvo a punto de salvar la Monarquía de su torpe apoyo a la dictadura del general Primo de Rivera, cuando un funesto dolor de muelas, delator, según creyó, de un cáncer bucal (que no fue tal), estropeó esa opción.

Y hubo un tiempo en que Niceto Alcalá Zamora y Francesc Macià trabaron una alianza que mantenía la conexión entre Cataluña y España como cuestión prioritaria, antes de que la precipitación del sucesor de Macià, que no poseía la grandeza de su antecesor, proclamase desde la ventana de la Generalitat l´Estat Català.

Y hubo un tiempo en que se pactó una transición ejemplar. Y en que se aprobó una constitución que tenía la forma de una Monarquía Constitucional en el Estado de las Autonomías.

Durante mucho tiempo, a través de una gran maquinaria de ingeniería política, el Gobierno autonómico de Cataluña fue asentando las bases de un nuevo marco mental. La televisión, la radio, los principales medios de comunicación completaron la labor; también la escuela, especialmente en la segunda enseñanza. Mapas del tiempo donde las fronteras quedaban fijadas entre los Pirineos y los Monegros, o en el Delta del Ebro.

Estalla la Gran Crisis. Y la tentación de echar las culpas al enemigo, al hostes, en plena asunción de la «teología política» de Carl Schmitt, es lo más a mano que se tiene: España, el Estado español. Se requiere una gran tapadera que haga posible esconder el paulatino empobrecimiento de Cataluña, motivado por una mala administración de su economía en tiempos de vacas gordas. Faltó la figura de José el proveedor que advirtiera la ruina a la que conducía el despilfarro (tanto en Cataluña como en toda España).

Se convoca una manifestación; se movilizan organizaciones que proclaman por todas partes consignas como «Cataluña, nuevo Estado de la Unión Europea». Veinte, cuarenta autocares a disposición de quienes quieran visitar Barcelona en manifestación pacífica. Su «éxito» conduce a un president de la Generalitat a asumir la máscara de líder carismático visionario. Y la tentación de pasar a la historia se alía con el desbordamiento en un contexto de partido dominado por el más rancio independentismo.

Sólo la unidad sin equívocos de las fuerzas españolas y catalanas, Partido Popular y Partido Socialista, insistiendo en lo que les une y aparcando sus lógicos motivos diferenciales, sólo desde la generosidad de su encuentro en la salvaguarda de la integridad de España (que no es lo mismo que la unidad), sólo eso puede salvarnos de esta peligrosísima deriva conducida con la mayor irresponsabilidad e insensatez. Irresponsabilidad: pues parte de la premisa de que las culpas son siempre ajenas; insensatez: pues contradice el principio de que la política es siempre un arte de lo posible; y que sólo los sistemas totalitarios, como bien supo mostrar Hanna Arendt, pretendieron en tiempos no demasiado lejanos «hacer posible lo imposible».

En mi libro Ciudad sobre ciudad (2001), hablaba de un nuevo escenario histórico que se despliega en tres niveles o ámbitos, a los que llamaba mundos. El gran mundo de las finanzas y las telecomunicaciones era el primero, verdadero primer mundo. Su descontrol cívico me hacía llamarlo CasinoGlobal. A él se oponía de forma abrupta un segundo mundo, el piccolo mondo en torno al Santuario Local, donde florecían todos los integrismos y los nacionalismos que veneran la tierra antes que la ciudadanía, las matrices locales por encima de las personas individuales. El tercer mundo, el que formamos los individuos o personas, se halla desconcertado en el tornado que se produce entre el Casino Global y el Santuario Local.

Ese mundo global es todo menos uniforme. Pero todos los eventos que en él suceden se hallan interconectados. Lo que sucede en un ámbito local puede repercutir en el conjunto. La tecnología permite formas de comunicación insospechadas hasta hoy. Las finanzas, el comercio, el capital se han universalizado hasta niveles que resultan incomprensibles. Pero, entre ese primermun

do y el segundo se van formando grandes colosos continentales como potencias emergentes: junto a Estados Unidos, China, India, Brasil, quizás Europa. Paul Kennedy, en Auge y caída de los grandes imperios, publicado dos años antes de la caída del muro de Berlín, apostaba más por China que por Rusia, dentro de los grandes imperios. Y se refería también a las convulsiones de una Europa que se resistía a envejecer como potencia, intentando por la vía económica una ambiciosa unión que tenía que arriesgarse en pasos decisivos hasta consumar su unión política federal.

Quizás ahora asistimos a la fragua de una unión que requiere esfuerzos de todos; también de quienes insisten en refugiarse en santuarios locales; también de los que proclaman el declive del Estado-Nación (una evidencia) con el fin de ubicar el Estado Propio en una incierta integración en esta Europa emergente; y que sobre todo intentan, de manera anacrónica e insensata, desgajarse del tronco común con el que tienen los principales ligámenes económicos, culturales, musicales, artísticos y literarios, en lengua común castellana o en lengua catalana, gallega o vasca.

Eugenio Trías Sagnier, filósofo.

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