Iglesia y sociedad: ante la misma encrucijada

«El mundo está desquiciado. Así lo creen muchos. Vagamos sin meta, confundidos, discutiendo en favor o en contra de esto o de aquello. Pero en todas las latitudes, y más allá de todos los antagonismos, la mayoría de las personas está de acuerdo en una cosa: “ya no entiendo este mundo”». Así se expresaba el sociólogo alemán Ulrich Beck (fallecido en 2015) en su obra póstuma, «La metamorfosis del mundo». Durante un tiempo pudo dar la impresión de que el cambio radical de Occidente, especialmente en los últimos años, afectaba únicamente a la Iglesia y a sus valores. Se trataba de la llamada «secularización». Desde hace unos años es incuestionable que el derrumbe de las evidencias afecta a toda la sociedad. El suelo sobre el que hemos construido nuestra civilización parece hundirse bajo nuestros pies. Tal vez hoy resulta más fácil comprender que las evidencias que compartíamos, y que hoy ya no son tales, habían nacido en la tierra fértil del cristianismo. Una vez desechado el acontecimiento cristiano como fundamento de nuestra convivencia, el tiempo ha ido mostrando que los valores que sostenían nuestra construcción común se han resentido. Iglesia y sociedad tienen el mismo problema. ¿De dónde partir?

Esta pregunta nos desafía a todos. Es una de las preguntas que he querido afrontar en mi libro «¿Dónde está Dios? La fe cristiana en tiempos de la gran incertidumbre» (Encuentro). Todos sabemos que el mundo ha cambiado de tal modo que las soluciones del pasado ya no son necesariamente válidas para responder a las situaciones de hoy. En mis viajes por el mundo he tenido ocasión de conocer a numerosas personas (de religiones y culturas diferentes) que buscan interlocutores con los que confrontar sus preguntas e inquietudes respecto al futuro, y que se preguntan de dónde partir. La situación en la que nos encontramos pude ser una gran oportunidad, como nos recuerda Hannah Arendt: «Una crisis nos obliga a volver a plantearnos preguntas y nos exige nuevas o viejas respuesta, en cualquier caso, juicios directos».

¿Cuál puede ser la aportación del cristianismo? Ante todo, puede favorecer la aparición de espacios de libertad donde compartir diferentes experiencias de vida. Hace poco, un político de izquierdas nos decía: «Haré de todo para que podáis seguir existiendo, siendo como sois diferentes, porque este es el único lugar en el que me siento querido». Y un terrorista arrepentido nos pedía: «Permitidme estar con vosotros, porque por primera vez en mi vida se me ha abierto la posibilidad del Misterio». ¿Qué es lo que han visto estos dos no creyentes para desear estar con cristianos?

La posibilidad que tienen los cristianos de contribuir de modo original a salir de la confusión está ligada al testimonio de la fe en su verdadera naturaleza. No hay día que el Papa Francisco no nos lo recuerde, con sus gestos y sus palabras; por eso cita a menudo una frase de su predecesor: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI).

El cristianismo no es, ante todo, una moral o una doctrina, sino un acontecimiento de vida, la experiencia de una humanidad nueva encontrada en las circunstancias ordinarias. En la sociedad «líquida», justo en este mundo que tantos no entienden, existen personas cuya vida suscita una extraña curiosidad, hasta el punto de fascinar y de provocar un interés nuevo por algo que parecía una reliquia del pasado, algo inútil para la vida: la fe.

Desgraciadamente, muchos se han encontrado o siguen encontrándose con un cristianismo reducido a un conjunto de prohibiciones o de ideas abstractas. ¿A quién le puede interesar, si no sirve para afrontar «la vida que nos paraliza» (C. Pavese)? Por eso, cuando se encuentran con personas que encarnan la fe en sus circunstancias cotidianas, cuando ven que es pertinente a las exigencias de la vida, es entonces cuando experimentan su atractivo.

Entonces lo que eran formas vacías se llenan de vida; y los valores vuelven a ser reales y concretos, algo de lo que se puede vivir. Vuelve a suceder el cristianismo, como cuando la gente se encontraba con Jesús por las calles de Galilea. Aquellas gentes, ¿por qué creyeron? «Creyeron por lo que Cristo era. Creyeron por una presencia (…) con una cara bien precisa, una presencia cargada de palabra, es decir, cargada de propuesta (…), cargada de significado» (L. Giussani).

Sin el encuentro con aquella «presencia», imprevista e imprevisible, el cristianismo no habría podido alcanzar la vida de las personas. Y no habría podido atravesar los siglos hasta llegar a nosotros si no hubieran existido hombres y mujeres que lo testimoniaron como una presencia real, visible y tangible. Por eso el cristiano mira al futuro lleno de esperanza, con una mirada nueva que ninguna confusión ni ningún poder pueden nublar.

Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación.

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