Icono de la ciencia y la superación

Se cuenta que cuando Pierre Simon Laplace presentó a Napoleón su monumental Exposición del sistema del mundo, el emperador le espetó «Sr. Laplace, me dicen que ha escrito usted este gran libro sobre el sistema del universo sin una sola mención a su Creador». El gran matemático y físico respondió orgullosamente: «Señor, no he tenido necesidad de utilizar tal hipótesis». De esta manera, Laplace no solo proclamaba una supuesta superioridad frente a Newton, quien había tenido que recurrir a la intervención divina para explicar la estabilidad del sistema solar, sino que pregonaba su suficiencia para describir el universo sin invocar a Dios.

Durante sus últimos años, el brillantísimo cerebro de Stephen Hawking ha sido una fuente inagotable de titulares capaces de emular muy sobradamente aquellas controvertidas palabras de Laplace. El carácter superfluo de cualquier intervención divina en el mundo físico ha sido, sin ninguna duda, uno de los temas favoritos y recurrentes del físico británico durante sus últimos años. Además, en ocasiones recientes, vimos su nombre en los periódicos para alertarnos del peligro que entrañaría un encontronazo con extraterrestres, o para avisarnos de que, un día, la inteligencia artificial podría reemplazar a los humanos. Y no solo los titulares han sido singulares en los últimos años de Hawking, quien, además, con sus condiciones físicas, ha llamado la atención con la forma casi suicida de conducir su silla eléctrica por las calles de Cambridge, experimentando en vuelos parabólicos de gravedad cero, planeando viajes al espacio, etc. Parece que, en estos últimos años, su célebre genialidad arrastraba al gran físico hacia unos comportamientos extravagantes que siempre atraían poderosamente la atención del público.

Icono de la ciencia y la superaciónPero independientemente de este comportamiento y de las provocativas alusiones religiosas que yo considero innecesarias, no debemos olvidar que Hawking ha sido un científico que ha realizado contribuciones sumamente valiosas a la física teórica contemporánea. Ya en el año 1970, junto con otro gran físico británico, Roger Penrose, publicó un célebre artículo que aplicaba la idea de las singularidades del espacio-tiempo, que se estudiaban hasta entonces para los agujeros negros, a todo el universo en su conjunto. Hawking y Penrose demostraron que, según la relatividad general de Einstein, el mismo tipo de singularidad pudo tener lugar al inicio del universo, proporcionando así una base teórica para el Big Bang.

A continuación, Hawking se centró en el estudio de los agujeros negros. Estos misteriosos objetos obedecen a una serie de leyes que son un reflejo de las leyes clásicas de la termodinámica. En 1971, Hawking enunció la segunda ley de la dinámica de los agujeros negros, mediante la cual la superficie de un agujero negro (el horizonte de sucesos) nunca puede hacerse menor. Esta misma ley proporciona una expresión para la entropía de esos objetos colapsados. En la misma época Hawking trabajó sobre el célebre «teorema sin pelos» (no-hair theorem), que establece que todos los agujeros negros pueden describirse por tres parámetros: masa, carga y momento angular. Toda otra información sobre la materia que cayó, o que esté cayendo, en el agujero negro se pierde bajo el horizonte de sucesos, una situación que el físico estadounidense John Wheeler expresó en forma humorística: «los agujeros negros no tienen pelos», es decir, no poseen más detalles ni información que la proporcionada por esos tres parámetros, lo que condujo al peculiar nombre para el teorema.

Hacia la mitad de la década de los 70, Hawking se sumergió en la mecánica cuántica para demostrar que, contrariamente a lo que se pensaba hasta entonces, los agujeros negros pueden emitir algo de radiación (hoy conocida como la «radiación de Hawking»), un descubrimiento que le valió el ingreso en la Royal Society. Según el físico británico, esta radiación podría ocasionar la evaporación de los agujeros negros siguiendo un proceso que es extremadamente lento para los objetos de masas apreciables. Por ejemplo, un agujero negro con la misma masa del Sol necesitaría más tiempo que la edad del universo para llegar a evaporarse, pero si hubiese agujeros negros de masa muy pequeña, éstos se evaporarían rápidamente.

