Idioma español versus lengua castellana

Cuando se llama castellano al idioma español se tiende una trampa que confunde a quienes carecen de conocimiento del tema o se dejan engañar. Que nuestro idioma sea despojado de su condición mundialista, cosmopolita, y geoísta, empequeñeciéndolo, es una argucia política y educativa inaceptable que es necesario desenmascarar. Ya lo están empezando a pagar muy caro las poblaciones regionales sumergidas en la inmersión lingüística. En una visión mezquina de la Historia, de la cultura y del idioma de España, algunos políticos han tendido esa trampa en la que, sorprendentemente, han caído –inconscientes unos, conscientemente los más– intelectuales, profesionales y la propia Sociedad; hecho cuya importancia va más allá de un lapsus de vocabulario o de la equiparación de dos vocablos. Existe un calculado e inconfesable interés. De forma muy forzada, a la vez que irresponsable, y como concesión a los nacionalismos emergentes, lograron hasta introducirlo en la Constitución de 1978, allanando el camino a cuanto hoy padecemos.

El idioma español es uno de los grandes tesoros de España. No es un valor que cuente en la balanza de pagos, pero sin él gran parte del mundo sería hoy diferente. Su prolongación a América es una suerte de «milagro» obrado por quienes lo heredaron, cuidaron y difundieron a lo largo de siglos, lo que ha contribuido a hacer de él el segundo idioma más importante del mundo.

Su difusión, desde el inicio, discurre paralela al complejo proceso histórico de España. Un salto cualitativo por la política unificadora de los Reyes Católicos y las particulares condiciones de ventaja del castellano sobre las demás lenguas habladas en la Península, debido a su más asentada estructura lingüística y literaria. Cuando el castellano, enriquecido, pasó a ser lengua común de los españoles, transformándose en español, se produjo un fenómeno «globalizador» cuya trascendencia no se puede olvidar.

No resulta convincente la ambigüedad de la Real Academia Española al intentar situarse al margen de la polémica en su Diccionario de la lengua española y en el Diccionario panhispánico de dudas, declarando la consideración de ambos vocablos, castellano y español, como equiparables, si bien ha expresado su predilección por el segundo. Es preciso no solo velar por el auténtico nombre de nuestro idioma, el español, sino también por su buen uso; batalla pendiente por su frecuente y desesperante mala «utilización». La falta de cuidado –por emplear una expresión benévola– con que se habla y escribe en los medios de comunicación, no es el mejor ejemplo para los español- hablantes. La hipertrofia de esos medios en internet hace aún más incontrolable la extensión de tal mala utilización.

Sorprende que en su defensa no se alcen reiteradamente foros de gran difusión y más voces autorizadas, aparte de los «entes obligados» a ello, que por su inacción parecen haber ofrecido una rendición incondicional, cuando no complacencia. Es la época del «todovalismo».

El futuro de la continuidad del idioma español está garantizado por el número creciente de hablantes. Es fundamental hablarlo y escribirlo bien, evitando una degradación progresiva. Debemos exigirnos rigor, interés y perseverancia, difíciles de conseguir si no se cuenta con un adecuado sistema de educación y formación no solo lingüísticas, seguido de la imprescindible y continua buena práctica. El sistema educativo dispar que han puesto en funcionamiento las Autonomías, debido a sus improcedentes competencias en educación, contribuye a la equiparación del idioma español con otras lenguas nacionales, cuando no es relegado a un segundo plano. Así, el español se pretende «confundir» con el castellano, al servicio de la «política», no del rigor científico. El castellano no se habla ni en Castilla, a nivel popular, desde el siglo XVI. En definitiva, español y castellano son dos entidades bien distintas, no una misma cosa vista a través de diferentes prismas, según se quiere presentar. El rigor histórico y lingüístico deben ser reivindicados siempre y en todo. Tenemos que poner fin a tantas falacias, falsedades y perversidades.

Sabemos que El Cantar de Mío Cid fue la primera gran obra de la literatura escrita en lengua castellana. Como ejemplo ilustrativo transcribo unos versos y su traducción al español, bien diferente, que pone las cosas en claro: Sospiro mio Çid ca mucho avie grandes cuidados. Ffablo mio Çid bien e tan mesurado: «¡Grado a ti, señor, padre que estas en alto! ¡Esto me an buelto mios enemigos malos!». Alli pienssan de aguijar, allí sueltan las riendas. Suspiró mío Cid triste y apesadumbrado. Habló mío Cid y dijo resignado: «¡Loor a ti, señor Padre, que estás en lo alto! Esto me han urdido mis enemigos malos». Ya cabalgan aprisa, ya aflojan las riendas.

Antonio Lamela, arquitecto y miembro de la Real Aacademia de Doctores y Premio Jaime I.

2 comentarios



  1. …para abundar en el mismo sentido, los departamentos en los que se enseña el español en cientos de universidades en todo el mundo, se llaman… Departamentos de Español, será por algo…

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