Iglesias contra Machado

Siempre me ha parecido que ese primer paso de Antonio Machado al bajarse del coche concentraba el dolor del exilio español. No es un paso cualquiera: hay que tener en cuenta todas sus circunstancias. Están a 25 kilómetros de la frontera con Francia: pero nunca se han visto 25 kilómetros más largos. La ambulancia que los recogió en una masía no puede avanzar por la acumulación de vehículos y equipajes abandonados, cuerpos lentos o casi arrastrándose, apoyados entre sí, dejando atrás los bultos bajo una lluvia helada. Es la retirada definitiva de un bando vencido que será recibido con los brazos abiertos en los campos de concentración de las playas francesas, levantados días antes, alarmados ante la llegada de los refugiados españoles: nada menos que medio millón de republicanos, incluidos mujeres y niños, serán internados a la intemperie o en barracones sin agua ni una mínima higiene. Muchos morirán por desnutrición, disentería y otras enfermedades duras. A esto, a esa humedad cortante sobre el mar, a esa mugre de arena custodiada por despiadados guardias senegaleses en campos como Argelès-sur-Mer, están condenados los acompañantes de Antonio cuando la ambulancia se detiene: su madre, Ana Ruiz, su hermano José con su mujer, Matea; y el escritor Corpus Barga. Cuando comienzan a salir de la ambulancia, ante la imposibilidad de seguir avanzando, temen un bombardeo aéreo. Pero la oscuridad casi vuelve invisible el ritmo pesaroso de la desbandada.

Iglesias contra MachadoEl último en salir de la ambulancia es Antonio Machado, que deja dentro la única maleta que aún conserva. Porque la guerra, para Antonio, además de escribir mucho, ha sido ir de Madrid a Valencia, de allí a Barcelona, y ahora hacia una noche de llovizna y hombres y mujeres sin país. No es difícil imaginar lo que puede haber dentro de esa maleta: los escritos finales de esa peregrinación de esperanza y derrota. Pero también la deja atrás. Deja atrás su última pertenencia, sus últimas palabras en el tiempo, porque apenas puede salir del vehículo y dar el primer paso sobre la carretera embarrada.

Este primer paso hacia la nada, en mitad de la noche, es el exilio español. Insisto en lo de español porque, en contra de lo que ahora tratan de vendernos entre unos y otros, el exilio republicano lo fue hondamente. Ian Gibson cuenta en su excelente biografía que Pauline Quintana, la dueña del hotelito de Collioure en el que pasó Antonio Machado sus últimos días, que el poeta le confió una cajita, un joyero de madera. Estaba lleno de tierra. «Es tierra de España. Si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella». Era el sentimiento de añoranza y de pérdida, ya presente en esos días primeros, no muy distinto del que vivirían sus hermanos Joaquín y José, el resto de sus vidas, en el exilio chileno. Y nada menos que ocho años estuvo José Machado, el hermano pintor, separado de sus hijas María y Carmen, porque ante el salvajismo de la guerra las habían enviado, junto a otros muchos niños republicanos, a la Unión Soviética. Su hija Eulalia, llamada así por la esposa de Manuel, se casó y se quedó en Checoslovaquia, para regresar años después.

Me he centrado en Antonio Machado porque su última salida de España se convirtió en el símbolo de una dignidad en la derrota, de esa aspereza extenuante de vivir con ramificaciones en tantas familias devastadas, troceadas, por una herida de geografía azarosa. También se podría hablar del crepuscular exilio mexicano: José Moreno Villa, Pedro Garfias, Juan Rejano, Manuel Altolaguirre, Concha Méndez o Luis Cernuda. Gente que vivió y murió con España en los labios, una España que ya apenas existía en sus recuerdos, en sus fotografías y en los cafés con otros exiliados, con su humo de tristeza.