A finales de los 70, Hawking ya era un físico muy respetado y su popularidad entre el gran público creció rápidamente con la ayuda del interés que despertaban los agujeros negros. En 1979 obtuvo la cátedra Lucasiana en la Universidad de Cambridge, la misma que había ocupado Newton en su día. Poco después, fue uno de los primeros físicos que sostuvo que las galaxias podían crearse mediante pequeñas fluctuaciones cuánticas acaecidas al principio del universo, un hallazgo que fue reconocido en el año 2016 con el Premio BBVA Fronteras del Conocimiento, compartiéndolo con el ruso Viatcheslav Mukhanov, quien había llegado a la misma conclusión de manera independiente.

Hawking también desarrolló una teoría cosmológica en la que el universo es autocontenido y sin bordes ni fronteras, similar en cierto modo a la superficie de la Tierra, que no tiene bordes ni puntos inicial y final. Por otro lado, su propuesta sobre la evaporación de los agujeros negros llevó a un apasionante debate que se prolongó durante los años 1990 y hasta nuestros días. Y es que mediante este mecanismo de evaporación se podría destruir la información acumulada en el agujero negro, lo que parecía entrar en contradicción con las leyes de la mecánica cuántica. Hawking propuso entonces una solución imaginativa: la información podría quedar almacenada en el horizonte de sucesos para ser recodificada después en la radiación de evaporación. Se trata de una propuesta cuya validez es muy difícil de verificar, pues para ello sería necesario detectar la débil radiación de Hawking. Otra posibilidad sería que la información quedase grabada en la radiación gravitacional emitida por los agujeros negros, en este caso, la verificación experimental quizás sea más plausible en el futuro, dado que las ondas gravitacionales son ahora detectables con instrumentos como LIGO.

Todos estos logros teóricos que he ido desgranando hicieron de Hawking uno de los físicos más influyentes de su tiempo. Pero, como puede verse, las comparaciones que se hacen a veces con Einstein y con Newton resultan desproporcionadas. Quizás para evaluar más atinadamente el impacto del trabajo de Hawking habrá que esperar al futuro, cuando el desarrollo de la teoría y de la experimentación nos permita quizás situarlo al lado de un Bohr o de un Heisenberg.

Pero hay que tener en cuenta que Hawking ha sido mucho más que un físico. Su inmensa celebridad ha sido forjada, además de por sus contribuciones teóricas, por otros dos factores también muy importantes: unos libros de divulgación sumamente estimulantes que nos incitan a millones y millones de personas a preguntarnos por el origen y estructura de nuestro universo y esa terrible enfermedad que martirizó su débil cuerpo durante más de cinco décadas. Todo ello ha hecho de Hawking un auténtico icono tanto del científico entregado como de la superación humana.

Sus opiniones sobre la inexistencia de Dios serán compartidas o no. En mi opinión, para atraer el interés hacia la ciencia no se necesita recurrir a la provocación que va implícita en afirmaciones sobre la posible existencia, o no, de un Ser Supremo. Pero más allá de las siempre acientíficas convicciones religiosas de cada cual, yo prefiero ver en Hawking esa colosal talla científica y humana que ha de servir de ejemplo a muchas generaciones. Su trabajo científico y su comportamiento frente a la adversidad no pueden sino inspirarnos el máximo respeto a todos.

Y para concluir sobre el tema de la relación entre ciencia y religión, yo creo que éstas pueden ser consideradas como dos negociados que tienen diferentes asuntos a su cargo, que sirven a propósitos distintos, quizás complementarios, y que pueden mantener un diálogo enriquecedor acerca de sus descripciones del mundo. Se dice que cuando Napoleón relató jocosamente a otro gran matemático y físico, Joseph Lagrange, las palabras de Laplace sobre la inutilidad de la hipótesis divina, Lagrange exclamó pensativo «¡Vaya! Sin embargo, la de Dios es una bella hipótesis… es capaz de explicar muchas cosas».

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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