Ídolos del deporte caídos

Si los rastros del clembuterol en la sangre de Alberto Contador fueron un aviso, la imagen de Marta Domínguez, detenida e imputada por sospecha de dopaje, ha supuesto un mazazo a la credibilidad del deporte de alta competición y de paso a los sentimientos de admiración y cariño que habíamos invertido en estos héroes modernos.

Por supuesto que de momento hay que mantener la presunción de inocencia. Pero sea cual sea el resultado de la investigación que acompaña a la operación Galgo, lo que ya no se puede arreglar es la sensación de estafa. A partir de ahora será inevitable, ante cualquier nueva marca o triunfo, contener la respiración hasta saber si ha habido o no trampa en el empeño. No es aconsejable el desahogo prematuro.

Sería un error, sin embargo, señalar con el índice acusador al deportista, como si él fuera el único responsable de este atentado a la respetabilidad del deporte. Apena desde luego que quien nos representa en nombre de la especie no sea capaz de derribar marcas o muros con sus solas fuerzas, pero lo que realmente duele es que nos estafen la diversión que el deporte promete. La superación de los límites del ser humano va unida al espectáculo que ofrece y al entretenimiento que nosotros, los voyeurs del espectáculo, nos prometemos viéndoles de cerca o de lejos.

Si los deportistas pudieran mantener el espectáculo y divertirnos, es decir, si pudieran mantener el circo mediático, empresarial y político sin tener que doparse, compitiendo limpiamente, lo harían encantados. Pero los desencantados seríamos los espectadores, porque el morbo está en superar las fronteras de un cuerpo limitado. Sin romper marcas, sin rebajar tiempos, sin lograr récords, no habría espectáculo.

El lema olímpico Citius, fortius, altius, ideado por el barón Pierre de Coubertin, tiene algo de perverso porque da a entender que siempre podemos ir más deprisa y levantar más peso y saltar más alto, de suerte que quedarse en una marca ya alcanzada es un fracaso. Ese lema está en las antípodas de otro, ese, sí, realmente humanitario, que dice lo importante es participar. Si nadie se lo toma en serio es porque sería la ruina del olimpismo tal y como está montado.

Ahora bien, que lo importante sea la competición y no la participación, tiene que ver con rasgos ancestrales de la cultura que merecerían ser puestos en cuarentena. Ahí está, por ejemplo, el noble concepto de virtud. Si uno se fija en su contenido, descubrirá que en él anida ya la perversa idea de vencer al otro. Ser virtuoso, en efecto, no significa ser bueno, sino ser mejor. Nos engañamos a nosotros mismos al interpretar ese deseo de victoria como una invitación a la excelencia, como si la virtud fuera una invitación a exceder en actos de generosidad o de valor o de amistad. Eso está bien, pero siempre que la excelencia se traduzca por deseo de superación personal y no en ese espíritu de ganador que exhiben los deportistas. El deporte ha concitado un lenguaje bélico -instinto matador, defensa, ataque, etcétera- que da a entender que lo importante no es mejorar sino derrotar al otro.

Hay pues mucha hipocresía en la crítica despiadada a estos ídolos caídos. Somos nosotros los que con nuestras exigencias y expectativas les empujamos a satisfacernos aunque sea con medios ilícitos. En este asunto, el atleta resulta más honesto en sus vicios que la sociedad que les critica en sus supuestas virtudes.

De entre los muchos comentarios suscitados por la detención de la campeona olímpica, Marta Domínguez, hay uno que llama la atención por su coherencia, aunque resulte sarcástico. Proviene del entorno de Eufemiano Fuentes y de Manuel Pascua Piqueras, dos de los mayores implicados en estas malas prácticas, pero compartido al parecer por los dirigentes olímpicos. Lo que viene a decir es que el deporte de alta competición está reñido con la salud. De la misma manera que el torero sabe que se juega la vida, el deportista de élite tiene que saber que para triunfar tiene que ir al límite y eso significa asumir que el cuerpo estalle.

Dicho así parece una barbaridad porque es negar uno de los supuestos civilizatorios más incuestionables para una mentalidad moderna, a saber, que el hombre es fin y no medio. Arriesgar la vida para conseguir una marca supone supeditar el ser humano a la marca. Esto explicaría el uso y abuso de sustancias prohibidas aunque eso suponga atentar contra la salud del deportista. Nos acercamos así a la cultura inhumana de los aztecas, que sacrificaban seres humanos para aplacar a los dioses o para obtener buenas cosechas. Ahora la sangre joven es el precio de un circo colosal sin el que nos aburriríamos mortalmente.

Bien está, como no cesa de predicar Jaime Lissavetzky, el secretario de Estado para el Deporte, que con el dopaje hay que tener «tolerancia cero». Pero lo que convendría examinar son las expectativas nuestras respecto al deporte. Lo que no tiene sentido es incitar a correr siempre un poco más deprisa con un cuerpo que en algún momento dirá basta. Lo que está en juego no es solo el uso de drogas, sino nuestro consumo del ideario olímpico.

Reyes Mate, filósofo e investigador del CSIC.

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