Iberoamérica y Derecho Internacional: ¿Crecer o periclitar?

El Financial Timesdel pasado 4 de enero de 2012 recordaba las palabras de Deng Xiaoping dentro de un editorial muy elogioso sobre la evolución de Iberoamérica. La cita, referida a la hegemonía del Pacífico en el siglo XXI, planteaba como alternativa que también «podría ser el siglo de Latinoamérica».

Y bien: ¿qué tiene Iberoamérica que no tienen otras regiones geoestratégicas en rápido desarrollo? ¿Por qué el triunfo de la Democracia y del Derecho en Iberoamérica es clave para que la comunidad internacional no acabe descarrilando?

La respuesta a ambas preguntas es el papel fundamental que Iberoamérica juega en la gran batalla por la creación de un Derecho Internacional que ahorme, sin ahogar, el fenómeno de la globalización económica.

China y Rusia exportan una diplomacia, un entendimiento de las relaciones internacionales, basados exclusivamente en sus intereses inmediatos: alcanzar sus objetivos con el menor nivel de compromisos multilaterales jurídicamente vinculantes posible, estableciendo las peores alianzas con los regímenes más dudosos si eso les beneficia o debilita al competidor, sin la más mínima crítica o presión para mejorar la situación de las poblaciones. Siria es un caso especialmente clamoroso, y también lo es Sudán, aunque no esté de momento bajo los reflectores de la opinión pública. Por el contrario, sin hipocresía, Occidente tiene siempre el Derecho como referente, aunque no todos nuestros actos estén a la altura de nuestros principios.

Frente a esta estrategia de pujanza creciente, es imprescindible reforzar el planteamiento de las relaciones internacionales desde el Derecho. Porque el Derecho es un arma. Es el arma de nuestra civilización occidental.

Por ello, las bases jurídicas de la Comunidad Iberoamericana, que se nutren fundamentalmente de la tradición ilustrada del Derecho Continental, son tanto fuente de cohesión interna cuanto arma en la arena internacional. Iberoamérica es, además de una categoría geopolítica, una unidad cultural que se deriva de su colonización ibérica, portuguesa y española, que a pesar de sus diferencias indudables guardan dos grandes similitudes básicas: el mestizaje con los pueblos indígenas y la tradición católica; siendo, además, el brasileiro y el español mutuamente comprensibles oralmente y por escrito, lo cual facilita un nivel de comunicación más integrado, por ejemplo, que el de los diferentes países árabes entre sí.

A esta identidad básica habría que añadir otro elemento unificador, cual es la forma común de su acceso a la modernidad y la hibridación particular que ha producido sobre la base de las ideas ilustradas trasplantadas en este sustrato complejo, mezclado y singular que es Iberoamérica. El nombre mismo de Latinoamérica, de uso dominante, proviene de esa voluntad de ahijarse a una cultura francesa e ilustrada, no por ajena percibida como menos atractiva. Bien al contrario, el éxito del término acuñado por el político, ingeniero y economista francés Michel Chevalier en su «Lettres sur l´Amérique du Nord», publicado en 1836, deviene de esa identificación de los iberoamericanos con las ideas de la ilustración cuya huella se aprecia, por ejemplo, en la bandera brasileña que ondea el lema «Orden y Progreso» de Augusto Comte.
Es en esta tradición ilustrada donde adquiere especial relevancia el Derecho, que es incluso más que un instrumento de la sociedad, como ya dije, un arma. En palabras de Maquiavelo, «hay dos maneras de combatir, una por medio de la ley, la otra por la fuerza: la primera es propia de los hombres, la segunda es la de las bestias…» (El Príncipe, capítulo XVIII). El Derecho es el arma de la civilización para combatir la barbarie, la injusticia y la irracionalidad. Y desde esta perspectiva, el Derecho como arma, cobra auténtica dimensión la comunidad de sistemas jurídicos homogéneos que formamos los españoles y gran parte de europeos con Iberoamérica.

Es un hecho incontrovertible la existencia de una tradición jurídica común en Iberoamérica vinculada directa y sustancialmente al modelo continental de Derecho. Sin embargo, lo realmente importante de este acervo común que supone nuestra tradición jurídica continental es la potencia de Esta, mejor que la tradición jurídica anglosajona, para ser elemento de desarrollo y cohesión de una comunidad internacional que no cuenta con la fuerza aglutinante de principios y valores ampliamente compartidos, sustrato y presupuesto esenciales en las tradiciones de Common Law.

Es evidente que, en el transcurso del tiempo, algunas de las respectivas características de estas dos grandes tradiciones han mutado o se han moderado. En efecto, los sistemas de Derecho Continental han abandonado progresivamente el dogmatismo formalista más exacerbado, y los sistemas de Common Law han moderado los efectos absolutos de sus precedentes.

Sin embargo, sigue siendo real la dicotomía entre dos formas de organización social a las que corresponden estos dos modelos: los sistemas «legislativos» de jueces jupiterinos y los sistemas «contractualistas» cuyos jueces serían hercúleos en la gráfica catalogación de François Ost. El juez jupiterino corresponde al modelo clásico de los sistemas continentales y coloca la legalidad como condición necesaria y suficiente para establecer la validez de la regla jurídica, sin cuestionarse su legitimidad. La figura de Hércules alude, por sus trabajos, al juez que se presenta más como un componedor social, es el juez anglosajón. Este decide litigios, pero aconsejando, incluso mediando, por lo que está menos vinculado a la ley y adapta la regla jurídica a cada caso.

En sociedades cada vez más complejas y fragmentadas, también más multiculturales, la homogeneidad social y moral que se presupone en los sistemas de Derecho anglosajón, para que se acepten los presupuestos ad hocde cada decisión, es cada vez más problemática. Por otro lado, los sistemas de Derecho Continental aportan la previsibilidad de las consecuencias jurídicas con un grado mayor de certeza que las reglamentaciones casuísticas, cuya aplicabilidad depende de elementos exógenos de carácter convencional o procedimental.

América Latina está muy presente en el tejido de instituciones multilaterales, que es crisol de Derecho Internacional. Si observamos los paneles de la Organización Mundial de Comercio (OMC), o los del Ciadi, órgano arbitral del Banco Mundial, advertiremos que Iberoamérica tiene un evidente protagonismo en los sistemas de jurisdicción arbitral en el mundo. Algunos consideran incluso que monopoliza la voz del «mundo en desarrollo», una expresión ahora totalmente obsoleta.

Desde esa implicación, desde ese compromiso, Iberoamérica, como parte esencial de la comunidad de tradición romanista, debe contribuir decisivamente a la potenciación y mejora del Derecho Internacional. La masa crítica que aporta Iberoamérica en esta época de grandes bloques es lo que puede remediar el declive no solo de nuestra tradición jurídica, sino de una forma de humanismo de origen clásico, judeo-cristiano e ilustrado que es lo mejor de nuestra civilización.

Por Ana Palacio, exministra de Asuntos Exteriores de España.

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