Identidades del Brexit

Recién llegado a Londres desde América Latina, hace poco les comenté a unos amigos británicos que la política local –con sus políticos grandilocuentes, retórica acalorada, populismo endémico y líderes que ponen su partido por sobre el país– me hacía sentir muy en casa. Su evidente incomodidad me sugirió que sería mejor no repetir la broma.

Pero mi broma era solo a medias. Después de todo, la mala política es la regla más que la excepción en todo el mundo. No se puede esperar que ni siquiera el país que inventó la democracia parlamentaria sea inmune. Lo que sí sorprende –por lo menos a un recién llegado– es que el retiro del Reino Unido de la Unión Europea sea la causa de tanto revuelo.

Consideremos algunas de las opciones tan enardecidamente debatidas en el último tiempo en la Cámara de los Comunes: una unión aduanera, un Mercado Común 2.0 (conocido también como «Noruega-más») y un acuerdo de libre comercio estilo Canadá. Los entendidos en comercio internacional saben que hay diferencias de peso entre estas alternativas. Pero, hasta hace seis meses atrás, ¿cuántos miembros del parlamento entendían la diferencia entre una unión aduanera y un acuerdo de libre comercio? ¿Era esta sutil diferencia razón suficiente para conducir al país a una anarquía política? ¿Realmente se convertirá el Reino Unido en un «estado vasallo» si continúa cumpliendo con todas las reglas de la UE, como le gusta afirmar a Boris Johnson, exsecretario de relaciones exteriores?

O consideremos los posibles desenlaces de esta terrible historia. Bajo todas las opciones de «Brexit blando», el Reino Unido permanecería estrechamente ligado a la economía europea, aunque perdería toda influencia respecto a las reglas pertinentes. Un «Brexit duro» resultaría tan problemático que las empresas, los ciudadanos y hasta los sindicatos pronto estarían clamando por una renovación de los vínculos con Europa. Y un nuevo referendo bien podría revocar el Brexit.

Como en El Leopardo de Lampedusa, «Todo debe cambiar para que nada cambie» –excepto que el Reino Unido habrá malgastado una década y dejado su PIB por lo menos 2,5% por debajo de lo que pudo haber sido–.

Desde luego que el Brexit también se trata de migración. Pero dejar la UE es necesario para controlar el flujo de personas provenientes de Europa, no del resto del mundo. Y si bien la inmigración desde Europa ha disminuido con posterioridad al referendo sobre el Brexit en 2016, la inmigración desde el resto del mundo ha aumentado, de modo que el flujo total apenas ha variado.

El Brexit ejemplifica el antiguo principio de que la política gira en torno al conflicto. Y, con gran frecuencia, dicho conflicto no obedece a posturas opuestas en cuestiones como el comercio y la migración, sino a identidades que compiten entre sí.

Quienes se las dan de estadistas siempre sostienen que practican la política del diálogo y del consenso. Sin embargo, lo que da a los políticos en ascenso la visibilidad necesaria para llegar a la cima son precisamente el desacuerdo y el conflicto. Todo político en ejercicio conoce la rutina: si dice algo positivo sobre sus oponentes, será ignorado; si lanza una diatriba virulenta, aparecerá en la primera página de los diarios.

Como ministro de hacienda de Chile, hace una década, me costó mucho aprender esta lección. Los parlamentarios de mi propia coalición odiaban los proyectos de ley altamente técnicos que obtenían apoyo amplio y podían aprobarse con respaldo de la oposición. Ansiaban cuestiones polarizadoras que les permitieran enfrentarse con la oposición.

Los politólogos suelen suponer que el conflicto político se suscita a partir de diferencias entre lo que se propone. En realidad, el conflicto surge de las diferencia entre lo que se es. Los británicos han dejado de ser simpatizantes de los conservadores, los laboristas o los demócratas liberales; han pasado a ser, por sobre todo, partidarios u opositores del Brexit.

Una investigación reciente revela que casi un tercio de los votantes británicos no se considera seguidor de un partido político, pero solo el 11% no se identifica como partidario u opositor del Brexit. Todavía más, el 44% afirma ser un «fuerte» partidario u opositor del Brexit, mientras que solo el 9% dice identificarse «fuertemente» con un partido político.

Las identidades relacionadas con el Brexit tienen poco que ver con políticas o con hechos. A pesar de la gran cantidad de información que ha surgido desde el referendo con respecto a los probables costos del Brexit, el porcentaje de personas que sostienen que votar por dejar la UE fue bueno o malo ha variado notablemente poco. Según lo expresan Sara Hobolt, de la London School of Economics, y sus coautores: «En la medida en que las identidades del Brexit determinan la forma en que vemos el mundo, es menos probable que cambiemos de opinión acerca de si el Brexit fue ‘bueno’ o ‘malo’, aun cuando los hechos cambien».

Sin embargo, hay algo en lo que concuerdan los dos lados: el otro es malo. Hobolt y sus colegas informan que «ambos describen al otro lado como hipócrita, egoísta y de mente estrecha, y a su propio grupo como honesto, inteligente y abierto de mente«.

A medida que, en términos relativos, disminuyeron tanto los electores rurales que tradicionalmente votaban por los conservadores como la clase obrera industrial aliada con los laboristas, las identidades en el Reino Unido forzosamente tenían que cambiar. Pero que el nuevo eje orientador de dichas identidades pasara a ser el nacionalismo versus el cosmopolitanismo, no fue algo que ordenara la historia.

En Ricardo II, Shakespeare describe a Inglaterra como «Esta piedra preciosa montada en el plateado océano, que la sirve como un muro, o como un foso defiende una casa, contra la envidia de territorios menos felices». No obstante, durante siglos Gran Bretaña no utilizó el foso como medio para aislarse de dichos territorios, sino para ejercer influencia sobre ellos.

Los sondeos revelan que las identidades de partidarios y opositores del Brexit no estaban establecidas de manera firme al comienzo. El porcentaje de personas fuertemente identificadas con uno u otro lado aumentó después del referendo de 2016. Dicho de otro modo, es posible que el Brexit haya impulsado, más que reflejado, la formación de dichas identidades.

Desde aquel fatídico día de junio de 2016, muchos han tratado de establecer empíricamente que los partidarios del Brexit tienden a ser personas rurales, blancas, mayores, sin educación, y –según algunos– económicamente desventajadas, mientras que los opositores son lo contrario. Pero ciertamente el Reino Unido no es la única nación con ciudadanos descontentos, que se sienten dejados atrás por la globalización u ofendidos por la liberalización cultural. La ira de los votantes bien pudo estar dirigida con el establishment de Londres, en lugar del de Bruselas.

Todo esto nos recuerda que nunca deberíamos subestimar el papel de los accidentes o de las circunstancias en los asuntos humanos. Quizás nada de esto habría sucedido si el entonces primer ministro David Cameron no hubiera tratado de resolver una disputa interna de su partido mediante un plebiscito nacional. Ciertamente parte de la ira actual en el Reino Unido debería estar dirigida en su contra.

Andrés Velasco, a former presidential candidate and finance minister of Chile, is Dean of the School of Public Policy at the London School of Economics and Political Science. He is the author of numerous books and papers on international economics and development, and has served on the faculty at Harvard, Columbia, and New York Universities. Traducción de Ana María Velasco.

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