Pues bien, con el dolor de esta gente, con ese primer paso de Antonio Machado al dejar el vehículo en ese lodazal de cuerpos encogidos, ha comparado el vicepresidente Pablo Iglesias la vidorra de Carles Puigdemont en Bruselas. No por tiempo transcurrido desde la entrevista pierde actualidad su afirmación, exhibida con esa lentitud tan habitual últimamente en Iglesias, como si masticara las palabras después de haberlas pensado. Es cierto que la pregunta de Gonzo tenía su malicia: «¿Considera realmente a Puigdemont un exiliado, como se exiliaron muchos republicanos durante la dictadura del franquismo? ¿Los puede comparar?». Era una trampa, sí, pero una trampa cándida. Un punto de giro inofensivo, casi un regate sin balón, aunque estaba en el área. Cómo van a poderse comparar, podría haber contestado. O: son dos realidades que nada tienen que ver. Pero no. Pablo entró al trapo, porque Pablo es un hombre que dice las cosas claramente: «Pues lo digo claramente, creo que sí. Y eso no quiere decir que yo comparta lo que hiciera».

O sea: que todo lo que acabo de contarles, la penuria del lodo y de la lluvia, las hijas enviadas a la URSS, porque aquí podían morir aplastadas en los bombardeos o acabar en un campo francés de internamiento, o pasarte la vida encadenando cigarrillos melancólicos en México D. F., porque no puedes volver, todo eso, es igual que Carles Puigdemont comiendo una fuente de tres pisos de marisco en el restaurante Belga Queen.

La comparación la hace el vicepresidente de un Gobierno que en plena pandemia, el 15 de septiembre, consideró prioritario el anteproyecto de una Ley de Memoria Democrática. ¿Y qué dice Zapatero, que comenzó con la memoria histórica? La equiparación de Iglesias entre los exiliados y Puigdemont, aplicable también a quienes sí fueron condenados, al contrario que el prófugo Puigdemont, por sedición y malversación, pone la carga de culpa en nuestra democracia: como los republicanos salieron de España porque los expulsó el fascismo, el Estado español, igualmente fascista, obliga a huir a Puigdemont por sus ideas. El razonamiento, no por burdo poco extendido, deja traslucir su falsedad: si aquí se condenara a la gente por sus ideas, casi la mitad de los ciudadanos catalanes que ejercen su derecho al voto tendrían que haberse largado a comer mejillones y patatas fritas, porque nadie tiene el presupuesto de Puigdemont para vivir sin trabajar en Bruselas. Más allá de que Puigdemont, de ser juzgado como los demás, disfrutaría de unas garantías procesales que ya hubieran querido los presos republicanos, en España se te juzga no por independentista, sino por malversación, sedición o rebelión. O por enaltecimiento del terrorismo. ¿Y eso entra en conflicto con otros derechos? Puede parecerlo. Pero los derechos, sobre todo los fundamentales, se legitiman entre sus límites.

Dentro del Gobierno hay dos gobiernos, y parece que cada uno tiene su propia idea del exilio, la Transición, el imperio de la ley, el terrorismo y la propia democracia; pero, en realidad, es sólo uno. Y esta declaración ha sido hecha por su vicepresidente. Únicamente María Jesús Montero y Carmen Calvo, conocedora del mundo del exilio, han contestado a Pablo Iglesias desde dentro; pero la gravedad de su afirmación exige una respuesta más alta. ¿O es que opina lo mismo Pedro Sánchez? La falacia, la maldad, de Pablo Iglesias, es denigrar el exilio para equiparar el Estado de derecho con el franquismo.

El discurso es siempre el mismo: azuzar la furia del enfrentamiento desde un maniqueísmo de sofá que sirve igual para despreciar la Transición que para irse de cañas por las herriko-tabernas, entre el afecto etarra, ponerse estupendo hablando de cal viva, sacar pecho al principio –como con las residencias–, para luego echar la culpa a los demás, hacer la oposición a su propio Gobierno o atacar a la Guardia Civil que protege su casa.

Corpus Barga, que cruzó la frontera con la madre de Antonio Machado en brazos –él apenas podía andar–, le explicó en francés a un gendarme: «Es nuestro Paul Valéry». Aquel gendarme entendió lo que finge no saber el vicepresidente del Gobierno. Porque por mucho que se quiera reinventar no sólo el pasado, sino nuestro presente, la cultura y la justicia sí tienen memoria.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor. Su última novela es Atocha 55 (Almuzara, 2020).

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